Homilía del 26º domingo ordinario 2010

Hoy damos comienzo prácticamente a las Fiestas Josefinas de este año 2010 con el reparto de las décimas. Se acerca el tiempo de cumplir el juramento de celebrarle a Señor San José su fiesta anual y es la ocasión propicia para fortalecer nuestro proceso de conversión al Señor. Esto lo expresa Jesús en la parábola de Lázaro, al poner en boca de Abraham la expresión para el rico y sus hermanos: “Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen” (Lc 16, 29).

“Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen”

Textos: Am 6, 1. 4-7; 1Tim 6, 11-16; Lc 16, 19-31.

Un Lázaro de hoy

 

Hoy damos comienzo prácticamente a las Fiestas Josefinas de este año 2010 con el reparto de las décimas. Se acerca el tiempo de cumplir el juramento de celebrarle a Señor San José su fiesta anual y es la ocasión propicia para fortalecer nuestro proceso de conversión al Señor. Esto lo expresa Jesús en la parábola de Lázaro, al poner en boca de Abraham la expresión para el rico y sus hermanos: “Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen” (Lc 16, 29).

Lo que se necesita en esta tierra es escuchar la Palabra de Dios, hacerla nuestra, revisarnos a la luz de ella y corregir lo que nos separa de Dios y de los hermanos. La expresión “Moisés y los profetas” significa el Antiguo Testamento. Entonces lo que Abraham le dice al rico que sufre en el lugar de castigo es que hay que escuchar a Dios que habla por medio de Moisés y los profetas. Y escucharlo implica la conversión, el cambio total de la persona para volver a Dios.

Nosotros tenemos la Palabra de Dios escrita en la Biblia y está en todas las casas. Hay que leerla, reflexionarla, comentarla, convertirla en oración y, como consecuencia de todo esto, llevarla a la práctica con una vida renovada en la justicia, la hermandad y la solidaridad con el pobre. Solamente así estaremos en el camino de la salvación, a la que estamos llamados desde nuestro Bautismo. La salvación se conquista o se pierde desde este mundo y Jesús nos advierte.

Eso que le pasó al rico nos puede pasar a nosotros. Lo que lo llevó a la condenación, al lugar de los tormentos, fue su indiferencia ante Lázaro que estaba a la puerta de su casa, el no descubrir en él al hermano, el no solidarizarse con el pobre, a pesar de que por la ley de Moisés y las llamadas de los profetas, sabía que debía vivir en la hermandad, atender al pobre, dar de comer al hambriento, vivir en la justicia. Su estilo de vida estaba fincado en la injusticia.

Si hay pobres es porque hay ricos. En el mundo existen actualmente 1,300 millones de pobres; este es un dato de las Naciones Unidas. La riqueza desmedida de unos pocos –en nuestro país el 80% de las riquezas está en manos de trece familias– y la pobreza desgarradora de la mayoría es consecuencia de la injusticia. No hay otra razón. El sufrimiento de los pobres por no tener lo necesario para vivir con dignidad lo vemos todos los días en nuestra ciudad.

Lo que el Señor nos indica es que para lograr la salvación y para celebrarle una bonita fiesta a San José este año, tenemos que convertirnos a la justicia, a la solidaridad, a la hermandad, exactamente lo que no hizo el rico de la parábola. Jesús entonces nos previene en relación a lo que nos puede suceder si somos insolidarios, si avalamos la injusticia, si no reconocemos en los pobres al hermano, si pasamos indiferentes ante los “Lázaros” que están a nuestro alrededor.

Esta situación que Jesús señala ya la denunciaba Amós, uno de los profetas, de los que se sentían seguros y confiados: “¡Ay de ustedes!” (6, 1), les decía, porque “se reclinan sobre divanes adornados con marfil, se recuestan sobre almohadones para comer los corderos del rebaño y las terneras en engorda. Canturrean al son del arpa […]. Se atiborran de vino, se ponen los perfumes más costosos, pero no se preocupan por las desgracias de sus hermanos” (vv. 4-6).

San Pablo, retomando la invitación de Jesús, nos dice: conquista la vida eterna a la que has sido llamado (1Tim 6, 12). Para lograr esta vida, que solamente vio de lejos el rico, se ocupa escuchar la Palabra de Dios y convertirnos al pobre, saber del hermano en desgracia y atenderlo, ver la necesidad del excluido de la sociedad y solidarizarnos con él, trabajar a favor de la justicia y los derechos de los pobres. Que a eso nos impulse esta Eucaristía que celebramos.

26 de septiembre de 2010

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