Homilía del 24º domingo ordinario 2010

La mañana de la Resurrección, cuando las mujeres llegaron al sepulcro para perfumar el cuerpo muerto del Señor, escucharon en la voz del Ángel: ¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado” (Lc 24, 5-6). Son las palabras de alegría por el acontecimiento que festejamos hoy con la Misa: la Resurrección de Jesús. Son las palabras de alegría del padre por el regreso de su hijo menor: “estaba muerto y ha vuelto a la vida” (v. 24).

“Estaba muerto y ha vuelto a la vida”

Textos: Ex 32, 7-11. 13-14; 1Tim 1, 12-17; Lc 15, 1-32.

La mañana de la Resurrección, cuando las mujeres llegaron al sepulcro para perfumar el cuerpo muerto del Señor, escucharon en la voz del Ángel: ¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado” (Lc 24, 5-6). Son las palabras de alegría por el acontecimiento que festejamos hoy con la Misa: la Resurrección de Jesús. Son las palabras de alegría del padre por el regreso de su hijo menor: “estaba muerto y ha vuelto a la vida” (v. 24).

El hijo pecador regresa a casa y para su papá es motivo para hacer fiesta. La razón del papá –que no le pide explicaciones ni le reclama ni lo corre, sino que lo llena de besos y abrazos–, es que su hijo ha pasado de la muerte a la vida, de la perdición al encuentro, de la ausencia a la presencia, de la lejanía a la cercanía. Le hace fiesta e invita a sus amigos y trabajadores a participar en ella, como hicieron el pastor y la señora al encontrar su oveja y su moneda perdidas.

El regreso del hijo a la casa, aunque originalmente fuera por el hambre, es consecuencia de la experiencia de lejanía. Él sabe que ha perdido sus derechos de hijo, por lo que decide regresar, pero en las condiciones de uno de los jornaleros. Piensa en vivir con la relación de trabajador asalariado con el patrón. Por eso decide decirle: ‘Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. Recíbeme como a uno de tus trabajadores’ (v. 18).

El hijo menor reconoce que se ha alejado de su papá, como el pueblo de Israel se había alejado del Señor al hacerse un becerro de oro y ponerlo en el lugar de Dios, que los había liberado de la esclavitud en Egipto. Los publicanos y pecadores que se acercaban a Jesús para escucharlo reconocen la necesidad de su Palabra y, con ella, de Dios y su perdón. Pablo acepta y confiesa que estaba alejado del Señor por haber blasfemado y haber perseguido a la Iglesia.

El hijo mayor, que no es capaz de alegrarse por el regreso de su hermano a casa, físicamente está cerca de su papá, pero en la vida se ha alejado de él; está presente en la casa, pero vive ausente en el corazón; parece vivo, pero está muerto… está perdido. No se alegra por la vuelta del hermano menor porque no sabe perdonar, lo desconoce como hermano porque se siente hijo fiel. Eso es lo que hacen los fariseos y escribas en relación a los publicanos y pecadores.

Pero hay algo impresionante en esta parábola: el papá lleva a sus dos hijos en el corazón, a pesar de que se han alejado de él; se ausentan de él y, sin embargo, los tiene presentes; parecen muertos, pero están vivos en su esperanza de que se conviertan; parece que los ha perdido y sale a encontrarlos. Con uno va y lo encuentra con abrazos y besos, impidiéndole que le diga que lo trate como a un trabajador; con el otro sale y lo invita a pasar a la fiesta del reencuentro.

Así es Dios con nosotros. Si caemos, si nos alejamos, si nos perdemos, Él nos busca, sale a nuestro encuentro, nos recibe, nos acoge, nos hace fiesta porque somos sus hijos y nos lleva en su corazón. Con Israel, renuncia al castigo con que lo había amenazado; a los publicanos y pecadores les ofrece su perdón en la persona de Jesús que los recibe y come con ellos; Pablo experimenta la misericordia que el Señor tiene con él. Es para que nosotros hagamos lo mismo.

Hoy hacemos fiesta con la Eucaristía porque Cristo, que estaba muerto, volvió a la vida. Él mismo se nos dará resucitado como alimento en la Comunión. Nosotros tenemos el compromiso de prolongar la Eucaristía en la vida ordinaria. El modo de hacerlo es reconociéndonos pecadores, necesitados de la presencia de Dios; siendo hermanos con todos, sobre todo a través del perdón y la misericordia. Así saldremos también de la muerte y volveremos a la vida con Cristo.

12 de septiembre de 2010

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *