Homilía del 25º domingo ordinario 2010

San Pablo pide que oremos para que podamos llevar una vida tranquila y en paz, entregada a Dios y respetable en todo sentido (1Tim 2, 2). Lo escuchamos en la segunda lectura que se proclamó. Esto que pide Pablo a Timoteo, y que vale también para nosotros, lo realizamos con la Eucaristía dominical, hoy que celebramos a los pies del Patriarca Señor San José 25 años de la solidaridad vivida después del temblor del 19 de septiembre de 1985. El terremoto […]

“No pueden ustedes servir a Dios y al dinero”

Textos: Am 8, 4-7; 1Tim 2, 1-8; Lc 16, 1-13.

Inundados en La Antigua, Ver., a causa del huracán Karl (Foto Alfredo Domínguez, La Jornada 19 de septiembre de 2010)

San Pablo pide que oremos para que podamos llevar una vida tranquila y en paz, entregada a Dios y respetable en todo sentido (1Tim 2, 2). Lo escuchamos en la segunda lectura que se proclamó. Esto que pide Pablo a Timoteo, y que vale también para nosotros, lo realizamos con la Eucaristía dominical, hoy que celebramos a los pies del Patriarca Señor San José 25 años de la solidaridad vivida después del temblor del 19 de septiembre de 1985. El terremoto dejó sufrimiento y dolor por la muerte de 37 hermanos y hermanas, por las heridas que causaron en cientos de personas los techos y bardas derrumbadas, por quedarse en la calle muchas familias; pero también dejó la puerta abierta a la solidaridad.

Una vida tranquila y en paz se logra solamente con la justicia. “Si queremos la paz, hay que luchar por la justicia”, decía el Papa Paulo VI. Por eso Jesús nos pide que optemos por una vida justa, al decirnos, concluyendo la parábola del administrador corrupto: “no pueden ustedes servir a Dios y al dinero” (Lc 16, 13). El Señor espera, y por eso nos propone, que sirvamos a Dios ya que sirviéndolo a Él, ofreciéndole el culto de nuestra persona, nos mantenemos en la justicia.

La injusticia comienza a darse cuando se pone al dinero de por medio o como objetivo de las personas y agrupaciones. Lo hemos visto muchísimas veces en las familias, en el trabajo, en la política, en los grupos organizados. Y es que el dinero se nos presenta siempre como el mejor y único recurso en la vida y en los procesos de los grupos, convirtiéndose así en un dios poderoso y, cuando se permite que se haga el centro de la vida, se le rinde culto.

La consecuencia lógica de esto es que la vida personal y comunitaria esté totalmente orientada a servirlo, no importa que se pase por encima de quien sea: los hermanos, la familia, el grupo, los “dejados”. Al convertirse en dios, es más, en ídolo, se le sacrifican las personas, las relaciones familiares, las comunidades, la sociedad, el país, los pobres. Así no se logra vivir en paz. Al contrario, se llega a la intranquilidad, la zozobra, la corrupción, las tranzas.

La paz la pierde tanto quien busca el dinero como quien es despojado del suyo. El que lo busca, porque quiere tener más y en relación a eso diseña su vida y ya no vive con tranquilidad; siempre anda buscando cómo tener más, se anda cuidando de todos. Eso no es una vida en la tranquilidad. Quien es despojado de su dinero tampoco lo logra, porque no le alcanza para el sustento diario y digno de su familia. Eso se llama injusticia, tanto la búsqueda del enriquecimiento como el despojo que sufren los pobres.

Es lo que denuncia Amós, hablando en nombre de Dios, de los que buscan al pobre sólo para hundirlo. Lo escuchamos en la primera lectura que se proclamó: Disminuyen las medidas, aumentan los precios, alteran las balanzas, obligan a los pobres a venderse; por un par de sandalias los compran (8, 5-6). Esas prácticas son injustas en la vida de la humanidad y, con mayor razón, en la vida del pueblo de Dios, puesto que existe una alianza de por medio entre Dios y su pueblo, en la que se tiene que hacer de parte de Israel una vida hermanable para vivir entre todos los pueblos de la tierra como el pueblo escogido por Dios.

Cuando se atenta contra la vida y situación de los pobres a cambio de ganar más, aunque sea poquito, a quien se le está sirviendo es al ídolo dinero y no al Dios de Jesucristo, que tiene a los pobres como sus predilectos. Y los discípulos no estamos para eso, sino para vivir en el compartir. De otra manera nos pasará lo del administrador de la parábola que cuenta Jesús para invitar a sus discípulos a seguir el camino de Dios: el administrador fue acusado ante su patrón de estarle malgastando sus bienes. Lo hacía con tal de enriquecerse.

Pero, ante el hecho de quedarse sin su trabajo de administrador y consciente de que no sabía realizar otro y de que le daba vergüenza pedir limosna, pero también consciente de la capacidad de administrar la injusticia, busca y encuentra el modo de asegurarse el futuro: dando recibos para que los trabajadores quedaran sin deudas con el patrón. No quedaban endeudados con su amo, pero sí con él y le tendrían que pagar. A él lo podrían recibir en su casa –¿con qué confianza, sabiendo lo tranza que era?–. El administrador no busca la solidaridad para con los trabajadores, sino su beneficio personal. A nosotros nos puede pasar lo mismo.

Por eso, con el mensaje de la parábola, Jesús nos invita a que optemos por su Padre Dios y su proyecto del Reino, que consiste en la justicia, la solidaridad, el amor, la misericordia, la igualdad. Es un Reino que conduce a la vida tranquila y en paz. Para entrar en él necesitamos vivir en la justicia y ser solidarios. No hay otro camino. Eso es servirle a Dios y desechar el ídolo dinero. Pero la opción supone una elección y es algo que se tiene que realizar conscientemente, sabiendo que eso es lo que agrada a Dios y lo que conduce a la paz.

Hoy es un día especial para renovar nuestro compromiso a favor de la solidaridad, puesto que hace 25 años, después del terremoto, se comenzó una experiencia especial de compartir. En esto descubrimos la protección que Dios nos brinda en la persona de Señor San José. La solidaridad consiste en hacernos todos responsables de todos, en asumir las situaciones de los pobres como nuestras, en compartir como pobres lo que tenemos, en salir adelante juntos para lograr, viviendo en la justicia, la construcción de la paz.

La solidaridad brotó espontáneamente desde el mismo momento en que terminó el terremoto, a las 7:20 de la mañana. Primeramente entre los siniestrados hubo el esfuerzo de darse la mano para rescatar a los heridos y asegurarles su atención médica, para levantar y velar los cuerpos de las personas fallecidas, para compartir el pan, el techo y el vestido con los que quedaron sin casa, para orar unos por otros. ¡Qué diferente actitud a la del administrador descrito en el evangelio!

El mismo día se organizaron grupos de vivienda y de jóvenes para asegurar la comida a las familias que perdieron su casa; entre familiares y conocidos también se preparó un lugar para que pasaran la noche. Luego, en pocos días comenzamos a recibir la ayuda solidaria de hermanos y hermanas del país y del extranjero, al mismo tiempo que se comenzaban a organizar los trabajos de reconstrucción, a partir de los recursos con que se contaba. Comenzaron a convocarse grupos de reconstrucción, de cooperativas; se fortaleció tanto el trabajo de los grupos de reflexión, de jóvenes y de salud y nutrición, como el servicio del Seminario Mayor.

En todo esto se invocaba la ayuda y protección de San José, conscientes de que no nos dejaría a nuestra suerte. Y nos sigue protegiendo. Y aquí estamos nuevamente al pie de su imagen para seguirlo invocando; desde aquí escucha atento la oración de su pueblo, Zapotlán, que se abandona a sus cuidados paternos. Con el baile de las danzas, con nuestra oración, con la renovación del juramento, con la celebración Eucarística le agradecemos su protección.

Al cumplirse el 25º aniversario del terremoto y de solidaridad, con la Eucaristía de esta tarde, como cada año, renovamos nuestro compromiso a favor de la justicia y la solidaridad, nuestra opción por el Dios solidario de Jesús y por compartir lo que tenemos para que nadie pase necesidad. Hagámonos responsables hoy de los de Veracruz, Oaxaca, Chiapas, Nuevo León… Así podemos orar, sin odios ni divisiones, levantando al cielo nuestras manos puras, como pide Pablo. De este modo seremos servidores de Dios y no del dinero y experimentaremos la paz.

19 de septiembre de 2010

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