El regreso del Civismo

la escuela tiene que ser un espacio para la práctica de la democracia, con estructuras de organización más horizontales. De nada servirá hablar de democracia y tener prácticas didácticas autoritarias.

La Cuarta Transformación significa la vuelta de esta asignatura a la educación básica.

Todo mundo aplaudió. El titular de la Secretaria de Educación Pública Esteban Moctezuma declaró hace unas semanas que a partir de consultar a padres de familia la asignatura de Civismo, volverá a las aulas mexicanas. El funcionario calificó como “una de las demandas más sentidas”.

 

Vamos por partes. Pues la idea de la materia que vuelve, podría no ser garantía de una educación que forme ciudadanos. No es lo mismo.

 

Muchos de quienes hoy oficiamos de padres de familia recordamos las clases de civismo. Aquella materia de la primaria y secundaria en las que se nos enseñaba a saludar al lábaro patrio sin que el dedo pulgar colgara en el pecho y a recitar sin equivocarse: “bandera de México, legado de nuestros héroes”.

 

Se trataba de una asignatura en la que se transmitían conocimientos sobre la organización política de México y valores patrióticos. Es decir, se concebía a la civilidad sobre una base de acciones que regulaban la convivencia social y un discurso de amor a la patria. La materia, como tal, ciertamente desapareció con las reformas educativas neoliberales.

 

A esta ausencia muchos atribuyen modificaciones en la conducta de las nuevas generaciones, basta darse una vuelta a las redes sociales o escuchar pláticas en donde se afirma que “se han perdido valores” y que las escuelas mexicanas son las responsables de que eso ocurriera.

 

A lo largo de la historia las diferentes civilizaciones le han otorgado a la escuela el papel de preparar a las personas para integrarse a su sociedad. No se trata solo de aprender conocimientos, leer y escribir, disparar flechas o predecir el movimiento de los cuerpos celestes, la actividad escolar siempre se ha tratado de que las personas se conviertan en sujetos virtuosos a los ojos del grupo social. Y en las sociedades que practican la democracia en buenos ciudadanos.

 

Civismo nunca desapareció del todo. En realidad, fue sustituido por la asignatura Formación Cívica y Ética, que en el Plan de Estudios 2011 se estudiaba en los seis años de primaria y en dos de los tres de secundaria. Con ocho competencias generales resumidas: Cuidado de sí mismo; sentido de pertenencia a la nación; autorregulación; legalidad; valoración de la diversidad; aprecio por la democracia; manejo de conflictos y participación social.

 

En el Nuevo Modelo Educativo vigente desde el año anterior, Formación Cívica y Ética permaneció de cuarto de primaria a tercero de secundaria. Es apenas el 6% de la carga horaria mensual. El discurso de la formación de ciudadanos mexicanos con un enfoque humanista es el punto de vista medular de los Aprendizajes Clave, documento que regula los contenidos que los alumnos trabajan en cada clase.

 

Si la asignatura que busca la formación de ciudadanos éticos nunca desapareció ¿por qué se viven momentos de crisis social, de convivencia, auténticas tragedias humanas en las que no hay presencia de prácticas civilizadas, éticas? Quizá la respuesta no esté únicamente en la escuela, aunque mucho podemos aportar en el aula. Muchos de estos problemas existen desde antes.

 

Varios profesores con los que convivo dicen que no tiene caso enseñar valores pues los padres de familia no los refuerzan en casa. Es un absurdo. En el hogar tampoco les enseñan a identificar la sílaba tónica, ni el Teorema de Pitágoras y los docentes lo hacemos, porque los niños lo necesitan. Igual pasa con la formación para la ciudadanía, que no es lo mismo que Civismo.

 

Celebro que la nueva administración federal vea en la formación de ciudadanos una ruta de largo plazo para mejorar como sociedad, pero en la concepción del regreso de la materia habría que retomar algunos principios: la enseñanza deseable del civismo debe encaminarse a la formación de ciudadanos enfocados en la transformación del futuro y no en la adoración del pasado, en que esa transformación sólo puede llegar de la convivencia armónica y solidaria con el entorno. También que la escuela tiene que ser un espacio para la práctica de la democracia, con estructuras de organización más horizontales. De nada servirá hablar de democracia y tener prácticas didácticas autoritarias.

 

Valga recordar al académico Ron W. Wilhem: “De lo que se trata es de influir en la formación de generaciones conscientes de su poder”. No es para adorar un pasado ilustre, ni para rellenar el horario, tampoco para transferir responsabilidades a los padres o de las familias a los maestros.

La formación para la ciudadanía es la oportunidad que existe en las escuelas para que las nuevas generaciones se asuman como protagonistas en la construcción de un país más justo.

 

 

Publicación en Impreso

Edición:Número 183 – Abril 2019

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