Palabra de lector: Reflexión para tiempo de crisis

Por: Miguel Torres
Lector de El Puente

No sospechábamos que pasaría. Hoy, enero y febrero suenan lejanísimos. Hace tres meses pensamos que China, España e Italia seguían estando fuera de nuestro alcance. Que lo de allá, no pasaría aquí. Lo hubieran estado hace 500 años, cuando viajábamos en barcos de vela, no hoy. Pero la realidad nos alcanzó. Hoy estamos encerrados y con miedo buscando detener la propagación de la pandemia. A veces despertamos con la esperanza que todo haya sido un mal sueño. Pero no.

Por supuesto no queremos este bicho aquí. Queremos que se vaya, que desaparezca. Resulta que un virus como el que hoy nos quita el sueño ni siquiera es un ser vivo, sino un fragmento de ARN (Ácido Ribonucleico) o ADN (Ácido Desoxirribonucleico) que necesita células de organismos vivos para reproducirse. Y da el caso que nosotros somos esos seres vivos.

Trato de entender esto desde mi fe. Estoy convencido de que hay en ella una fuerza capaz no solo de ayudarnos a resistir estos tiempos de prueba, sino también de hacernos crecer como personas y como creyentes.

Desgraciadamente creo que varias de las expresiones de fe respecto a la pandemia desde mi punto de vista rayan en lo mágico. El virus no es un ente malvado que se irá porque saquemos una imagen de la Virgen por el pueblo en una troca adornada o se bendiga con el Santísimo desde un helicóptero. Este virus y su dispersión es parte de la vida y sus riesgos. Hemos vivido por siglos rodeados de gérmenes, algunos peligrosos, otros benéficos. Vivimos en un mundo finito y nosotros mismos somos seres limitados que envejecen, enferman o mueren. A veces por causa de virus o bacterias. Este planeta ha tenido extinciones casi masivas al menos cinco veces.

También creo que esta crisis ha desnudado nuestras debilidades. Nos da miedo estar a solas y sin correr. Tenemos dificultades para entrar en nuestro interior. Muchas de nuestras relaciones familiares son demasiado superficiales. De nada sirvieron las armas nucleares ni las fronteras nacionales ante el embate de virus. Incluso a nivel pastoral no sabemos muchas veces qué hacer como líderes sin el espacio físico de las iglesias.

Estoy convencido de que una sana relación con Dios puede proveernos de herramientas para enfrentar esta crisis. Necesitamos paz interior para que las situaciones exteriores no nos desborden. Necesitamos paciencia para lidiar con los defectos y debilidades propios y de aquellos que conviven con nosotros. Necesitamos un corazón compasivo para alcanzar a los hermanos en necesidad. Y nuestra vida espiritual puede darnos eso y mas.

Por eso también creo que en vez de pedir a Dios que extinga el virus como por arte de magia deberíamos pedir sabiduría para aprender las lecciones que esta situación nos trae como regalo: que debemos simplificar la vida, que la paciencia es una virtud importante, que necesitamos ser mas solidarios en este mundo tan desigual, que no es justo que alguien se muera de hambre encerrado mientras otro se toma selfies presumiendo el steak que va a comerse, que es preciso construir un mundo mas justo donde cada persona tenga derecho a vivir con dignidad, que es preciso entrar en nuestro interior para descubrir la bondad que nos habita, que unas relaciones familiares sanas son urgentes, que no necesitamos tanto para vivir en paz y felices y que una sana relación con Dios (una vida espiritual) no es solo necesaria sino urgente para alcanzar esta paz y esta felicidad.

Pero no, queremos que cambie lo de afuera, que el virus se vaya y que volvamos a ser los mismos.

Creo que es tiempo de reflexión, de interiorización, de creatividad. Espero haber puesto mis cinco centavos.

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