Homilía del 22º domingo ordinario 2010

El domingo pasado escuchamos y reflexionamos la invitación de Jesús a esforzarnos por entrar al Reino por la puerta angosta. En la Eucaristía de este domingo, que es el banquete por excelencia de los discípulos, Jesús nos dice qué tenemos que hacer para entrar en la fiesta del Reino de Dios: “ocupa el último lugar” (Lc 14, 10). Hace esta invitación a sus discípulos a propósito de que los invitados a la comida donde Él participaba buscaban los primeros puestos.

“Ocupa el último lugar”

Textos: Eclo 3, 19-21. 30-31; Hb 12, 18-19. 22-24; Lc 14, 1. 7-14.

El domingo pasado escuchamos y reflexionamos la invitación de Jesús a esforzarnos por entrar al Reino por la puerta angosta. En la Eucaristía de este domingo, que es el banquete por excelencia de los discípulos, Jesús nos dice qué tenemos que hacer para entrar en la fiesta del Reino de Dios: “ocupa el último lugar” (Lc 14, 10). Hace esta invitación a sus discípulos a propósito de que los invitados a la comida donde Él participaba buscaban los primeros puestos.

Para entrar en el Reino no hay otro camino que hacerse el último de todos y, además, poner a los pobres en el primer lugar. Ocupar el último lugar, vivir en la humildad, hacerse pequeño -lo que implica una decisión asumida conscientemente-, lleva a encontrar gracia ante Dios, como expresa el Eclesiástico en el texto proclamado hoy. Sólo los humildes le dan gloria (Eclo 3, 21). Tenemos que hacerlo porque Jesús mismo lo vivió haciéndose el último y el servidor de todos.

Nos viene muy bien esta invitación de Jesús, sobre todo si tenemos en cuenta el modo de actuar en nuestro ambiente y en la sociedad: casi todos buscan subir de posición, tener los primeros puestos, estar por encima de los demás, aspirar a los mejores “huesos”. Sucede en la familia, en el trabajo, en la comunidad, en la sociedad, en la Iglesia. Buscar puestos y honores está en el mismo nivel que las tentaciones del dinero y el poder, porque lleva a la división.

Buscar los primeros puestos, como sucedió en aquella comida que nos narra san Lucas, es antievangélico y, por tanto, anticristiano, porque divide a las familias y a las comunidades. La propuesta de Jesús es clara: “ocupa el último lugar” (Lc 14, 10). No hay que darle vueltas. Los bautizados no tenemos que pelear por los puestos, no tenemos que buscar los mejores lugares, no nos tenemos que sentir más grandes que los demás. Así no se entra en el Reino.

Pero, además de hacernos los últimos, hay otro camino que Jesús propone para el Reino: hacer que los pobres, últimos para la sociedad, sean para nosotros los primeros, los de los lugares de honor. Es algo que tampoco sucede ordinariamente y sí tendría que ser algo fundamental en la vida de las comunidades. Jesús lo explica con la invitación que se haga a las fiestas: “cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los cojos y a los ciegos” (v. 13).

Luego da la razón de esto: “así serás dichoso, porque ellos no tienen con qué pagarte; pero ya se te pagará, cuando resuciten los justos” (v. 14). Hacer que los pobres ocupen en nuestra vida los primeros lugares lleva a la felicidad. De la misma manera sucede cuando el discípulo ocupa el último lugar: el que hizo la invitación a la fiesta, lo invitará a estar en la cabecera y se verá honrado ante los demás convidados, porque “el que se humilla, será engrandecido” (v. 11).

Hoy se nos recuerda que estamos invitados a participar en el banquete del Reino, a la reunión festiva de miles y miles de ángeles, a la asamblea de los primogénitos, cuyos nombres están escritos en el cielo (Hb 12, 22-23). No estamos obligados, pero sí invitados. La decisión depende de nosotros. El camino ya lo sabemos: buscar siempre, y por opción, el último lugar en la comunidad y hacer que los últimos ocupen el primer lugar en nuestra vida.

La Eucaristía es anticipo ya del banquete del Reino. En ella participamos con la conciencia de que nos decidimos por no buscar puestos, ni honores, sino sólo ocupar el último lugar. De la Eucaristía nos vamos con el compromiso de hacer que los pobres, los migrantes, los excluidos de la sociedad por sus preferencias sexuales, los drogadictos, etc., sean para la Iglesia los primeros, los más importantes, aquellos a los que les reconocemos su honor como hijos de Dios.

29 de agosto de 2010

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