Homilía del 4º domingo de Cuaresma 2011

“Yo era ciego y ahora veo” (Jn 9, 25). Esta expresión del que nació ciego manifiesta que había cambiado su situación. Y no tanto porque ya podía ver, sino porque en el encuentro con Jesús había descubierto que Él lo iluminaba en su vida. Estaba dando testimonio del Señor, se había convertido en misionero. Esto nos dice lo que tiene que ser nuestra vida ordinaria: encontrarnos con Jesús, dejar que nos ilumine, creer en Él, convertirnos en discípulos suyos y dar testimonio.

“Yo era ciego y ahora veo”

Textos: 1Sam 16, 1. 6-7. 10-13; Ef 5, 8-14; Jn 9, 1-41.

“Yo era ciego y ahora veo” (Jn 9, 25). Esta expresión del que nació ciego manifiesta que había cambiado su situación. Y no tanto porque ya podía ver, sino porque en el encuentro con Jesús había descubierto que Él lo iluminaba en su vida. Estaba dando testimonio del Señor, se había convertido en misionero. Esto nos dice lo que tiene que ser nuestra vida ordinaria: encontrarnos con Jesús, dejar que nos ilumine, creer en Él, convertirnos en discípulos suyos y dar testimonio.

Jesús es la luz del mundo. Así se presentó cuando le preguntaron la razón por la que aquella persona estaba ciega. No compartía la mentalidad judía, que sostenía que alguien nacía con alguna discapacidad física como consecuencia del pecado personal de sus papás o la había adquirido en castigo por un pecado suyo. No; más bien aclaró que en ese ciego se manifestarían las obras de Dios, es decir, la vida digna que Dios quiere para todos, vida que llega con Jesús.

Pero, para que se reciba y aparezca esa vida, las personas tienen que abrirse a la persona, a la palabra y a las acciones de Jesús. Para esto es necesario reconocer que no ven y encontrar en el Maestro la luz. Así vivió el ciego su experiencia ante Jesús. Por eso fue capaz luego de reconocer que antes era ciego y ya veía. Y Jesús lo confirmó: “Yo he venido a este mundo para que los campos se definan: para que los ciegos vean, y los que ven queden ciegos” (v. 39).

Aquí estaba claro: el que era ciego ya veía, pero porque se abrió a la persona de Jesús; optó por la luz. En cambio, los que decían ver estaban ciegos porque se cerraron a la persona de Jesús; decidieron permanecer en las tinieblas. La decisión de caminar en la luz o en las tinieblas no está en Jesús, sino en las personas, tanto en aquel tiempo como hoy. Ciertamente nosotros fuimos iluminados por Cristo en nuestro Bautismo. Así se nos dijo al recibir la vela encendida.

Pero, ¿cómo andamos? ¿Vemos o estamos ciegos? ¿Estamos en la luz o en las tinieblas? ¿Jesús es nuestra luz o tenemos otras luces? San Pablo nos recuerda lo que nos dijeron en el Bautismo: “Vivan […] como hijos de la luz” (Ef 5, 8). Quien vive en la luz es porque se encuentra con Jesús, lo escucha, le hace caso, vive como Él nos indica. El ciego nos da ejemplo: cuando Jesús le pidió que fuera a la piscina a lavarse, eso hizo: fue, se lavó y volvió con vista (Jn 9, 7).

Quien vive en la luz es bondadoso, santo y camina en la verdad, busca lo que es agradable al Señor y no participa de las obras estériles de los que son tinieblas, según nos dice Pablo. Con su estilo de vida anuncia a Jesús, da testimonio de Él, aunque sea criticado, tal como le sucedió al curado por Jesús. Primero lo vio, luego dijo que el hombre que se llamaba Jesús lo curó, enseguida dijo que se trataba de un profeta, después sostuvo que era alguien que venía de Dios.

Su testimonio de Jesús llegó a tal grado que terminó siendo expulsado de la sinagoga. Esto no le preocupó. Estaba contento porque veía, a pesar de haber nacido ciego. Eso era lo importante para él. Ver equivale en este caso a estar en la luz, o sea, a aceptar y creer en Jesús, que es la luz del mundo. Este es el culmen del encuentro: expulsado se encontró con Jesús y le confesó su fe en Él. Ante la pregunta que si creía en el Hijo del hombre, dijo: “Creo, Señor” (v. 38).

En este domingo de cuaresma tenemos la oportunidad de retomar nuestro camino en la vida. Reconozcamos los proyectos, las acciones, los estilos de vivir que muestran que caminamos en las tinieblas, que estamos ciegos porque no dejamos que Jesús nos ilumine. Renovemos nuestro compromiso de bautizados de vivir como hijos e hijas de la luz. Que esta Eucaristía nos impulse a convertirnos en testigos de Jesús, como aquel que dijo: “Yo era ciego y ahora veo” (v. 25).

3 de abril de 2011

1 pensamiento sobre “Homilía del 4º domingo de Cuaresma 2011

  1. diablo soy gil me puedes enviar a mi correo cada 8 dias la homilia gracias animo hermano

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