Homilía del 10º domingo ordinario 2010

Cada que nos reunimos para la Eucaristía, especialmente los domingos, celebramos el triunfo de Jesús sobre la muerte, pues en un domingo como hoy, Cristo resucitó. Ya antes de su resurrección, a lo largo de su ministerio, Jesús había devuelto la vida a varias personas. En el Evangelio escuchamos cómo resucitó a un joven y cómo quienes fueron testigos lograron reconocer en esa acción la presencia salvadora de Dios: “Dios ha visitado a su pueblo” (Lc 7, 16).

“Dios ha visitado a su pueblo”

Textos: 1Re 17, 17-24; Gal 1, 11-19; Lc 7, 11-17.

Cada que nos reunimos para la Eucaristía, especialmente los domingos, celebramos el triunfo de Jesús sobre la muerte, pues en un domingo como hoy, Cristo resucitó. Ya antes de su resurrección, a lo largo de su ministerio, Jesús había devuelto la vida a varias personas. En el Evangelio escuchamos cómo resucitó a un joven y cómo quienes fueron testigos lograron reconocer en esa acción la presencia salvadora de Dios: “Dios ha visitado a su pueblo” (Lc 7, 16).

Al llegar a Naím, Jesús y la multitud que lo seguía, se encontraron con que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de una viuda (v. 12). Se trataba de una situación de muerte, derrota y desesperanza, expresión máxima del desamparo. La mamá de aquel joven estaba desamparada debido a su viudez, pues no contaba ni con el apoyo de su familia ni con el de la familia de su difunto esposo. Había perdido la única esperanza que tenía para salir ade-lante: el hijo joven.

Era una situación semejante a las que vivimos en nuestra Diócesis, descritas en el 4º Plan Diocesano: “hoy más que ayer hay realmente empobrecidos y desechables. Estamos presen-ciando un desempleo, agravado por el regreso de muchos que trabajaban en EEUU y el despido de trabajadores por exigir salarios dignos; y el aumento de la desigualdad manifestada en salarios de hambre, robos, desnutrición, deterioro de la calidad de vida de nuestro pueblo” (No. 1).

Además, “los niños y las mujeres se están viendo obligados a trabajar fuera del hogar sobre todo en las agroempresas que están enclavadas en la Diócesis. […] Viene a agravar la pobreza el alza de la canasta básica como el maíz, la tortilla, las frutas, verduras y alimentos de origen animal. Los insumos para el campo son caros y el trabajo y los productos de los campesinos son mal pagados. También influye el aumento del costo de los servicios públicos” (Nos. 1-2).

Se trata de situaciones de muerte que nos exigen luchar como Jesús por devolver la vida. Él no pasó de largo ante aquel cortejo, sino que vio, se le removieron las entrañas, consoló a la mujer, tocó el cajón, resucitó al muerto y lo entregó a su madre. Hizo lo que luego nos explicará del buen samaritano, que vio al hombre tirado en el camino, se le removieron las entrañas, se acercó, limpió las heridas, lo vendó, lo cargó, lo llevó a un mesón, lo cuidó, dio de su dinero.

Con su acción resucitadora, Cristo fue reconocido no sólo como profeta, semejante a Elías que ruega a Dios para que le devuelva la vida al hijo de la casera en donde se hospedó, sino como la presencia salvadora de Dios en medio de su pueblo. “Dios ha visitado a su pueblo”, exclamaron las personas una vez que devolvió con vida al hijo de la viuda. Dios está presente en donde, a partir de las situaciones de muerte, se lucha a favor de la vida.

Nosotros, al participar de la Eucaristía en la que nos unimos a Jesús por la Comunión sacramental, nos comprometemos a no pasar de largo ante las situaciones de sufrimiento y de muerte con que nos encontramos, pues Él va con nosotros y nosotros lo llevamos dentro de nuestra persona. Como el Señor, también tenemos que detenernos, experimentar que las entrañas se nos remueven, consolar, tocar, devolver la vida y la esperanza.

El Plan Diocesano nos conduce en esta tarea, al proponernos actividades orientadas a favorecer la vida digna del pueblo; una es: “Promover organizaciones solidarias (economía solidaria, salud alternativa, huertos familiares, vivienda alternativa, cooperativas de producción y consumo, grupos de campesinos, etc.)” (No. 206). Unidos sacramentalmente a Jesús vayamos a promover alguna de estas acciones para que, por nuestro servicio, Dios siga visitando a su pueblo.

6 de junio de 2010

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