Homilía del 29º domingo ordinario 2010

La llegada del Reino de Dios exige de parte de los miembros de la Iglesia la oración, la confianza, la esperanza. Eso lo sabía Jesús y por eso dedicaba muchos ratos a orar confiadamente a su Padre. El texto del Evangelio que se acaba de proclamar nos comunica el deseo de Jesús de que sus discípulos nos mantengamos en la actitud de “orar siempre y sin desfallecer” (Lc 18, 1). Y para que comprendamos mejor, nos narra la parábola de la viuda y el juez.

“Orar siempre y sin desfallecer”

Dios atiende a sus elegidos que claman justicia día y noche

 

 

Textos: Ex 17, 8-13; 2Tim 3-14-4,2; Lc 18, 1-18.

La llegada del Reino de Dios exige de parte de los miembros de la Iglesia la oración, la confianza, la esperanza. Eso lo sabía Jesús y por eso dedicaba muchos ratos a orar confiadamente a su Padre. El texto del Evangelio que se acaba de proclamar nos comunica el deseo de Jesús de que sus discípulos nos mantengamos en la actitud de “orar siempre y sin desfallecer” (Lc 18, 1). Y para que comprendamos mejor, nos narra la parábola de la viuda y el juez.

La viudez era una de las situaciones más claras de la pobreza y el desamparo en la vida de Israel, pero era también una de las mayores preocupaciones de Dios en la relación con su pueblo. Si a alguien defendía Dios y por quien preguntaba era por las viudas, los huérfanos y los extranjeros. Ellas se encontraban generalmente en el desamparo total: sin marido, con la carga de los hijos huérfanos, sin el apoyo ni de su propia familia ni de la familia de su difunto esposo.

Una de ellas es puesta en la parábola como modelo de los discípulos de Jesús. Era una viuda a la que, además de su desamparo, un adversario suyo le estaba haciendo una injusticia. Y nadie la defendía, ni siquiera el juez que estaba puesto para eso. A él no le interesaba la viuda; ella era más bien un problema para él. ¿Cómo iba a defender a alguien que no tenía con qué pagarle? Y, sin embargo, la viuda echa una vuelta tras otra para exigir su derecho a la justicia.

Jesús retrata muy bien al juez, como una persona exactamente contraria a Dios. Eso lo confiesa él mismo al decirse: “no temo a Dios ni respeto a los hombres” (v. 4). Se trata de un juez nada misericordioso, a pesar de pertenecer al mismo pueblo de la viuda; un hombre interesado solamente por sí mismo, incapaz de ejercer la justicia, inservible para defender el derecho del pobre y, por tanto, para ser juez. Al final acaba haciendo justicia por los ruegos de la viuda.

La viuda insistía en su petición, porque tenía la esperanza de que un día se le concediera la justicia. Eso fue lo que la mantuvo en sus súplicas enfadosas para el juez. Así tiene que ser nuestra oración a Dios: constante, con la certeza de que Él escucha al pobre porque lo quiere, con la esperanza de que la justicia llegará. Tenemos un ejemplo en Moisés orando a Dios con las manos alzadas hasta que los amalecitas, enemigos de Israel, fueron derrotados.

Así tiene que ser nuestro anuncio del Evangelio: constante, con la confianza en Dios y con la esperanza de que la situación actual se transforme. San Pablo, al animar a Timoteo nos anima a nosotros: permanece firme en lo que has aprendido y se te ha confiado (2Tim 3, 14). Se refería a la Sagrada Escritura. Por eso le pide –y hoy nos dice a cada uno de los presentes–: insiste a tiempo y a destiempo; convence, reprende y exhorta con toda paciencia y sabiduría (4, 2).

La oración y el anuncio del Evangelio son dos dimensiones de la vida de los discípulos de Jesús. No los tenemos que separar ni olvidar en nuestro ser cristianos. Tanto en la oración como en la evangelización tenemos que insistir a tiempo y a destiempo: la oración a Dios y el anuncio del Evangelio a la comunidad. Son dos aspectos que manifiestan que tenemos fe, son dos tareas que en la práctica se nos han estado olvidando y son centrales para caminar unidos a Jesús.

Jesús nos invita hoy a ser discípulos que clamemos a Dios día y noche, pues es misericordioso y hace justicia a los pobres; que seamos discípulos que trabajemos sin desfallecer en el anuncio del Evangelio y que permanezcamos en oración al Padre. La participación en la Comunión sacramental nos mantiene unidos a Jesús en la oración y el trabajo por el Reino, por lo tanto en la lucha por la justicia. Vivamos esta Eucaristía como signo de confianza en Dios.

17 de octubre de 2010

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