Homilía para el 19° domingo ordinario 2020

Confiar en Jesús
Al igual que los discípulos de Jesús que iban en la barca, nosotros continuamente tenemos problemas, nos encontramos en dificultades. Como sucedió con ellos, aunque nosotros no siempre lo reconocemos, Jesús siempre viene a nuestro encuentro para tranquilizarnos, tendernos la mano, sostenernos y salvarnos. Hoy domingo, como cada ocho días, viene como alimento en el pan y el vino.

Confiar en Jesús

Textos: 1 Re 19, 9. 11-13; Rm 9, 1-5; Mt 14, 22-33

Al igual que los discípulos de Jesús que iban en la barca, nosotros continuamente tenemos problemas, nos encontramos en dificultades. Como sucedió con ellos, aunque nosotros no siempre lo reconocemos, Jesús siempre viene a nuestro encuentro para tranquilizarnos, tendernos la mano, sostenernos y salvarnos. Hoy domingo, como cada ocho días, viene como alimento en el pan y el vino.

En la vida ordinaria hay problemas, en la vida de la comunidad hay dificultades; algunos llegan cuando menos los esperamos, como el Coronavirus y otras enfermedades, los accidentes, la muerte de alguien; otros se dan por la relación entre personas, ya sea en la familia, el barrio, el trabajo o la calle. Otros, nosotros mismos los provocamos e incluso los alimentamos, lo que nos tendría que preocupar. En las primeras comunidades, como ha sucedido y sigue pasando en la vida de la Iglesia, había problemas por realizar con fidelidad la misión: habladas, calumnias, persecuciones, etc.

En todas estas situaciones, Jesús viene al encuentro de sus discípulos. Con los que estaban siendo zarandeados en la barca por el viento y casi se hundían por el agua, Jesús llegó para devolverles la confianza. A ellos los había obligado a subir a la barca después de la multiplicación de los panes y los pescados, mientras que Él se había ido al monte a orar a solas con su Padre. Llegó caminando sobre el agua, lleno de Dios para continuar la misión y animar a sus discípulos a seguir con Él. Así viene a nuestro encuentro, está con nosotros, en medio de las dificultades y problemas, aunque no siempre lo sabemos reconocer. Ellos creyeron que era un fantasma y se asustaron; nosotros casi siempre dudamos de su presencia y su acción en nuestra vida y, sin embargo, siempre está a nuestro lado; incluso le reclamamos que dónde está, que por qué no nos oye si es tan bueno.

Jesús llegó con sus discípulos tranquilizándolos, diciéndoles que no tuvieran miedo. Es lo mismo que frecuentemente se nos dice o decimos a los demás cuando hay problemas, dificultades, angustias, o cuando no se encuentra la salida a los problemas: cálmate, serénate, encomiéndate a Dios, ponte en sus manos… Allí está Jesús hablando a sus discípulos, diciéndoles que se tranquilicen, que no teman, que es Él. Esta presencia suya la tenemos que reconocer y agradecer a Dios.

A Pedro le tocó vivir, en medio de aquella dificultad, una experiencia especial de Jesús. Al ir a encontrar a Jesús caminando sobre el agua, también sintió miedo y se comenzó a hundir. Cuando queremos hacer las cosas solos, a nuestro antojo, sin la compañía de la comunidad, nos pasa lo mismo: nos hundimos, nos enredamos, creamos más problemas. Esto es signo de falta de fe. Fue lo que le reprochó Jesús a Pedro; es lo mismo que nos reprocha a nosotros. Nos falta ser como Pedro y reconocer que necesitamos del Señor para seguir caminando en la vida en medio de todos los problemas que nos rodean y decirle que nos ayude, nos sostenga, nos salve. Está claro que, a pesar de esto, Jesús tiende la mano, sostiene, reanima y vuelve a llevar a la barca –que es la comunidad–.

No es que no debamos tener problemas en la vida; no es lo que Jesús nos quiere dar a entender. Es necesario tenerlos –aunque no provocarlos–, enfrentarlos junto con los demás, confiando en Jesús, reconociéndolo como el Hijo de Dios, pidiendo su ayuda y caminando junto con Él. Cuando se enfrentan las dificultades en esta dimensión, se madura y se sigue adelante en la vida humana y en la misión de Iglesia. Aunque nos dice que somos gentes de poca fe, nos sigue acompañando.

Hoy nos encontraremos con este mismo Jesús, que nuevamente viene a nuestro encuentro como cada domingo; lo haremos de manera sacramental en la Comunión. Dispongámonos a recibirlo.

9 de agosto de 2020

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