Homilía del 2º domingo ordinario 2011

“Doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios” (Jn 1, 34). Con estas palabras termina Juan el Bautista la presentación de Jesús ante su pueblo. Ya le había preparado el camino a Jesús, ahora lo presenta como el importante, como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, como el que va a bautizar con el Espíritu Santo, como el Hijo de Dios. Esto que hace Juan –dar testimonio de Jesús– es lo que tenemos que hacer quienes estamos bautizados.

“Doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios”

 

 Textos: Is 49, 3. 5-6; 1Cor 1, 1-3; Jn 1, 29-34.

Como Juan, tenemos que dar testimonio de Jesús

“Doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios” (Jn 1, 34). Con estas palabras termina Juan el Bautista la presentación de Jesús ante su pueblo. Ya le había preparado el camino a Jesús, ahora lo presenta como el importante, como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, como el que va a bautizar con el Espíritu Santo, como el Hijo de Dios. Esto que hace Juan –dar testimonio de Jesús– es lo que tenemos que hacer quienes estamos bautizados.

Dar testimonio supone conocer. Nadie puede ser testigo de alguien que no conoce. Es indispensable conocerlo. Y no es un conocimiento de oídas, sino el resultado de una experiencia de encuentro, de algo vivido. Si Juan da testimonio de Jesús es porque lo ha conocido, porque se ha encontrado con Él, porque lo ha visto y escuchado. En el texto del Evangelio, Juan se presenta como testigo de que el Espíritu Santo descendió sobre Jesús. Esto lo sostiene porque lo vive.

Al presentar a Jesús como Cordero, el Bautista está expresando que viene a servir, a dar vida, a liberar, a sellar una nueva alianza. La noche en que el pueblo de Israel salió de la esclavitud en Egipto, en cada familia se sacrificó un cordero y con su sangre se roció la puerta de la casa. De esta manera la carne sirvió para alimentar al pueblo que emprendía el camino hacia la libertad, y la sangre sirvió de señal para que ahí no llegara la muerte sobre el primogénito.

Con la presentación que hace Juan de Cristo como el Cordero de Dios, está anunciando su muerte. Al igual que el cordero pascual, Jesús va a ser sacrificado. Así se convertirá en el siervo de Dios. Su servicio, que consistirá en ser luz de las naciones, hará posible que la salvación llegue hasta los últimos rincones de la tierra, como expresa Isaías (cf. 49, 6). La muerte de Jesús servirá para liberar a todos los pueblos del mal y su sangre servirá para salvarlos de la muerte.

Esta tarea Jesús la realizará con la fuerza del Espíritu Santo. Para eso fue ungido. Y Juan da testimonio de que el Espíritu descendió sobre Jesús y, además, lo señala como el que bautizará en el mismo Espíritu. Nosotros lo recibimos en el Bautismo y se confirmó su presencia y su acción en nuestra vida cuando fuimos confirmados. Con esto quedamos unidos plenamente a Jesús para vivir como Él y realizar la misma misión, para ser testigos suyos sirviendo y dando vida.

Nosotros tenemos que preguntarnos si somos testigos de Jesús como Juan. ¿Lo presentamos a los demás, hablamos de Él como el importante y nosotros nos mostramos a su servicio? ¿Qué decimos de Jesús a los demás? Para ser testigos de Jesús es necesario conocerlo: ¿Lo conocemos? ¿Qué tanto? Tengamos en cuenta que conocerlo no equivale a saber cosas sobre Él, sino a tener la experiencia de encuentro: ¿Qué tanto nos encontramos con Él? ¿Esto es permanente?

El encuentro con Jesús lo podemos vivir de varias maneras: en el Evangelio, en la oración; en los sacramentos, especialmente la reconciliación y la Eucaristía; en la comunidad reunida en su nombre, en los pobres. Si logramos encontrarnos con Jesús –ojalá fuera en todos estos modos y de manera permanente– entonces estaremos en el camino de convertirnos en testigos suyos. Son modos de tener la experiencia de Jesús que suponen la fe. Es necesario creer que ahí está.

Al celebrar la Eucaristía, hoy tenemos la oportunidad de encontrarnos con Jesús, de alimentarnos de Él, de renovar en nosotros la presencia de su Espíritu. Este encuentro nos impulsa a ser sus testigos en nuestro mundo sumido en la violencia y la injusticia. Que salgamos de aquí, fortalecidos con su Cuerpo y Sangre, con el compromiso de decir como el Bautista: “yo me encontré con Jesús, yo lo escuché, yo lo comí, y doy testimonio de que Él es el Hijo de Dios”.

16 de enero de 2011

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