Homilía del 32º domingo ordinario 2010

Con la Eucaristía dominical celebramos la Resurrección de Cristo. Es el acontecimiento para el que el Resucitado nos convoca y lo hacemos con alegría porque la vida triunfa sobre la muerte, no sólo en el caso de Jesús sino siempre. El mismo Jesús lo explica al responder a aquellos saduceos que le preguntaban sobre la resurrección de los muertos: “Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, pues para él todos viven” (Lc 20, 38). Para Dios todos y todas viven.

“Para él todos viven”

Textos: 2Mac 7, 1-2. 9-14; 2Tes 2, 16-3,5; Lc 20, 27-38.

Situaciones de pobreza que exigen nuestro compromiso por la vida digna

Con la Eucaristía dominical celebramos la Resurrección de Cristo. Es el acontecimiento para el que el Resucitado nos convoca y lo hacemos con alegría porque la vida triunfa sobre la muerte, no sólo en el caso de Jesús sino siempre. El mismo Jesús lo explica al responder a aquellos saduceos que le preguntaban sobre la resurrección de los muertos: “Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, pues para él todos viven” (Lc 20, 38). Para Dios todos y todas viven.

La respuesta de Jesús nos ofrece algunos elementos que debemos tener en cuenta en nuestra vida cristiana, la cual tiene como centro la muerte y resurrección de Jesús. Lo primero es que el matrimonio es para esta vida, no para la otra; lo segundo es que tenemos que vivir diariamente como hijos e hijas de Dios; lo tercero es que el Dios de Jesús es el Dios de la vida; lo cuarto es que la vida de Dios tiene que llegar a todos los humanos y debe ser una vida digna.

El matrimonio es un estilo de vida basado en la relación de amor entre un hombre y una mujer. Es un modo de vivir que conduce a la realización plena de los esposos, no sólo ni tanto por los hijos e hijas que engendran sino por la vivencia del amor recíproco que se manifiesta en la fidelidad, la ayuda mutua, el caminar juntos compartiendo las buenas y las malas. Este modo de vivir termina con la muerte de alguno de los dos. Hasta allí llega la experiencia matrimonial.

Pero, tanto en la vida matrimonial como en la soltería, en la vida consagrada o sacerdotal, cada quien tiene que vivir como hijo o hija de Dios, siguiendo las indicaciones de Jesús en el Evangelio. Esto es lo que garantiza la dignidad de la otra vida y el estar, resucitados, como ángeles e hijos de Dios (v. 36). Jesús vivió en esta tierra como Hijo de Dios proclamando el Reino, sirviendo, solidarizándose, perdonando, dando su vida en la cruz. Y Dios lo resucitó al tercer día.

Dios resucitó a Jesús porque “no es Dios de muertos, sino de vivos (v. 38). No se gozó con el sufrimiento y la muerte de su Hijo, sino que aceptó la fidelidad de Jesús hasta la cruz. Y no solamente es el Dios de vivos sino el Dios de la vida. Lo manifestó al devolverle a Jesús la vida y lo muestra al hacernos experimentar la resurrección cuando servimos, nos solidarizamos, perdonamos, damos la vida, amamos. Para Él, Jesús vive y quien actúa como Jesús vive para Dios.

La resurrección ha estado presente en la conciencia del pueblo de Dios. Los hermanos macabeos, cuyo testimonio escuchamos en la primera lectura, sostienen su fe en ella, una resurrección que es para la vida. No tienen miedo de morir a manos del Rey Antíoco porque saben que Dios los resucitará a una vida eterna, que les devolverá los miembros mutilados por el verdugo, que, por su fidelidad, los resucitará para la vida. La resurrección está en el centro de nuestra fe.

De hecho, cada ocho días profesamos nuestra fe y decimos: “creo en la resurrección de los muertos”. La garantía de esta afirmación es que Cristo resucitó y por eso es el primogénito de los muertos (Ap 1, 5). Este es el signo más claro de que Dios no es de muertos sino de vivos. Esto nos compromete a luchar a favor de la vida que Dios quiere para todos, una vida en la que las familias no sólo la vayan pasando, sino que tengan lo necesario para vivir con dignidad.

La Eucaristía es el banquete de la vida; en ella recibimos a Jesús, el Pan de la vida, el Hijo fiel de Dios que se da para que tengamos vida eterna, vida a la que estamos llamados desde el Bautismo. Participar de este Pan nos compromete a vivir todos los días como hijos fieles de Dios, a ser canales a través de los cuales llegue la vida digna para todas las familias de la comunidad. Si nos alimentamos de la Vida es para dar vida, ya que para Dios todos y todas viven.

7 de noviembre de 2010

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