Homilía del 18º domingo ordinario 2010

Ante un problema de herencia entre dos hermanos, problema que frecuentemente se presenta en nuestro ambiente, Jesús hace una invitación a la multitud que lo sigue y a todos sus discípulos: “Eviten toda clase de avaricia” (Lc 12, 15). Esta invitación nos prepara a la celebración dominical de la Eucaristía, dado que Jesús, sin estar apegado a los bienes materiales e incluso desprendiéndose de su vida, se da para nosotros hecho pan y vino.

“Eviten toda clase de avaricia”

Textos: Ecl 1, 2; 2, 21-23; Col 3, 1-5. 9-11; Lc 12, 13-21.

Ante un problema de herencia entre dos hermanos, problema que frecuentemente se presenta en nuestro ambiente, Jesús hace una invitación a la multitud que lo sigue y a todos sus discípulos: “Eviten toda clase de avaricia” (Lc 12, 15). Esta invitación nos prepara a la celebración dominical de la Eucaristía, dado que Jesús, sin estar apegado a los bienes materiales e incluso desprendiéndose de su vida, se da para nosotros hecho pan y vino.

La avaricia consiste en ambicionar más de lo que se tiene, poseer más que los demás, tener por tener. Para los discípulos de Jesús, esta actitud, que manifiesta un proyecto de vida cultivado en el corazón, aleja de Dios y de los hermanos, divide a la comunidad e impide el acceso a la vida del Reino. La avaricia llega a convertirse en idolatría, como expresa san Pablo en su Carta a los Colosenses, porque se le rinde culto a los bienes materiales y se le sacrifican los pobres.

“¿Quién es avaro? El que no se contenta con las cosas necesa­rias. ¿Quién es ladrón? El que quita lo suyo a los otros. ¿Con que no eres tú avaro, no eres tú ladrón, cuando te apropias lo que recibiste a título de admi­nistración? […] Del hambriento es el pan que tú retienes; del que va desnudo es el manto que tú guardas en tus arcas; del descalzo, el calzado que en tu casa se pudre. En resolución, a tantos haces agravios, a cuantos puedes socorrer” (San Basilio, P.G. 31).

Nosotros hemos venido a esta celebración a compartir el Pan de vida, Jesús que se da para que nosotros tengamos vida. Recibirlo nos compromete a compartir con los pobres los bienes que tenemos, a esforzarnos por dar de lo que tenemos con el fin de que nadie pase necesidad, a luchar por darnos para los demás. Eso hace Jesús a lo largo de su vida: anuncia la buena nueva a los pobres, ayuda a compartir los panes y los pescados, entrega su vida en la cruz.

Compartir, dar, entregarnos es lo que al final de cuentas asegura la felicidad. En nuestro mundo, y aparece también en el rico de la parábola del Evangelio, la felicidad se pone en el tener, en el acaparar, en la cantidad y calidad de los bienes materiales, en las marcas de la ropa, en el dinero. Pero eso no asegura la felicidad. Al contrario, provoca muchos problemas y angustias, lleva a la intranquilidad. “Entre más se tiene más se quiere”, dice un dicho. Es la avaricia.

El rico de la gran cosecha diseñó su vida para descansar, comer, beber y darse a la buena vida. Pero no tenía asegurada la vida. De hecho, se le anuncia que esa misma noche va a morir. ¿Dónde quedó la felicidad? ¿Qué le presentará a Dios si sus bienes se van a quedar en la tierra? Por eso Jesús termina diciendo que “lo mismo le pasa al que amontona riquezas para sí mismo y no se hace rico de lo que vale ante Dios” (Lc 12, 21). La felicidad la da lo que vale ante Dios.

¿En qué ponía Jesús el sentido de su vida, la felicidad, si no tenía ni siquiera dónde reclinar la cabeza? En la obediencia a su Padre. Jesús se dedicó a anunciar el Reino de Dios, a servir a los pobres, a los enfermos, a los excluidos; a mostrar la misericordia de Dios a los pecadores, a caminar hacia la cruz. Al final murió crucificado y confiando en su Padre. En ese estilo de vida se fue llenando de lo valioso ante Dios. Tan agradable fue su vida que al tercer día lo resucitó.

Con la palabra de este domingo, Jesús nos invita a no ser insensatos, ambiciosos, avaros, codiciosos, porque, como dice el Eclesiastés, todas las cosas, absolutamente todas, son vana ilusión (1, 2). Nos invita, más bien, a compartir, a dar, a no acumular, a darnos, porque esto es lo que vale ante Dios, ya que nos une a los hermanos, nos mantiene unidos y nos hace entrar en el Reino. Preparémonos pues para la Eucaristía, que es el banquete del compartir.

1º de agosto de 2010

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