Homilía del 4º domingo de Adviento 2010

“Ella ha concebido por obra del Espíritu Santo” (Mt 1, 20). Estas palabras que escuchó del ángel en relación al embarazo de María, hacen que José acepte su misión. Sobre este acontecimiento, san Mateo hace la siguiente reflexión: “Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que había dicho el Señor por boca del profeta Isaías: ‘He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrán el nombre de Emmanuel, que quiere decir Dios-con-nosotros’” (vv. 22-23).

“Ella ha concebido por obra del Espíritu Santo”

Textos: Is 7, 10-14; Rm 1, 1-7; Mt 1, 18-24. 

"Le pondrán el nombre de Emmanuel, que quiere decir Dios-con-nosotros"

 

“Ella ha concebido por obra del Espíritu Santo” (Mt 1, 20). Estas palabras que escuchó del ángel en relación al embarazo de María, hacen que José acepte su misión. Sobre este acontecimiento, san Mateo hace la siguiente reflexión: “Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que había dicho el Señor por boca del profeta Isaías: ‘He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrán el nombre de Emmanuel, que quiere decir Dios-con-nosotros’” (vv. 22-23).

El cuarto domingo de Adviento está dedicado siempre a exaltar la figura de María en la espera del Señor. Hoy aparece esperando en su vientre, porque en su corazón ya lo había concebido, al Hijo de Dios que haría realidad la promesa del Dios-con-nosotros. En María se estaba cumpliendo la promesa de Dios de enviar a un redentor para la humanidad. José es invitado a unirse a este proyecto liberador de Dios y, para ello, necesita aceptarlo en su corazón. 

Le cuesta trabajo a José aceptar que María esté embarazada y que el hijo que se gesta en sus entrañas no es suyo. Pero el Señor, a través de su ángel, le aclara que está así por obra del Espíritu Santo. José, que había decidido irse lejos para no dañar a María, también se abre a la acción del Espíritu de Dios y cambia su decisión. Va a buscar a su esposa, se la lleva su casa, espera el momento del nacimiento y se hace cargo del Niño. José aparece como persona de fe. 

A diferencia de Ajaz, que pedía una señal para creerle a Dios, José acepta la propuesta de Dios sin pedirle una señal. Hay que aprender de él. Así como María había decidido quedar embarazada sin consultarle a José, así José, sin consultarle a María, toma la decisión de asumir la misión que se le encomienda: “tú le pondrás el nombre de Jesús” (v. 21). Ponerle el nombre a un niño significaba reconocerlo como hijo propio y asumir la responsabilidad de educarlo. 

A Ajaz que pedía una señal y a José que no la pedía, se les comunicó la misma noticia, a uno como promesa y a otro como realidad: la virgen concibe y “dará a luz un hijo que será Dios-con-nosotros”. El Hijo que está en el vientre de la virgen María es Dios mismo que asume nuestra condición, que se solidariza con la humanidad, que va a morir; todo por salvarnos. Dios está con los hombres y mujeres para caminar con ellos en el anuncio y construcción del Reino de Dios. 

Dios está con nosotros para acompañarnos en nuestras penas, tristezas, alegrías, esperanzas. Para experimentar esa presencia suya, que ahora es en la condición de resucitado, necesitamos abrirnos a la acción del Espíritu Santo como María y como José, como Pablo que fue llamado a proclamar el Evangelio. Esta apertura implica poner totalmente nuestra persona al servicio de Dios y acomodar nuestros proyectos personales y familiares a la propuesta del Reino. 

A la luz de los textos bíblicos que se han proclamado y en medio del ambiente de las posadas, dispongamos nuestro corazón para dejar que Jesús siga siendo Dios-con-nosotros. José y María nos enseñan a estar abiertos a la acción del Espíritu Santo para facilitar que el Hijo de Dios se encarne en nuestro corazón, en nuestra familia, en nuestra comunidad. Hay que preñarnos de Jesús para llevarlo luego a los demás, como hacía Pablo con los paganos. 

En esta Eucaristía dominical Jesús viene a nuestro encuentro de manera sacramental. Al recibirlo haremos que sea Dios-con-nosotros. Si lo recibimos es para proyectarlo a la vida de nuestro mundo lleno de pobreza y violencia, de exclusión y mercado, de consumo y egoísmo. Ahí tenemos que lograr la vida digna que Jesús nos trae por su Encarnación. Recibamos al Hijo de Dios para que, por obra del Espíritu Santo, nuestro mundo lo siga concibiendo y dando a luz. 

19 de diciembre de 2010

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *