Homilía del 19º domingo ordinario 2010

El domingo pasado Jesús terminaba la parábola del rico avaro haciendo una invitación a sus discípulos, invitación que aparece también hoy, con otras palabras, en el texto del Evangelio. Decía que hay que hacerse ricos de lo que vale ante Dios. En este domingo Jesús nos dice: “acumulen en el cielo un tesoro que no se acaba” (Lc 12, 33). La Eucaristía que celebramos es parte de ese tesoro, pues Jesús hecho pan nos fortalece para seguirlo en su camino al Padre.

 “Acumulen en el cielo un tesoro que no se acaba”

 

Textos: Sab 18, 6-9; Hb 11, 1-2. 8-19; Lc 12, 32-48.

El domingo pasado Jesús terminaba la parábola del rico avaro haciendo una invitación a sus discípulos, invitación que aparece también hoy, con otras palabras, en el texto del Evangelio. Decía que hay que hacerse ricos de lo que vale ante Dios. En este domingo Jesús nos dice: “acumulen en el cielo un tesoro que no se acaba” (Lc 12, 33). La Eucaristía que celebramos es parte de ese tesoro, pues Jesús hecho pan nos fortalece para seguirlo en su camino al Padre.

Jesús hace esta invitación consciente de que el Padre ofrece el Reino a la comunidad integrada por sus discípulos, a quienes llama cariñosamente: rebañito mío (v. 32). Los invita a confiar en Dios y a buscar y conservar ese Reino, que es el tesoro que no se acaba, que no se destruye ni es apetecido por los ladrones ni es comido por las polillas, un tesoro del que se enamore el corazón. El Reino es pues un don, pero es también un proyecto de vida por el cual luchar.

La actitud para esperar el Reino de Dios, que pediremos en la oración del Padrenuestro, está expresada de varias maneras por el mismo Jesús: “vendan sus bienes y den limosnas” (v. 33), “estén listos, con la túnica puesta y las lámparas encendidas” (v. 35), estar esperando y en vela, estar vigilando, estar preparados, portarse con fidelidad y prudencia. Son expresiones que nos dan a entender que siempre tenemos que estar trabajando con la esperanza del Reino.

Para disponernos a recibir el Reino tenemos que ser conscientes de que somos pobres, administradores, servidores, esclavos. Somos responsables en la familia y en la comunidad de los demás hermanos y hermanas, especialmente de los pobres; a ellos permanentemente los tenemos que servir, atender a su tiempo, no quitarles. Y lo debemos hacer con el corazón puesto en Jesús, pues Él es nuestro tesoro y la lámpara encendida que nos ilumina en la vida.

Lo que no tenemos que hacer de acuerdo a las palabras de Jesús es apegarnos a los bienes materiales; más bien los tenemos que desligar de nuestra vida porque esclavizan. Así estaremos libres para el servicio. Tampoco tenemos que pasarla gozando, aprovechándonos de los débiles, ganando dinero fácil, golpeando a los pobres, pasando de largo ante los que sufren, emborrachándonos. No debemos perder la conciencia de ser administradores, servidores y esclavos.

La Carta a los Hebreos nos presenta varios ejemplos de confianza, fidelidad, obediencia a la voluntad de Dios: Abraham, Sara, Isaac, Jacob. Ellos se supieron desprender de sus bienes y su persona para ponerse al servicio de Dios y de su pueblo. No alcanzaron los bienes prometidos, pero los vieron y los saludaron con gozo desde lejos (11, 13), acumularon en el cielo un tesoro inagotable. No era un tesoro material ciertamente, pero lo anhelaron y lo poseyeron por la fe.

Nuestra tarea está entonces en disponernos a recibir el Reino de Dios. Lo tenemos que esperar continuamente haciendo un vida de hermanos, luchando por construir una comunidad solidaria, manteniéndonos en el cumplimiento de la misión evangelizadora, cuidando de los pobres de la comunidad. Ése es el tesoro que podemos acumular para el cielo. Lo que recibiremos a cambio será el ser llamados dichosos, ser servidos por el Señor, participar de la vida del Reino.

Jesús llega hoy a nuestra comunidad en la Eucaristía. Lo esperamos permanentemente, le abrimos la puerta de nuestro corazón, lo recibimos haciendo vida de comunidad. Él viene para sentarse a la mesa y servirnos su Cuerpo y su Sangre; nos alimenta para que acrecentemos nuestro tesoro para el cielo. Se nos da mucho, mucho se nos exigirá. Por eso, alimentados sacramentalmente vayamos a cuidar de nuestros hermanos y a servirlos como el Señor nos sirve.

8 de agosto de 2010

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