Homilía del 3er domingo ordinario 2011

El pueblo que yacía en tinieblas vio una gran luz (Mt 4, 16). Con estas palabras tomadas del profeta Isaías, y además proclamadas en la primera lectura de hoy, el evangelista san Mateo explica lo que significó la acción de Jesús en Galilea y sus alrededores: se convirtió en luz para todos los pueblos de la tierra. Quien es iluminado por Jesús, como Él tiene que convertirse en luz para los demás, por lo que cada bautizado tiene la obligación de iluminar la vida del mundo.

El pueblo que yacía en tinieblas vio una gran luz

Textos: Is 8, 23-9, 3; 1Cor 1, 10-13. 17; Mt 4, 12-23.

Jesús nos llama a seguirlo. Respondamos inmediatamente.

 

El pueblo que yacía en tinieblas vio una gran luz (Mt 4, 16). Con estas palabras tomadas del profeta Isaías, y además proclamadas en la primera lectura de hoy, el evangelista san Mateo explica lo que significó la acción de Jesús en Galilea y sus alrededores: se convirtió en luz para todos los pueblos de la tierra. Quien es iluminado por Jesús, como Él tiene que convertirse en luz para los demás, por lo que cada bautizado tiene la obligación de iluminar la vida del mundo.

Jesús inició y realizó su misión en Galilea, que era considerada tierra de paganos, lo que quiere decir que no vino solo para los judíos sino para toda la humanidad. La Iglesia tiene que continuar la misión de Jesús y realizarla de la misma manera. También en un monte de Galilea, ya para ascender al Padre, Jesús nos envió con estas palabras: “Vayan […] y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos” (28, 19). Este mandato exige que nos identifiquemos con Jesús.

Para ser luz como Jesús tenemos que mantenernos en el proceso de conversión, en la experiencia del seguimiento y en el cumplimiento de la misión. Cristo comenzó su misión invitando a la conversión: “Conviértanse, porque ya está cerca el Reino de los cielos” (4, 17). El Reino llega con Jesús. Luego invitó a algunos a seguirlo, en concreto a Simón, Andrés, Santiago y Juan, quienes fueron aprendiendo a trabajar por el Reino. En ellos tenemos que vernos nosotros.

Nadie puede ser luz para los demás, ni los papás para los hijos, ni los adultos para los jóvenes, ni los bautizados para los creyentes de otras religiones, si no está haciendo el esfuerzo de convertirse, de hacer una vida hermanable. Es fundamental primero dejarnos iluminar por Jesús. Y para recibirlo es necesaria la conversión: del mal al bien, de la injusticia y desigualdad a la justicia y la igualdad, de la intolerancia a la tolerancia, del rencor y venganza al perdón…

Si queremos iluminar el mundo es necesario seguir con fidelidad a Jesús. Él nos llamó como a sus primeros discípulos a seguirlo. Ellos respondieron con prontitud, inmediatamente como dice el evangelista, y lo siguieron (vv. 20. 22). Seguirlo no fue para ellos, ni tiene que ser para nosotros, solamente acompañarlo, verlo y escucharlo. Seguirlo significa asumir su mismo estilo de vida, su proyecto, sus opciones, sus dificultades, sus esperanzas, y su destino, es decir, la cruz.

Asumiendo el estilo de vida de Jesús y practicándolo –y esto se tiene que aprender desde pequeños en la familia–, cumpliremos la misión que Él vivió y nos encomendó, y seremos luz para nuestro mundo, que vive en la oscuridad del sufrimiento causado por la violencia, la inseguridad, el odio. Eso hizo Jesús al ir proclamando la buena nueva del Reino de Dios y curando a la gente de toda enfermedad y dolencia (v. 23), como dice san Mateo. Así, sirviendo, fue luz.

Eso que realizó Jesús lo tenemos que vivir nosotros, personalmente y como Iglesia. Por eso se nos entregó una vela encendida el día de nuestro Bautismo. Es nuestra responsabilidad proclamar la buena nueva del Reino a los pobres, los enfermos, los encarcelados, los drogadictos, las víctimas de la violencia, a todas las personas que sufren. Es nuestra responsabilidad atender y consolar a los que sufren y trabajar por construir situaciones de hermandad y justicia.

En la Eucaristía de este domingo tenemos la oportunidad de renovar nuestra vida para mantenernos unidos a Jesús e iluminar nuestro ambiente. Que la participación en la celebración dominical nos impulse a vivir con fidelidad el seguimiento a Jesús, la luz del mundo. Que los creyentes en Jesús nos unamos y no sigamos divididos entre nosotros como pide Pablo, de manera que seamos luz para nuestro pueblo que yace en las tinieblas de la angustia y el sufrimiento.

23 de enero de 2011

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