Homilía del 27º domingo ordinario 2010

La fe es un don de Dios y la tenemos que mostrar a través de nuestra vida. Eso nos dan a entender los textos de la Palabra de Dios que se han proclamado. Los apóstoles le piden a Jesús que les aumente la fe. Ellos saben que tienen fe, pero necesitan más y como la fe no la consigue uno por sí mismo, es necesario pedirla. Ante esta petición, Jesús les responde: “Si tuvieran fe, aunque fuera tan pequeña como una semilla de mostaza” (Lc 17, 6).

“Si tuvieran fe, aunque  fuera tan pequeña”

La fe lleva a luchar por la justicia

 

Textos: Hab 1, 2-3; 2, 2-4; 2Tim 1, 6-8. 13-14; Lc 17, 5-10.

La fe es un don de Dios y la tenemos que mostrar a través de nuestra vida. Eso nos dan a entender los textos de la Palabra de Dios que se han proclamado. Los apóstoles le piden a Jesús que les aumente la fe. Ellos saben que tienen fe, pero necesitan más y como la fe no la consigue uno por sí mismo, es necesario pedirla. Ante esta petición, Jesús les responde: “Si tuvieran fe, aunque fuera tan pequeña como una semilla de mostaza” (Lc 17, 6).

La fe, aunque sea pequeña, es un regalo de Dios; y si se tiene fe, por más poquita que sea, se muestra: con el cambio de vida, el perdón, el servicio, la justicia, la solidaridad. La fe no es para tenerse guardada o para vivirse individualmente, sino para expresarla en la vida de la comunidad y de la sociedad. Por eso completa Jesús la expresión: “podrían decir a ese árbol frondoso: ‘Arráncate de raíz y plántate en el mar’, y los obedecería” (Id.), es decir, actuarían.

El servicio, el perdón, la misericordia, la justicia, la solidaridad, tienen que brotar como manantial desde el interior de la persona que tiene fe. No tiene uno que preguntarse si hay que vivirlos o no, solamente dejar que aparezcan. Además, tienen que vivirse con actitud de agradecimiento a Dios porque es un don recibido. Entonces dependemos de Dios. Por eso también debemos decirle que nos aumente la fe, pero para vivirla y no para hacer cosas espectaculares.

El profeta Habacuc era un hombre de fe en Dios. Lo manifestaba predicando su palabra, aunque pareciera que esto no traía frutos de conversión de parte de su pueblo. Le decía a Dios: “¿Por qué me dejas ver la injusticia y te quedas mirando la opresión? Ante mí no hay más que asaltos y violencia, y surgen rebeliones y desórdenes” (1, 3). Como que a pesar de su insistente predicación la situación no cambiaba y se mantenía la ruptura de la hermandad en Israel.

Habacuc es confortado por Dios, quien lo reanima en su fe y su esperanza. Aquí aparece nuevamente que la fe es un don del Señor. Le dice: “Es todavía una visión de algo lejano, pero que viene corriendo y no fallará; si se tarda, espéralo, pues llegará sin falta” (2, 3). La espera tiene que ser por la fe que tiene. La situación va a cambiar, va a verse la justicia, la libertad, el orden. Pero, hay que seguir trabajando por ellas mientras llegan. Eso le dice el Señor al profeta.

De la misma manera, nosotros tenemos que trabajar por vivir en la hermandad. Para eso precisamente recibimos la fe en el Bautismo. Así que las palabras de Jesús tienen que resonar en nuestro interior: “Si tuvieran fe, aunque fuera tan pequeña como una semilla de mostaza, podrían decir a ese árbol frondoso: ‘Arráncate de raíz y plántate en el mar’ y los obedecería” (Lc 17, 6). Si tenemos fe debemos cambiar nuestra vida enraizada en el pecado y la injusticia.

El pecado y la injusticia conducen a las desigualdades económicas, a la violencia, a las luchas por el poder, al desorden. La situación se hace como un árbol viejo, muy arraigado en el suelo. Este árbol es el que hay que arrancar de nuestra sociedad para lograr una vida hermanable, en la justicia y la solidaridad, en el perdón y la paz, en la convivencia y la armonía. Si lo hacemos es porque no somos más que siervos, sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer (v. 10).

Ante este compromiso se nos dirigen las palabras de Pablo a Timoteo: Te recomiendo que reavives el don de Dios que recibiste (2Tim 1, 6); no te avergüences, pues, de dar testimonio de nuestro Señor (v. 8). La fe que recibimos como don se fortalece hoy con la Palabra de Dios y la Eucaristía. No nos avergoncemos de testimoniarla, como discípulos de Cristo, manifestándola con nuestros hechos. Que el servicio, el perdón, la justicia muestren la poca fe que tenemos.

3 de octubre de 2010

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