Homilía del 16º domingo ordinario 2010

Así como Jesús llegó de visita a la casa de sus amigos Marta, María y Lázaro, hoy viene a visitarnos resucitado como cada domingo para alimentarnos con su Palabra y con su Cuerpo. Es una visita semanal que vivimos como Iglesia, aunque siempre permanece entre nosotros en la Biblia, en las reuniones comunitarias, en la Eucaristía, en los pobres, en los pastores. En su visita nos dice que de entre las cosas que nos preocupan “una sola es necesaria” (Lc 10, 42).

“Una sola es necesaria”

Textos: Gen 18, 1-10; Col 1, 24-28; Lc 10, 38-42.

Así como Jesús llegó de visita a la casa de sus amigos Marta, María y Lázaro, hoy viene a visitarnos resucitado como cada domingo para alimentarnos con su Palabra y con su Cuerpo. Es una visita semanal que vivimos como Iglesia, aunque siempre permanece entre nosotros en la Biblia, en las reuniones comunitarias, en la Eucaristía, en los pobres, en los pastores. En su visita nos dice que de entre las cosas que nos preocupan “una sola es necesaria” (Lc 10, 42).

La llamada de atención a Marta es también para nosotros. Esto nos tiene que hacer pensar en relación a nuestra vida personal, familiar y comunitaria: ¿qué es lo que nos preocupa en la vida? ¿Qué es lo que orienta nuestros proyectos y modo de vivir? Jesús le explica a Marta que su hermana escogió la mejor parte. Lo que da sentido a la vida de María y que Marta no valora tanto, y quizá muchos de nosotros tampoco, es Jesús mismo y su proyecto del Reino.

Ciertamente Jesús no descalifica el servicio de Marta. Solamente le aclara que le falta dedicar el tiempo necesario al encuentro con Él, que es precisamente lo que María ha decidido realizar en esa visita. La palabra de Jesús, que nosotros tenemos por escrito en los Evangelios, es la que orienta el actuar de sus discípulos. Si obramos conforme a la propuesta de Jesús, encontraremos el sentido de nuestra vida como personas, como cristianos y como evangelizadores.

No se puede caminar en la vida sin las orientaciones de Jesús. ¿Qué tanto tiempo dedicamos a la escucha de la Palabra, a la lectura y meditación del Evangelio, ya sea personalmente, en nuestra familia o en las reuniones comunitarias? Si no lo hacemos, fácilmente perdemos el rumbo: no encontramos cómo actuar ante situaciones concretas y nos dejamos llevar por nuestros impulsos, estando bautizados dejamos de vivir como cristianos o hacemos lo que se nos ocurre.

Jesús y su trabajo por el Reino se presenta como la mejor parte para María, para Marta y para sus discípulos y a quienes la eligen de entre todas las demás cosas importantes, nadie se las quita. Para tenerla necesitamos discernir en nuestra vida, preguntarnos qué es lo mejor, qué es lo que nos sirve, qué es lo que nos da sentido. María se decidió por el Maestro y se puso a sus pies para escucharlo. Lo recibió en su vida como Abraham había acogido a Dios en su casa.

Ante los miles de propuestas que tenemos a diario: dinero, éxito, propiedades, productos de marca, violencia, droga, sexo, etc.; ante las inclinaciones personales a la vida cómoda y sin compromisos, ante la posibilidad de vivir sin el Evangelio, Jesús se nos ofrece como la única cosa necesaria para sus discípulos. Si es la necesaria y es la única, no podemos prescindir de ella. Hoy tenemos la oportunidad de replantearnos nuestra actitud ante Él para acogerlo.

Personalmente tiene que ser el centro de nuestra vida. No lo hagamos a un lado como una propuesta más, porque es la única necesaria. No lo guardemos para cuando “lo ocupemos”. No pongamos trabas para encontrarnos con Él y dedicarle el tiempo necesario. No nos dediquemos únicamente al servicio en la comunidad –que ya sería una gran cosa para la mayoría de los miembros de la Iglesia si lo hiciéramos–, sin acercarnos al estudio y meditación del Evangelio.

En esta visita dominical del Señor, dejando un poco nuestras actividades ordinarias al servicio de la familia y al servicio de la comunidad, acojámoslo tanto en sus palabras como especialmente en la Comunión sacramental. El encuentro con Jesús resucitado impulsa a seguir en la misión, a trabajar por el Reino, a continuar anunciando el Evangelio, así como hacía Pablo. Pongamos en el centro de nuestra vida a Jesús, dado que es la única cosa necesaria para sus discípulos.

18 de julio de 2010

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