Mons. Romero, canonización laical

Así pasa con los mártires, en su tiempo son desconocidos, porque escandalizan por su palabra y con su vida; posteriormente son reconocidos y sus palabras y su vida  se convierten en motivos de inspiración para otros que quieren seguir sus pasos. Esto es lo que se sucedió a Mons. Oscar Arnulfo Romero, Arzobispo de San Salvador, martirizado por su compromiso con la verdad y con los pobres, el día 24 de Marzo de 1980. Celebramos el 31 aniversario de su martirio.

Las palabras que monseñor Romero pronunció el domingo 23 de marzo de 1980 en la catedral –«No matarás», «¡les suplico, les ordeno en nombre de Dios, que cese la represión, que no obedezcan si les ordenan matar!»-, el gobierno las calificó de «subversivas»: una provocación. Ese día, durante la comida, a la que había sido invitado por una familia, Monseñor «se quitó los anteojos, cosa que nunca hacía, y permaneció en silencio. Eugenia, la señora de la casa, que estaba a su lado en la mesa, se quedó sobresaltada por la mirada larga y profunda que le dirigió. Lágrimas brotaron de los ojos de Monseñor. Lupita, una hija de la familia, le reprendió: ‘¡qué eran esas cosas de estar llorando!’. Fue un almuerzo triste, desconcertante. De repente, Monseñor repasó, uno a uno, a todos sus buenos amigos, sacerdotes y laicos».

El lunes, 24 de marzo, Monseñor dijo su misa matutina. Después de desayunar se dio una vuelta por el arzobispado. Y, con un grupo de sacerdotes, partió hacia el mar. Llevaban, para reflexionar, un documento papal sobre el sacerdocio. Comieron, haciéndose bromas, a la sombra de los cocoteros. Regresaron antes de las tres de la tarde. Monseñor tenía una misa en el hospitalito a las seis. Se duchó, atendió a una visita y después fue a visitar a su médico para que le mirara los oídos. A las cuatro y treinta, se dirigió a Santa Tecla, a la casa de los jesuitas, para ver a su confesor: «Vengo, padre, porque quiero estar limpio delante de Dios». A las seis y veintiséis, monseñor Romero caía asesinado, en el altar, en el ofertorio de la misa.

El 1 de diciembre de 1979 (le quedaban menos de cuatro meses de vida), monseñor Romero fue homenajeado en su antigua diócesis, Santiago de María. En uno de los actos programados para ese día, sacerdotes y amigos suyos le tenían preparada una sorpresa. El acto consistió en una escenificación teatral: el martirio de santo Tomás Moro. Esta presentación era ya un presagio del martirio de Mons. Romero.

Treinta y un años después, «San Romero de América» no tiene sitio en el Santoral oficial. Pero su nombre figura inscrito en el Martirologio latinoamericano. D. Pedro Casaldáliga, obispo emérito de Araguaya, Brasil, le llama “San Romero de América”. En su primera visita al Salvador, el Papa Juan Pablo II estuvo en la tumba de Mons. Romero, con quien había estado platicando en el Vaticano en enero de 1980, dos meses antes de su martirio; pero no quiso reconocer el carácter de mártir de Mons. Romero, dijo: “eso habrá que probarlo”.

Por la tumba de Mons. Romero han pasado personajes importantes, este mes, el Presidente de los EEUU Barak Obama.

En diciembre de 2010, la ONU proclamó el 24 de marzo como Día Internacional del Derecho a la Verdad en relación con Violaciones Graves de los Derechos Humanos y de la Dignidad de las Víctimas.

“Reconociendo la importancia de promover la memoria de las víctimas de violaciones graves y sistemáticas de los derechos humanos y la importancia del derecho a la verdad y la justicia; Reconociendo además, al mismo tiempo, la importancia de rendir tributo a quienes han dedicado su vida a la lucha por promover y proteger los derechos humanos de todos, y a quienes la han perdido en ese empeño; Reconociendo en particular la importante y valiosa labor de Monseñor Óscar Arnulfo Romero, de El Salvador, quien se consagró activamente a la promoción y protección de los derechos humanos en su país, labor que fue reconocida internacionalmente a través de sus mensajes, en los que denunció violaciones de los derechos humanos de las poblaciones más vulnerables; Reconociendo los valores de Monseñor Romero y su dedicación al servicio de la humanidad, en el contexto de conflictos armados, como humanista consagrado a la defensa de los derechos humanos, la protección de vidas humanas y la promoción de la dignidad del ser humano, sus llamamientos constantes al diálogo y su oposición a toda forma de violencia para evitar el enfrentamiento armado, que en definitiva le costaron la vida el 24 de marzo de 1980.  Proclama el 24 de marzo Día Internacional del Derecho a la Verdad en relación con Violaciones Graves de los Derechos Humanos y de la Dignidad de las Víctimas”

En la proclama se invita a todos los Estados miembros, así como a las entidades de la sociedad civil, a observar de manera apropiada esta celebración del 24 de marzo. Y debería estar claro que lo “apropiado” no se relaciona sólo con actos conmemorativos, sino sobre todo con la puesta en práctica de opciones primordiales a las que se consagró monseñor Romero: opción por la verdad, la justicia y la cercanía con el pueblo sufriente. Opciones necesarias para transformar la deshumanización que domina buena parte de la convivencia —o sobrevivencia— humana.

Mons. Romero no ha sido canonizado por la Iglesia, pero sí por el pueblo latinoamericano.

José Comblin, un teólogo inquieto e incisivo

(22 de marzo 1923-27 de marzo 2011)4

El sacerdote y teólogo de la liberación José Comblín nació en Bruselas y murió en Simoes Filho, Brasil, a la edad de 88 años. Se doctoró en teología en la Universidad católica de Lovaina. Viajó a Brasil en 1958; vivió el exilio varios años en Brasil y en Chile, acusado de atacar a la Dictadura de Pinochet y al gobierno en Brasil. Fue íntimo amigo de Dom Helder Camara, profesor de teología en varias Universidades y autor de muchos libros de teología. Acompañó con mucho cariño y compromiso a las Comunidades Eclesiales de Base en América Latina. Por el año 1990 estuvo con nosotros en la Casa de Pueblo Nuevo para compartirnos su experiencia de vivir con los pobres; opción que vivió con fidelidad hasta el fin de su vida. Lamentamos profundamente su pérdida. América Latina pierde a una de sus mentes más lúcidas.

Publicación en Impreso

Número de Edición: 108
Autores: Luz y Fermento
Sección de Impreso: Pabro. José Sánchez

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