Homilía del 13º domingo ordinario 2010

En este domingo nos encontramos con una nueva etapa en el ministerio de Jesús: el inicio de su camino hacia Jerusalén, camino que ya no dejará hasta dar su vida en la cruz. Es un camino y una experiencia que Él vive en total libertad, los cuales nos invita a hacer nuestros, también libremente. Cuando Jesús aclaró el rumbo de su misión, que culminaría en su regreso al Padre, libremente tomó la firme determinación de emprender el viaje a Jerusalén (Lc 9, 51).

“Tomó la firme determinación”

Textos: 1Re 19, 16. 19-21; Gal 5, 1. 13-18; Lc 9, 51-62.

En este domingo nos encontramos con una nueva etapa en el ministerio de Jesús: el inicio de su camino hacia Jerusalén, camino que ya no dejará hasta dar su vida en la cruz. Es un camino y una experiencia que Él vive en total libertad, los cuales nos invita a hacer nuestros, también libremente. Cuando Jesús aclaró el rumbo de su misión, que culminaría en su regreso al Padre, libremente tomó la firme determinación de emprender el viaje a Jerusalén (Lc 9, 51).

San Pablo nos orienta en relación a esta dimensión de la experiencia de seguimiento a Jesús, al decirnos que nuestra vocación es la libertad (Gal 5, 13). Para seguir a Jesús tenemos que ser libres. Así vivió Jesús su misión y también nos abrió el camino para realizar la misma misión. Libremente se dio y, consciente de que su destino era la muerte, tomó la decisión firme de ir hacia allá. Precisamente con su muerte Cristo nos ha liberado para que seamos libres (v. 1).

Nadie puede seguir a fuerzas al Señor en su camino. Él hace la invitación y cada quien tiene que responder con total libertad. Ser libres significa estar sin ataduras: libres de y libres para. Así hizo Eliseo cuando Elías le echó el manto encima, señal de que le compartía su misión como profeta. Además, para asumir su misión, Eliseo decidió desprenderse de su trabajo, sus bienes y su familia; terminó sacrificando sus animales y repartiendo la carne antes de irse con Elías.

Pablo nos recuerda esta condición y nos invita a mantenerla, al decirnos: Conserven […] la libertad y no se sometan de nuevo al yugo de la esclavitud (Id.). Tenemos que mantenernos libres de todo aquello que nos ata y ofrece seguridades; tenemos que permanecer libres para seguir a Jesús en su estilo de vida y su misión. Esto queda claro con aquellas tres personas que, en el comienzo del camino de Jesús hacia Jerusalén, tuvieron la oportunidad de seguirlo.

Al primero, que se ofreció espontáneamente para seguirlo por dondequiera, el Señor le aclaró que no hay ninguna seguridad, ni siquiera en dónde reclinar la cabeza (Lc 9, 58). Al segundo, llamado por Jesús con aquella misma invitación que hizo a sus primeros discípulos –“Sígueme”-, le dijo que tenía que desprenderse de las obligaciones piadosas, como era dar sepultura a los muertos. Al tercero le pidió liberarse de sus lazos familiares para emprender una nueva vida.

En el encuentro con estas tres personas, Jesús deja muy claro que quienes quieran seguirlo, además de estar libres de todo aquello que los ata, necesitan asumir con libertad la misión que Él encomienda: anunciar el Reino de Dios. Libre de la responsabilidad de enterrar a sus muertos, al segundo le manda: “Tú ve y anuncia el Reino de Dios” (v. 60). Al tercero le indica que si no se libera del pasado “no sirve para el Reino de Dios” (v. 62).

Hacen falta más personas que lleven el Evangelio a los demás en la comunidad; no basta con los que hay. Pero para realizar esta tarea es necesario estar viviendo con total libertad el seguimiento a Jesús, estar recorriendo el mismo camino que pasa por la cruz. Nadie puede ser evangelizador si no ha caminado con Jesús; no se puede anunciar el Reino sin tener la experiencia de la cruz. Tenemos oportunidad de decidir libremente si seguimos o no a Jesús.

Manifestemos nuestra vocación a la libertad, ejerzámosla en función del anuncio del Evangelio. Liberémonos de todo aquello que nos ata a las seguridades y al desorden egoísta. Decidámonos a recorrer el mismo camino de Jesús que, pasando por la entrega y la cruz, culmina en el regreso al Padre. Animados por la Palabra de Dios y alimentados por la Eucaristía, mostrémonos libres para asumir nuestra responsabilidad como colaboradores en la evangelización.

27 de junio de 2010

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