Homilía de Navidad 2010

“La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1, 14). Con estas palabras, san Juan resume el acontecimiento que celebramos este día: el nacimiento del Hijo de Dios entre nosotros. Dios decidió hacerse uno como nosotros con tal de salvarnos. Esta decisión, que contemplamos y agradecemos desde la fe, Dios la tomó por amor. No hay otra razón. A la luz de este misterio de la Encarnación podemos iluminar nuestra capacidad de hacernos uno con los demás.

La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros

Textos: Is 52, 7-10; Hb 1, 1-6; Jn 1, 1-18.

Dios nos habla por medio de su hijo

 

“La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1, 14). Con estas palabras, san Juan resume el acontecimiento que celebramos este día: el nacimiento del Hijo de Dios entre nosotros. Dios decidió hacerse uno como nosotros con tal de salvarnos. Esta decisión, que contemplamos y agradecemos desde la fe, Dios la tomó por amor. No hay otra razón. A la luz de este misterio de la Encarnación podemos iluminar nuestra capacidad de hacernos uno con los demás.

El Mesías nació como nace la mayoría de los niños y niñas en el mundo: en el anonimato. Él llegó al mundo en un establo porque, como dice san Lucas, no hubo lugar para ellos en la posada (2, 7). El Hijo de Dios nació en medio de la noche; así, en medio de la noche, también resucitó. El Hijo de Dios nació en la oscuridad y, desde ahí, se convirtió en luz para el mundo. La luz brilla en las tinieblas (Jn 1, 5), dice san Juan. Ahí, en la exclusión, hay que ir a encontrarlo.

Los pastores fueron los primeros en recibir la noticia de su nacimiento. Los pastores, considerados malvivientes por la sociedad de su tiempo, son quienes están atentos, también en la oscuridad de la noche, a la voz de Dios que llega por medio de los ángeles: “Les traigo una buena noticia, que causará gran alegría a todo el pueblo: hoy les ha nacido, en la ciudad de David, un Salvador, que es el Mesías, el Señor” (Lc 2, 10-11). El Mesías habitaba ya entre nosotros.

Pero, no basta con tener la noticia del nacimiento de la Palabra hecha carne, del Hijo de Dios hecho niño. Es necesario ir a su encuentro. Por eso los pastores, excluidos de la vida de su pueblo, al recibir la noticia del nacimiento, a diferencia del resto de judíos, van inmediatamente a buscarlo, identificarlo y reconocerlo. Por eso dice san Juan que vino a los suyos y los suyos no lo recibieron (v. 11), con lo que se quedaron en tinieblas. Jesús se hizo luz para los pastores.

Los pastores recibieron las señas para encontrar al recién nacido en nuestra carne: “encontrarán al niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre” (Lc 2, 12). El Hijo de Dios está totalmente identificado con los pobres: nació pobre, en una familia pobre y en una situación de pobreza. No hay más señales para encontrarlo: ni camino ni lugar ni dirección. Así, hecho hombre y habitando empobrecido entre nosotros, hay que encontrarlo como los pastores.

El encuentro con Jesús hermana. Él es de nuestra misma carne, lleva nuestra misma vida, experimenta las mismas situaciones: es uno como nosotros, es Dios-con-nosotros. Los pastores lo buscaron y lograron encontrarse con Él. Lo vieron como igual, se sintieron iguales al Mesías y esto los transformó: a todos los que lo recibieron les concedió llegar a ser hijos de Dios (Jn 1, 12). ¡Qué privilegio para José y María, para los pastores, para los que lo han recibido siempre!

El ser hijos de Dios por recibir a la Palabra hecha carne, nos compromete a realizar lo mismo en nuestra vida. Jesús quiso quedarse en los pobres, los enfermos, encarcelados, hambrientos, sedientos, extranjeros, encarcelados. Ahí tenemos que buscarlo, encontrarlo y recibirlo, porque ahí está encarnado hoy. También debemos hacernos uno con los demás, encarnarnos en sus situaciones de sufrimiento, experimentarnos iguales porque tenemos la misma carne.

Jesús no solo se hizo carne, como una persona más entre nosotros, sino que también se hace Pan. De esta manera lo podemos comer. Él se deja encontrar en la pobreza de un pedazo de pan. Al comulgar se mete en nuestra vida, se disuelve dentro de nosotros, se hace nuevamente parte de nuestra carne. Nos fortalece para que nos mantengamos buscándolo, encontrándolo y atendiéndolo en los pobres, ya que de esa manera sigue habitando entre nosotros.

25 de diciembre de 2010

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