Homilía del 28º domingo ordinario 2010

El domingo pasado se resaltaba la poca fe de los apóstoles de Jesús. En el texto del Evangelio de este domingo se exalta la fe de un pagano, el samaritano curado por Jesús de su lepra. El mismo Maestro se lo dice: “Tu fe te ha salvado” (Lc 17, 19). El agradecimiento a Jesús, la alabanza a Dios, la experiencia de la fe, la vida nueva, el seguimiento, están en lo más profundo de la persona que menos se esperaría y, sin embargo, es señalado como modelo de fe.

“Tu fe te ha salvado”

Textos: 2Re 5, 14-17; 2Tim 2, 8-13; Lc 17, 11-19.

"Levántate y vete. Tu fe te ha curado"

El domingo pasado se resaltaba la poca fe de los apóstoles de Jesús. En el texto del Evangelio de este domingo se exalta la fe de un pagano, el samaritano curado por Jesús de su lepra. El mismo Maestro se lo dice: “Tu fe te ha salvado” (Lc 17, 19). El agradecimiento a Jesús, la alabanza a Dios, la experiencia de la fe, la vida nueva, el seguimiento, están en lo más profundo de la persona que menos se esperaría y, sin embargo, es señalado como modelo de fe.

La situación existencial de este samaritano era verdaderamente triste. Ya lo era por su condición de leproso: vivía fuera de su familia y su pueblo, no tenía acceso al culto, era impuro, estaba señalado como pecador. Todo esto lo unía a los otros nueve leprosos; la exclusión une a los excluidos. Y, además, un samaritano para los judíos era un pagano, olvidado de Dios, un perro. Esto hacía que su situación de enfermo fuera más pesada. Y, sin embargo, tenía fe en Jesús.

La fe la tenían los diez. Eso es lo que expresan en su grito suplicante: “Jesús, maestro, ten compasión de nosotros” (v. 13). Quizá su fe llegaba a creer en que los podía curar y no tanto en que podían participar de la salvación de Dios, que está abierta a todas las personas, sean de la condición que sean. A ellos les interesaba recuperar su salud física y volver a su pueblo y a su casa. Pero Jesús les ofrece mucho más: la oportunidad de descubrir el plan salvador de Dios.

Los nueve continúan su camino hacia el templo para que los sacerdotes les den su certificado de curación. Ahí terminó su fe. El samaritano, en cambio, regresa al camino de Jesús. Jesús se encontraba en el camino hacia Jerusalén para encontrarse con la cruz. Ahí expresa su experiencia de fe, como lo había hecho Naamán: alaba a Dios y le agradece a Jesús la curación, cosa que no hicieron sus compañeros de sufrimiento. Con esto se pone en el camino de la salvación.

Al samaritano ya no le interesa tanto ir con los sacerdotes por su certificado de curación. De esa manera volvería a su situación anterior a la lepra: seguir sometido a la ley. A él lo que le interesa es Jesús y su proyecto salvador, la novedad de su persona, la vida nueva. Jesús lo recibe y lo rehace como persona al expresarle: “Levántate y vete” (v. 19). Le pide levantarse de la postración, de la exclusión, de la situación de muerte en que estaba para iniciar una nueva vida.

Esta vida nueva es realidad para él gracias a la misericordia de Jesús y a la fe que tiene el samaritano. Se lo dice el mismo Jesús, con lo que queda para nosotros como modelo de fe: “Tu fe te ha salvado” (Id.). Un extranjero, un pagano, un supuesto olvidado de Dios, un excluido, es señalado por Jesús como modelo para sus discípulos, que estaban manifestando poca fe según lo escuchamos el domingo pasado. Tenemos que preguntarnos qué tanto somos personas de fe.

La persona de fe sigue a Jesús: escucha el grito de los excluidos, tiene compasión de ellos, tiende la mano, manifiesta la misericordia. Entre nosotros hay muchas situaciones que podemos comparar con la vida de sufrimiento que llevaban los leprosos: a media semana, por ejemplo, el Banco Mundial dio la noticia de que aumentó a 14 millones el número de mexicanos en la miseria y el ingreso económico de los pobres de nuestro país disminuyó en una quinta parte.

Ellos están gritando a los discípulos de Jesús que tengamos compasión. Nosotros tenemos la responsabilidad de vivir hoy la misión de Jesús y tenemos que ser personas de fe, una fe que nos lleve a escucharlos, a ser misericordiosos, a ofrecer situaciones de vida nueva. La participación en la Eucaristía nos ayuda a crecer en la fe, como nos dice san Pablo: Si nos mantenemos firmes, reinaremos con él (2Tim 2, 12), es decir, con Cristo. Que nuestra fe nos salve.

10 de octubre de 2010

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