Homilía del 2º domingo de Adviento 2010

“Conviértanse, porque ya está cerca el Reino de los cielos” (Mt 3, 1). Así comienza Juan el Bautista su predicación, orientada a disponer a su pueblo para recibir al Mesías. Esas palabras se proclaman para nosotros en este segundo domingo de Adviento, puesto que nos preparamos para la celebración de la Navidad y nos disponemos a recibir sacramentalmente al Señor Jesús que viene hoy a nuestro encuentro para alimentarnos. Se nos invita a la conversión.

“Conviértanse, porque ya está cerca el Reino de los cielos”

Textos: Is 11, 1-10; Rm 15, 4-9; Mt 3, 1-12.

 
 

«Hagan ver con obras su conversión»

 

“Conviértanse, porque ya está cerca el Reino de los cielos” (Mt 3, 1). Así comienza Juan el Bautista su predicación, orientada a disponer a su pueblo para recibir al Mesías. Esas palabras se proclaman para nosotros en este segundo domingo de Adviento, puesto que nos preparamos para la celebración de la Navidad y nos disponemos a recibir sacramentalmente al Señor Jesús que viene hoy a nuestro encuentro para alimentarnos. Se nos invita a la conversión.

La conversión, que consiste en un cambio total de vida, es el modo de prepararle el camino al Señor. No se trata de una acción buena o de estar bien un día y ya, sino de vivir totalmente de acuerdo a las enseñanzas de Jesús. Para esto hay que mantener el encuentro con Jesús. Cuando dejamos de hacerlo nos alejamos de la relación con Dios y caemos en el pecado porque torcemos nuestros caminos personales, familiares, comunitarios y sociales.

Con Jesús nos encontramos en el Evangelio, en los sacramentos, especialmente en la Eucaristía y la Reconciliación, en la oración, en la comunidad, en los pobres. Para nosotros la conversión consiste en volver al encuentro con Jesucristo y mostrar con obras la conversión. De otro nos sucedería como a los fariseos y saduceos que iban con Juan para que los bautizara. El bautismo –que con él era signo de arrepentimiento– quedaba solo como un acto exterior.

Tenemos que convertirnos personalmente para que, superando el pecado personal, estemos en relación con Dios. Se ocupa cambiar para que en nuestras familias, a veces fracturadas por las desavenencias, se viva en armonía. Hay que convertirnos para que en nuestros barrios y colonias, frecuentemente desunidos, se viva en comunidad. Se ocupa enderezar los caminos de nuestra sociedad, cada vez más violenta, para que se experimente la reconciliación y la paz.

Hay que hacer que se cumpla el deseo de san Pablo: Que Dios, fuente de toda paciencia y consuelo, les conceda a ustedes vivir en perfecta armonía unos con otros (Rm 15, 5). Hay que trabajar para que se cumpla el sueño de Isaías: Habitará el lobo con el cordero, la pantera se echará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos y un muchachito los apacentará. La vaca pastará con la osa y sus crías vivirán juntas. El león comerá paja con el buey (11, 6-7).

Este modo de vivir en armonía y en paz, es consecuencia de la acción del Mesías que, lleno del espíritu del Señor, actúa con justicia y equidad, tal como lo presenta el profeta Isaías. Así se espera que vivamos también nosotros. Este modo de vivir hoy, tiene que ser fruto y consecuencia de nuestra conversión. Pero hay que tener en cuenta que Juan Bautista pide que la conversión se manifieste con obras. No se tiene que quedar en buenos deseos ni en ritos externos.

A cada uno le toca ser agente de paz en la relación con los demás y, por tanto, quitar las situaciones de desavenencia, enojo, rivalidad. Todos debemos colaborar en la familia para que se construya y experimente la armonía. Hay que buscar los mecanismos para que en el barrio o colonia se haga vida de comunidad. Debemos crear las condiciones necesarias para que en nuestra sociedad se construya la paz, en base a la justicia, la reconciliación y la solidaridad.

Solamente viviendo de esta manera estaremos dispuestos para celebrar la Navidad de este año y podremos prepararle bien el camino al Señor para recibirlo en su segunda venida. Preparémonos para recibirlo sacramentalmente en esta Eucaristía, ya que Jesús viene a nuestro encuentro hecho Pan. Para acogerlo es necesario seguir en la conversión, porque el Reino de Dios, que es hermandad, amor, justicia y paz, ya está cerca, como dice Juan el Bautista.

5 de diciembre de 2010

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