Origen de nuestro Credo

En el primer Concilio de Constantinopla se completa nuestro Credo

En este artículo continuamos describiendo la experiencia conciliar de la Iglesia. Después del Concilio de Nicea, se realizó el Primer Concilio de Constantinopla, donde se completó nuestro Credo que también es conocido como símbolo “Niceno-Constantinopolitano”.

Este Concilio, que fue convocado por el emperador Teodosio e inaugurado en mayo del año 381, reunió sólo a 150 obispos de Oriente. El Papa Dámaso no asistió ni envió representantes. Al principio el patriarca Melecio de Antioquía coordinó la asamblea conciliar. También participaron san Gregorio Nacianceno y san Cirilo de Jerusalén, cuyas catequesis son una joya de la antigua literatura cristiana.

I. Antecedentes del Concilio

Pocos años después del Concilio de Nicea, los simpatizantes de Arrio derrotados en este Concilio, con Eusebio de Nicomedia a la cabeza, logró ejercer influjo sobre Constantino, al quien utilizó para una guerra sin cuartel contra san Atanasio, elevado ya a la sede episcopal de Alejandría; que el año 335 fue desterrado a Tréveris.

Sólo la muerte, impidió a Arrio volver a ser recibido en la comunión de la Iglesia (336). Un nuevo sínodo reunido en Sárdica, hoy Sofía, Bulgaria, el año 342, no logró restablecer la unidad eclesiástica sino que acabó en un nuevo cisma: los occidentales declararon injusta la deposición de Atanasio y renovaron el Concilio Niceno. Los orientales que tenían sus sesiones aparte, le condenaron; forjaron una nueva fórmula que evadía el término “Consustancial” y con dedicación elaboraron las expresiones: el Hijo es “semejante” al Padre, “en todo semejante” o “semejante al Padre en la sustancia”.

Los adversarios del Concilio de Nicea animaron al emperador Constancio, amigo de Arrio, a convocar un nuevo Concilio que tuvo sus sesiones en Rimini para los de Occidente y en Seleucia para los de Oriente (359), pero tampoco se llegó a la reconciliación.

Alrededor de 400 obispos se reunieron en Rimini y renovaron el Niceno y los de Seleucia quedaron divididos. El emperador Constancio amenazó con el destierro a todos los obispos que se negaron a suscribir la fórmula elaborada en Nike, Tracia: “el Padre y el Hijo son semejantes, conforme a la Sagrada Escritura”. El Papa Liberio y san Hilario de Poitiers se negaron a suscribirla. A raíz de esta fórmula, san Jerónimo escribió más tarde: “Gimió el orbe entero y se quedó sorprendido al contemplarse arriano”.

Posteriormente, con la muerte del emperador Constancio (361) se produjo un cambio. Juliano el Apóstata, su sucesor, esperaba que con el regreso de los obispos desterrados de ambos partidos se produjera una división más fuerte que produjera el hundimiento del cristianismo que tanto odiaba, pero sus cálculos no sucedieron. Tampoco el emperador Valente, de tendencia arriana, pudo impedir la desintegración y la ruina del arrianismo y del semiarrianismo, nombre con el que se designa a los simpatizantes de un arrianismo moderado.

La política pacífica del emperador Graciano (375-383), animado de sentimientos católicos, y del Papa Dámaso I (366-384) se fue extendiendo incluso en el Oriente del imperio romano, donde encontró un ambiente preparado por los tres grandes padres neo-nicenos o padres capadocios: Basilio, Gregorio de Nisa y Gregorio de Nacianzo. Ellos despejaron equívocos que no ayudaban a la correcta interpretación de la doctrina de Nicea con la expresión: Una esencia y tres hipóstasis (personas).

El emperador Teodosio I concibió el plan de poner término a la tensión todavía existente y sellar definitivamente la paz mediante un nuevo Concilio, que a la vez completaría el símbolo trinitario incorporándole la divinidad del Espíritu Santo. En efecto, los arrianos y semiarrianos, en relación a su punto de vista, habían considerado al Espíritu Santo una criatura del Hijo. Ya por los años 362/363 se les había opuesto Atanasio en dos Sínodos en Alejandría. Varios sínodos romanos habían condenado a los adversarios del Espíritu Santo que lo consideraban como criatura de Dios, subordinado al Padre y negaban su divinidad, identificados como pneumatómacos, entre los que estaba el obispo Macedonio de Constantinopla, por lo cual en ocasiones se les ha llamado macedonianos. En vano se trató de convencer de sus errores a los 36 macedonianos presentes en el Concilio de Constantinopla, que abandonaron el concilio y la ciudad.

II. Realización del Concilio

Después de la muerte de Melecio, parece que san Gregorio Nacianceno presidió algún tiempo el concilio y que en aras de la paz, renunció a la sede episcopal de Constantinopla y pronunció un célebre discurso de despedida. Desde entonces dirigió el Concilio su sucesor Nectario hasta su clausura en julio del mismo año. El Concilio no celebró sus sesiones en el palacio imperial, sino en la Iglesia de los Santos Apóstoles o en una basílica más pequeña.

El primero de los cuatro cánones auténticos renovó la profesión de fe de Nicea y condenó las diversas tendencias de arrianos, semiarrianos, pneumatómacos y a los sabelianos. En el canon tercero se reconoce al obispo de Constantinopla, en vista de la posición de esta ciudad como nueva residencia imperial, un rango preferente entre los patriarcas de Oriente, aunque después del obispo de Roma.

El Concilio es conocido y recibido eclesialmente gracias a su Credo que, como “Niceno-Constantinopolitano”, es patrimonio del cristianismo. El Concilio tiene como aporte propio la profesión de fe ampliada con la cláusula sobre el Espíritu Santo y su obra salvífica. Este Credo fue recibido en Calcedonia como obra del Concilio de 381. Una vez que el Concilio de Constantinopla obtuvo la aceptación como ecuménico, vino a ser esta profesión de fe la profesión ordinaria de la Iglesia Griega. Más tarde se aceptó en la Iglesia de Occidente y está en vigor en la liturgia eucarística dominical y es identificado en nuestros días como “El Credo” o símbolo “Niceno-Constantinopolitano”.

El Concilio Constantinopolitano Primero o también designado como el “Concilio de los 150 padres”, por su trascendencia en el caminar de la Iglesia, ha ayudado a valorar los concilios y la importancia de sus decisiones.

Publicación en Impreso

Número de Edición: 113
Autores: P. Alfredo Monreal
Sección de Impreso: Hagamos Memoria

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *