Homilía del 12º domingo ordinario 2010

Jesús pregunta sobre su identidad. Primeramente les pide a sus discípulos que le digan lo que la gente piensa de Él. Ellos le dicen que quienes lo han visto y escuchado lo identifican con Juan Bautista, Elías o alguno de los profetas antiguos que ha resucitado. Inmediatamente plantea la cuestión a los Doce, a aquellos que lo han seguido día a día: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” (Lc 9, 20). A esta pregunta también le tenemos que dar una respuesta hoy.

“Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”

Textos: Zac 12, 10-11; 13, 1; Gal 3, 26-29; Lc 9, 18-24.

Jesús pregunta sobre su identidad. Primeramente les pide a sus discípulos que le digan lo que la gente piensa de Él. Ellos le dicen que quienes lo han visto y escuchado lo identifican con Juan Bautista, Elías o alguno de los profetas antiguos que ha resucitado. Inmediatamente plantea la cuestión a los Doce, a aquellos que lo han seguido día a día: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” (Lc 9, 20). A esta pregunta también le tenemos que dar una respuesta hoy.

Para sus discípulos Jesús es “el Mesías de Dios” (Id.), según la respuesta de Pedro. Ellos han ido captando por sus hechos y sus palabras que Jesús de Nazaret, el que los ha invitado a seguirlo, es el mismo Mesías prometido por Dios muchos años antes. Aunque ellos tenían la concepción de un Mesías poderoso, dominador, exitoso, victorioso. Por eso, luego de pedirles que guarden silencio sobre esto, Jesús les presenta con toda claridad su modo de ser Mesías.

Les dice: “Es necesario que el Hijo del hombre sufra mucho, que sea rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que sea entregado a la muerte y que resucite al tercer día” (v. 22). El Mesías es aquel traspasado por la lanza que anuncia el profeta Zacarías, por lo tanto débil, dominado, sin éxito, derrotado. Otra imagen totalmente diferente de la que tenían sus discípulos. Y Jesús asume su entrega hasta la muerte; luego vendrá la Resurrección.

Además de anunciar su pasión, muerte y resurrección, acontecimiento que celebramos cada domingo en la Eucaristía, hace una invitación, no sólo a los Doce sino a la multitud: “Si alguno quiere acompañarme, que no se busque a sí mismo, que tome su cruz de cada día y me siga” (v. 23). Que Él sea el Mesías y que ellos sean sus discípulos, o quienes quieran serlo, implica asumir su mismo camino y su mismo destino; ponerse la camiseta, como los buenos deportistas.

¿Qué decimos nosotros de Jesús? ¿Quién es Él? Ciertamente en el catecismo aprendimos que es el Hijo de Dios, la segunda persona de la Santísima Trinidad; o, como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, “el Verbo encarnado e Hijo de Dios” (No. 427). No se trata de decir de memoria una respuesta que aprendimos hace años, sino de compartir lo que hemos ido descubriendo en nuestra práctica de encuentro con Él. Es decir, lo que hemos vivido con Jesús.

Así era el sentido de la pregunta de Jesús a sus primeros discípulos. Ustedes que han caminado conmigo, que han escuchado mis enseñanzas sobre el Reino de Dios, que han visto el servicio a los excluidos, que han escuchado las críticas que me hacen por juntarme con publicanos y pecadores, que son testigos de que han intentado matarme… Ustedes, ¿qué dicen de mí? La respuesta tiene que ser vivencial y es algo que en general nos falta a los bautizados.

Nuestro Plan Diocesano nos presenta esta realidad, que es triste porque son muy pocas las personas en nuestra Diócesis que saben dar razón de Jesús a partir de su experiencia de seguimiento. Y es que “no hay un convencimiento real del proceso de iniciación en la fe: Encuentro con Jesucristo, conversión, pertenencia a una comunidad, ser discípulos y misioneros” (No. 108). Recibimos el Bautismo y otros sacramentos, pero nos falta formación en la vida cristiana.

San Pablo, volviéndonos a nuestra condición de bautizados, nos dice: se han revestido de Cristo (Gal 3, 26). No se trata del vestido blanco del Bautismo que va por encima, sino de llevarlo dentro de nosotros, como fruto del encuentro con Jesús, para seguirlo en su caminar: perdonando, siendo hermanos, compartiendo, sirviendo, dando la vida. Esta es la mejor respuesta que podemos dar a la pregunta de Jesús: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” (Lc 9, 20).

20 de junio de 2010

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