Homilía para la Solemnidad de la Madre de Dios 2013

Guardar y meditar

Textos: Num 6, 22-27; Gal 4, 4-7; Lc 2, 16-21.

Estamos celebrando la Eucaristía en el primer día del año. El Señor nos ha permitido, por su bondad, ser testigos del fin de un año y del comienzo del otro. En este día, a los ocho de haber celebrado uno de los misterios más grandes de la historia, el Nacimiento del Hijo de Dios como uno de nosotros, se nos ofrece la oportunidad de valorar a una mujer: la Virgen María. Ella colaboró con su persona y su cuerpo al comienzo de la plenitud de los tiempos, como dice Pablo.

Guardar y meditar

Textos: Num 6, 22-27; Gal 4, 4-7; Lc 2, 16-21.

Estamos celebrando la Eucaristía en el primer día del año. El Señor nos ha permitido, por su bondad, ser testigos del fin de un año y del comienzo del otro. En este día, a los ocho de haber celebrado uno de los misterios más grandes de la historia, el Nacimiento del Hijo de Dios como uno de nosotros, se nos ofrece la oportunidad de valorar a una mujer: la Virgen María. Ella colaboró con su persona y su cuerpo al comienzo de la plenitud de los tiempos, como dice Pablo.

María fue elegida y llamada por Dios para recibir en su vientre a su Hijo. ¿Qué servicio mayor puede haber en esta mujer que concebir y dar a luz al Salvador? A pesar de ser la elegida, a pesar de gestar al Mesías en su seno, el servicio que Dios le pidió y ella aceptó, no fue todo fácil ni comprensible para la Virgen. Todo lo contrario: se encontró con situaciones que ni se imaginaba. Tuvo que aprender a mirar, escuchar, callar, guardar y meditar el misterio de Dios.

San Lucas dice varias veces, hoy escuchamos una de ellas, que María guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón (2, 19). Guardar significa observar en silencio, tener en cuenta, grabar en la memoria, meter en el corazón; meditar equivale a preguntarse, rumiar, tratar de entender… ¿A qué cosas se refiere el evangelista? En el texto proclamado aparecen algunas: los mismos pastores, lo que ellos contaron del Niño, la reacción de los presentes.

Los pastores eran pobres y catalogados como maleantes, ladrones, impuros, mal hablados. Y sin embargo a ellos les habló Dios a través del Ángel, como le había sucedido a María. Ellos fueron los primeros que recibieron la noticia del nacimiento del Salvador en Belén. Ellos estaban abiertos a la voz de Dios. Seguramente a María se le vino a la memoria el momento en que se le anunció la misión que Dios le confiaba. Ella pobre, los pastores pobres, y elegidos por Dios.

Los pastores se convirtieron en evangelizadores. Fueron los primeros en hablar del Hijo de Dios, pues contaron lo que el Ángel les había dicho del Niño. Evangelizar es dar la Buena Noticia de Jesús. ¿Qué platicaron de Jesús? ¿Qué les dijo el Ángel? Que les llevaba una buena noticia, que esa noticia traería una alegría grande a todo el pueblo, que ese día había nacido un Salvador, ¡el Mesías, el Señor!, que lo encontrarían envuelto en pañales y recostado en un pesebre.

También relataron las alabanzas que la multitud de ángeles dirigió a Dios: “Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad” (v. 14). Todo eso platicaron los pastores de Jesús. ¿Cómo era posible que unos pobres supieran tanto del misterio de Dios? Y sin embargo así sucedió y así sigue ocurriendo en nuestros días: los pobres son capaces de abrirse al misterio de Dios, que se manifiesta en lo pequeño. El ejemplo lo tenemos en la Madre de Dios.

María escuchaba con atención el Evangelio anunciado por los pastores, veía la reacción de José y las demás personas ante la proclamación de la Buena Nueva. No entendía, como no comprendía meses antes lo que el Ángel Gabriel le comunicó de parte de Dios: que sería la Madre del Hijo del Altísimo. Todo esto la llevaba a meditar, a darle vueltas, a preguntarse qué significaba todo aquello, a tratar de descubrir qué le pedía Dios, a aclarar cómo tenía que actuar.

Aprendamos de María a ubicarnos en la vida como miembros de la Iglesia. Hay que estar atentos al misterio de Dios, que se revela en los pobres. Es necesario ser conscientes de que estamos llamados a concebir y dar a luz a Jesús, es decir, a ser sus discípulos y misioneros, porque lo recibimos en nuestra vida y lo anunciamos como Buena Noticia. Aunque no entendamos esto, guardemos y meditemos todos esos acontecimientos, como nos enseña la Virgen.

1º de enero de 2013

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