Homilía del 1º de enero de 2011: Santa María, Madre de Dios

“Guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón” (Lc 2, 19). Varias veces san Lucas nos dice esto de María, lo que indica la actitud de la Virgen ante el misterio. Son palabras que manifiestan que María era una verdadera creyente. Hoy que comenzamos el año 2011, con la Eucaristía le agradecemos a Dios el testimonio de la Virgen María y su servicio como Madre de Dios. También oramos por la paz, dado que es la jornada mundial de oración por la paz.

“Guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón”

 

Textos: Num 6, 22-27; Gal 4, 4-7; Lc 2, 16-21.

Los pobres buscan y encuentran al Hijo de Dios y de María

“Guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón” (Lc 2, 19). Varias veces san Lucas nos dice esto de María, lo que indica la actitud de la Virgen ante el misterio. Son palabras que manifiestan que María era una verdadera creyente. Hoy que comenzamos el año 2011, con la Eucaristía le agradecemos a Dios el testimonio de la Virgen María y su servicio como Madre de Dios. También oramos por la paz, dado que es la jornada mundial de oración por la paz.

María era una sabia. La persona sabia no sabe todo, pero está abierta a aprender, a descubrir el sentido de las cosas; se pregunta, medita, busca respuestas. Eso hacía precisamente la Virgen. Cuando llegaron los pastores y encontraron a María, a José y al niño, recostado en el pesebre […] contaron lo que se les había dicho del niño y cuantos los oían, quedaban maravillados (vv. 17-18). María no decía nada, solamente guardaba y meditaba todo en su corazón.

La Virgen estaba presente ante el misterio de Dios. No lo entendía, no comprendía qué debía hacer, no sabía cómo le iba a ir, pero lo meditaba. Esta actitud muestra que tenía bien puesta su fe y su confianza en Dios, que le había pedido el servicio de ser la Madre del Mesías. Ella estaba totalmente abandonada al Señor. Así se ubica en la vida una persona que de verdad es creyente. Si no fuera creyente, tomaría la actitud soberbia de quien todo sabe y todo puede.

María no se encandila con su ser Madre del Hijo de Dios, no presume este privilegio que Dios le concedió, no menosprecia a las demás personas. Simplemente medita lo que vive, intenta descubrir la voz de Dios en su vida, busca aclarar lo que le va sucediendo en torno al recién nacido, quiere responder adecuadamente al Señor. Cuánto tenemos que aprender de la Virgen en nuestra vida, sobre todo si nos sabemos, sentimos y confesamos creyentes en Dios.

En ella se cumple muy bien la bendición, no como un deseo sino como una realidad, que Dios pedía darse entre los israelitas. A María el Señor la bendijo y la protegió, hizo resplandecer su rostro sobre ella y le concedió la paz. Aunque todo esto ella lo tuvo que meditar, entender, aceptar y manifestar con su vida. Pero en la Virgen también a nosotros nos bendice y nos protege, hace resplandecer su rostro sobre nosotros y nos concede la paz, pues nos dio a su Hijo.

Al darnos a su Hijo, que la Carta a los Gálatas resalta que fue nacido de mujer (4, 4), Dios nos bendijo pues, en Él y por Él, todos somos hermanos, lo podemos llamar Padre y participar de la herencia de su Hijo: la vida eterna. Esto lo tenemos que guardar y meditar en nuestro corazón, como hacía la Virgen todos los días. Tenemos que aclarar lo que significa ser hermanos y hermanas, cómo tenemos que construir la hermandad entre nosotros y cómo llegar a la paz.

En medio de nuestro mundo tan violento, de la situación de pobreza generalizada, de fracturas a lo interno de la vida de nuestras familias, estamos llamados a dar testimonio de creyentes. María nos enseña el camino: guardar y meditar estas cosas, de manera personal y comunitaria. Hay que buscar el modo de poner las bases para vivir en paz. El camino es el de la justicia, la hermandad, el perdón, la solidaridad. Pero debemos profundizarlo día a día en nuestro corazón.

Que nuestra participación en la Eucaristía de este primer día del año nos reanime en nuestra condición de creyentes, que nos mantenga abiertos al misterio, que nos impulse a trabajar por la paz, al igual que la Virgen María que meditaba las cosas diarias en su corazón. Que este año que comienza nosotros lo hagamos un año de esperanza para todos, especialmente para los pobres. Que el Cuerpo y la Sangre del Hijo de María nos fortalezca para vivir como hermanos.

1º de enero de 2011

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