Homilía para la Navidad 2012

Habitó entre nosotros

Textos: Is 52, 7-10; Hb 1, 1-6; Jn 1, 1-18.

Estamos celebrando la Eucaristía con la alegría de la Navidad. Nuestras familias se han reunido, los vecinos han encontrado, las comunidades están congregadas. El motivo es la celebración del Nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios, que san Juan nos presenta como La Palabra. No es una palabra que se lleva el aire, sino La Palabra de Dios que permanece en quien la escucha. Es La Palabra hecha carne, La Palabra que habitó entre nosotros, La Palabra que nos ilumina.

Habitó entre nosotros

Textos: Is 52, 7-10; Hb 1, 1-6; Jn 1, 1-18.

Estamos celebrando la Eucaristía con la alegría de la Navidad. Nuestras familias se han reunido, los vecinos han encontrado, las comunidades están congregadas. El motivo es la celebración del Nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios, que san Juan nos presenta como La Palabra. No es una palabra que se lleva el aire, sino La Palabra de Dios que permanece en quien la escucha. Es La Palabra hecha carne, La Palabra que habitó entre nosotros, La Palabra que nos ilumina.

Dice el autor de la Carta a los Hebreos que Dios nos ha hablado por medio de su Hijo. A Dios no lo vemos ni lo escuchamos directamente. No está en nuestra condición actual verlo o escucharlo. Eso es para quienes han cruzado el umbral de la muerte. Pero sí podemos ver y escuchar a Dios en la persona de su Hijo. Por eso Jesús es La Palabra de Dios. Todo lo que Dios quiere decirnos nos lo dice en su Hijo. Para eso se hizo carne y habitó entre nosotros.

Sólo hecho carne, teniendo cuerpo, se le podía ver y escuchar. A Jesús sí lo pudieron ver y oír sus contemporáneos. Vivió entre ellos, pasó como uno de tantos, se igualó a todos. De hecho lo reconocían como el hijo del carpintero, como el galileo, como el hijo de María. Unos lo reconocieron como el Mesías, el Enviado de Dios, el Salvador; otros no, a pesar de que lo veían y escuchaban. A quienes lo vieron y escucharon, Dios les concedió llegar a ser sus hijos.

Nosotros no lo podemos ver ni escuchar directamente. Actúa a través de su Espíritu en la vida de la Iglesia. Sigue habitando entre nosotros de manera espiritual. Y lo tenemos que descubrir, lo tenemos que ver y oír, lo tenemos que recibir, si es que queremos ver y escuchar a Dios. Dios nos sigue hablando por medio de su Hijo. Pero Jesús resucitado actúa en la Iglesia, se hace presente de manera sacramental, tiene sus representantes. Y hay que descubrirlo.

Jesús nos habla en las Escrituras, de modo especial en los Evangelios. Dice san Jerónimo que “ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo”. De aquí la importancia de leer la Biblia con la convicción de estarnos encontrando con Jesús, La Palabra hecha texto. Ahí nos dice qué hacer, cómo vivir, qué camino seguir: insiste en el mandamiento del amor, en el perdón, la misericordia, el servicio, el abajamiento; nos pide ser servidores y esclavos de todos, dar la vida por los demás.

Jesús se nos presenta en los pobres, pues se hace carne en cada uno de ellos. Los pobres son por tanto presencia sacramental del Hijo de Dios. De aquí la importancia de encontrarnos con ellos, escucharlos en sus necesidades, atenderlos solidariamente, convertirnos en amigos suyos. Lo que les hagamos o dejemos de hacer, se lo hacemos o dejamos de hacer a Jesús mismo, que habita en cada enfermo, en cada interno de la penal, en cada migrante e indígena.

Jesús habita en medio de la comunidad que se reúne en su nombre. Donde dos o tres están reunidos en su nombre, se hace presente. De aquí la importancia de acercarnos a las personas que se reúnen como comunidad, de participar en los encuentros comunitarios, de convertirnos en miembros activos de la Iglesia en el barrio, colonia o rancho. En las reuniones y asambleas comunitarias Jesús nos da su Palabra, nos ilumina con ella, nos ayuda a llevarla a la práctica.

Jesús se hace presente en cada Eucaristía. Nos habla en el Evangelio, se deja ver en un pedazo de Pan y un poco de Vino. Ahí sigue habitando entre nosotros hecho Palabra que habla, Luz que ilumina, Carne que alimenta. Así lo podemos escuchar y ver, lo podemos saborear como alimento, lo podemos llevar en nuestra persona. Dispongámonos a recibirlo en la Comunión, de manera que siga naciendo y habitando entre nosotros. Seamos su presencia para los demás.

25 de diciembre de 2012

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