Homilía del 2º domingo de Cuaresma 2011

“¡Qué bueno sería quedarnos aquí!” (Mt 17, 4). Estas palabras dichas por Pedro al ver a Jesús transfigurado, reflejan la actitud de la mayoría de los bautizados. Pocos son los que quieren una vida cristiana comprometida; casi todo el mundo diseña su propia manera de ser cristiano: sin compromisos, lo más fácil, lo más cómodo, a la medida de los propios intereses. Y no es así. Dios nos pide escuchar a su Hijo; y Jesús nos habla de seguirlo por el camino de la cruz.

“¡Qué bueno sería quedarnos aquí!”

Textos: Gn 12, 1-4; 2Tim 1, 8-10; Mt 17, 1-9.

La cruz del estudio y el trabajo

“¡Qué bueno sería quedarnos aquí!” (Mt 17, 4). Estas palabras dichas por Pedro al ver a Jesús transfigurado, reflejan la actitud de la mayoría de los bautizados. Pocos son los que quieren una vida cristiana comprometida; casi todo el mundo diseña su propia manera de ser cristiano: sin compromisos, lo más fácil, lo más cómodo, a la medida de los propios intereses. Y no es así. Dios nos pide escuchar a su Hijo; y Jesús nos habla de seguirlo por el camino de la cruz.

Ante el hecho de la transfiguración, que también nos da luz en relación al Día del Seminario que estamos celebrando en este domingo, se escuchan tres palabras: la de Pedro, la del Padre y la de Cristo. Jesús acababa de anunciar a sus discípulos, seis días antes, su muerte en Jerusalén y su resurrección. Ahora estaba transfigurado. Pedro –que se hace voz de los demás apóstoles– no lo quiere en la experiencia del sufrimiento y la muerte. Como Mesías, lo quiere glorioso.

Su proyecto de hacer tres chozas y quedarse allí para siempre, refleja que no quiere compromisos, que desea la vida cómoda y sin complicaciones. Esa es la voz de Pedro, esa es la voz de la mayoría de los bautizados: pide una vida cristiana centrada en la recepción de los sacramentos, para que los hijos los tengan. Pero no más. Difícilmente se acepta un proceso de formación, una participación activa en la comunidad, una serie de reuniones, tareas como familia.

San Mateo nos narra que cuando Pedro estaba hablando, se oyó una voz. Era la palabra del Padre, que decía –y nos sigue diciendo hoy–: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo puestas mis complacencias; escúchenlo” (v. 5). No son los discípulos, no somos nosotros, quienes tenemos que ponerle las condiciones a Jesús para seguirlo. Dios, su Padre, nos lo dice claramente: a su Hijo es a quien tenemos que escuchar, es Él quien indica el camino y pone las condiciones.

Y Jesús habla de su pasión, muerte y resurrección. Esta es la palabra del Hijo. Si queremos seguirlo con fidelidad, si queremos ser buenos discípulos, si queremos vivir como cristianos, lo que nos queda por hacer es ir detrás de Él hacia la cruz. Eso muy pocos lo asumen y lo viven. Ese es el camino y es difícil porque se trata de servir a todos, de amar a los enemigos, de perdonar a los que nos ofenden, de atender a los pobres, de compartir con los necesitados.

En el Seminario buscamos aclarar lo importante que es seguir a Jesús de acuerdo a las exigencias que Él plantea. Podemos decir que los años del Seminario –nueve después de la preparatoria o bachillerato– son como la subida al monte de la transfiguración. Es una experiencia muy fuerte de encuentro con Jesús, el Jesús de los Evangelios, en la que se busca formar a los seminaristas para asumir la cruz; no para el camino del personaje ni para la vida fácil y cómoda.

A ellos se les insiste en el estilo de vida que se necesita para ser presbítero en esta Diócesis: amistoso, sencillo, honesto, libre, responsable, trabajador. Las materias que estudian están orientadas a profundizar en el proyecto del Reino propuesto e inaugurado por Jesús, a aclarar la grandeza de la misión de Jesús y la Iglesia al servicio del Reino, a asimilar las razones de fondo para vivir la esperanza cristiana. La formación espiritual es para que se identifiquen con Jesús.

La participación de los seminaristas en las comunidades va orientada a sensibilizarse ante la pobreza y el sufrimiento de las familias, a descubrir los secretos de la vida comunitaria, a irse enamorando del proceso pastoral orientado por el Plan Diocesano. Oremos pues por nuestro Seminario para que se mantenga en esta tarea. Oremos por los bautizados de nuestras comunidades para que, por encima de la palabra humana, escuchemos la voz de Dios y de Jesús.

20 de marzo de 2011

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