Homilía del 17º domingo ordinario 2010

La oración fue parte fundamental en la vida y ministerio de Jesús. Era tan importante y tan necesaria que le dedicaba noches enteras. Ahí, en esa experiencia de confianza en su Padre, Jesús encontraba la fuerza para continuar en su servicio al Reino. Sus discípulos, después de una experiencia de estas, le hicieron una petición: “Señor, enséñanos a orar” (Lc 11, 1). Ellos querían aprender del Maestro a orar para seguirlo en su camino. Eso tenemos que hacer hoy.

“Señor, enséñanos a orar”

Textos: Gen 18, 20-32; Col2, 12-14; Lc 11, 1-13.

La oración fue parte fundamental en la vida y ministerio de Jesús. Era tan importante y tan necesaria que le dedicaba noches enteras. Ahí, en esa experiencia de confianza en su Padre, Jesús encontraba la fuerza para continuar en su servicio al Reino. Sus discípulos, después de una experiencia de estas, le hicieron una petición: “Señor, enséñanos a orar” (Lc 11, 1). Ellos querían aprender del Maestro a orar para seguirlo en su camino. Eso tenemos que hacer hoy.

La Eucaristía es la gran oración de la Iglesia y el centro de ella es la plegaria Eucarística. La Palabra que escuchamos y reflexionamos nos prepara para el encuentro sacramental con Jesús. Cada domingo, al reunirnos como Iglesia para celebrar el Misterio Pascual de Cristo, nos unimos a la entrega de Jesús, oramos al Padre para que nos sostenga en nuestra experiencia de seguimiento y nos alimentamos de la Comunión para tener la fuerza necesaria en la misión.

Los discípulos le piden a Jesús que los enseñe a orar. La respuesta de Jesús les plantea lo que tiene que ser su proyecto de vida. El Padre nuestro es la síntesis de lo que tenemos que hacer los bautizados: trabajar por el Reino de Dios. Son cuatro peticiones que hay que hacer al Padre, pero son también cuatro tareas que tenemos que realizar: el Reino de Dios, el pan diario, el perdón y salir adelante ante la tentación. Pedírselas es signo de confianza y de compromiso.

Al decirle que venga su Reino, reconocemos que Jesús vino a anunciarlo y hacerlo presente con sus palabras y sus hechos. Pero, sobre todo, le decimos que asumimos como tarea nuestra el trabajo por el Reino desde nuestra comunidad parroquial, desde nuestro barrio o rancho, desde nuestra familia. En el 4º Plan Diocesano de Pastoral tenemos muchas actividades propuestas para hacer que el Reino de Dios acontezca en el Sur de Jalisco. Hay que conocerlo bien.

Si le pedimos a Dios que nos dé nuestro pan de cada día, le manifestamos que tenemos conciencia de que Él nos ha dado alimento suficiente para que nadie pase hambre en el mundo. Pero también le expresamos nuestro compromiso de luchar porque en nuestra comunidad a nadie le falte qué comer, tanto a las familias que no completan para el alimento del día como para las personas que vienen de fuera a trabajar. Que tampoco falte la Comunión sacramental.

Según lo que nos enseña Jesús, si le pedimos al Padre el perdón de nuestros pecados es porque también nosotros perdonamos a todo aquel que nos ofende (v. 4). Este perdón, necesario para que Dios reine entre nosotros, tiene su fundamento en el perdón que Dios nos dio en su Hijo, al eliminar el pecado clavándolo en la cruz de Cristo (Col 2, 14), como nos dice san Pablo. Dios nos perdona y nosotros tenemos que perdonar. Ese es nuestro compromiso cristiano.

El trabajo por el Reino exige sostenerse en la lucha contra las tentaciones. Es algo que tenemos que pedir a Dios diariamente. Pero también es un esfuerzo que día a día debemos realizar. Se nos presentan las tentaciones del poder, la fama, el éxito, el tener, el dominio, el sexo, las drogas, la vida cómoda, el dinero fácil y muchas otras. Caer en cualquiera de ellas nos detiene en los esfuerzos personales y comunitarios por hacer presente el Reino de Dios.

Al pedirle nosotros a Jesús que nos enseñe a orar y al escuchar la respuesta que da a sus discípulos reconocemos que tenemos una misión grande en nuestras manos: la construcción del Reino de Dios. Rezar el Padre nuestro es expresar nuestra confianza en la grandeza del Reino y asumir la tarea de construirlo. Hay que pedirlo con insistencia, confianza y disposición, como Abraham y como el vecino que va a media noche a pedir unos panes para ofrecerle a su amigo.

25 de julio de 2010

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