Homilía del 15º domingo ordinario 2010

Este domingo en que nos reunimos a celebrar la Resurrección de Cristo, en su Palabra escrita, Dios nos invita nuevamente a ser misericordiosos como Él. A Dios no lo vemos, pero su Hijo, con sus palabras y sus obras nos lo revela, pues, como dice san Pablo, Cristo es la imagen de Dios invisible (Col 1, 15). Para ser misericordiosos se ocupa vivir el mandato que Jesús le da al doctor de la ley al final del texto del Evangelio: “Anda y haz tú lo mismo” (Lc 10, 37).

“Anda y haz tú lo mismo”

Textos: Dt 30, 10-14; Col 1, 15-20; Lc 10. 25-37.

Este domingo en que nos reunimos a celebrar la Resurrección de Cristo, en su Palabra escrita, Dios nos invita nuevamente a ser misericordiosos como Él. A Dios no lo vemos, pero su Hijo, con sus palabras y sus obras nos lo revela, pues, como dice san Pablo, Cristo es la imagen de Dios invisible (Col 1, 15). Para ser misericordiosos se ocupa vivir el mandato que Jesús le da al doctor de la ley al final del texto del Evangelio: “Anda y haz tú lo mismo” (Lc 10, 37).

Este mandato de Jesús se convierte a partir de ahí en el mandamiento nuevo para sus discípulos. Quien quiera ser verdadero discípulo de Jesús, quien se confiese católico, tiene que asumir el estilo de vida de ser prójimo de los tirados que ve en el camino de la vida. Y esto implica no sólo ver, sino reaccionar desde dentro del corazón, como el samaritano de la parábola: con las entrañas removidas, desprenderse de todo para que el medio muerto del camino esté bien.

Nosotros estamos viendo situaciones recientes, como la de los damnificados por la tormenta tropical “Alex” en Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas. Continuamente nos encontramos con la situación de indígenas y otros migrantes que llegan a nuestra región para ganar la vida trabajando en los invernaderos y en las parcelas. Siempre estamos viendo enfermos, algunos en fase terminal, familias que no tienen el pan diario, jóvenes en la droga, ancianos abandonados…

Ahí están los rostros actuales del hombre asaltado, herido y medio muerto, del que Jesús le platica al doctor de la ley. Todos los estamos viendo. ¿Cuál está siendo nuestra reacción? ¿Pasamos de largo o, con el dolor en el estómago, nos acercamos y los atendemos hasta dejarlos bien? El samaritano, considerado por los judíos como pagano, hereje, maldecido de Dios, impuro, se acercó, ungió y vendó las heridas, lo cargó, lo llevó al mesón, lo cuidó, dio de su dinero.

El samaritano se hizo prójimo de aquel hombre. Así lo reconoció el doctor de la ley ante la pregunta de Jesús: “¿Cuál […] se portó como prójimo del hombre que fue asaltado por los ladrones?” (v. 36). Como él, nosotros tenemos que hacernos prójimos de los pobres que vemos en la comunidad. Así nos lo manda Jesús al decirnos: “Anda y haz tú lo mismo” (v. 37), porque lo manda no sólo para el especialista en leyes sino para todos sus discípulos.

Jesús lo dice porque Él mismo lo hace. Derrama su sangre en la cruz, como lo recuerda san Pablo. Al derramar su sangre, aparece como la imagen visible de Dios, pues nos manifiesta su misericordia: ve a la humanidad despedazada por el pecado, la injusticia y la división, se compadece de ella, se hace uno de nosotros, unge y venda nuestras heridas, nos carga en su cuerpo, nos lleva al Padre, cuida de nosotros, paga con su muerte, se va al Padre y promete volver.

Así Jesús se hace samaritano de la humanidad. Y quiere que de la misma manera nos hagamos samaritanos, siendo misericordiosos, convirtiéndonos en prójimo. Ese es el mandamiento nuevo. Hay que tener en cuenta que los mandamientos de Dios, como expresa el Deuteronomio, están al alcance de su pueblo: no son superiores a tus fuerzas (30, 11). Por el contrario, […] están muy a tu alcance, en tu boca y en tu corazón, para que puedas cumplirlos (v. 14).

Los mandamientos de Dios, el mandato de hacernos prójimos de los excluidos y sufrientes de nuestra comunidad, no son para repetirse de memoria. Son para ponerse en práctica. A eso nos envía Jesús, alimentados por su Cuerpo y Sangre. Por ser sus discípulos, personalmente y como comunidad tenemos el compromiso de ser hoy imagen visible de Cristo, el Buen Samaritano, así como Él es imagen visible de Dios misericordioso. Vayamos, pues, y hagamos lo mismo.

11 de julio de 2010

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