Homilía para la Misa de Navidad 2014 (25 de diciembre)

Escuchar la Palabra hecha carne

IMG_6286

Anoche contemplábamos el Misterio del Dios hecho carne y pobre. Es el motivo de la alegría que vivimos de modo especial en este día. Hoy celebramos y agradecemos a Dios que nos hable a través de su Hijo, como escuchamos en los textos bíblicos que se han proclamado. Jesús, el recién nacido, se nos presenta como la más grande Palabra de Dios para la humanidad. En Él, en su presencia empobrecida, en sus enseñanzas y obras, Dios nos comunica su proyecto.

Escuchar la Palabra hecha carne

Textos: Is 52, 7-10; Hb 1, 1-6; Jn 1, 1-18.

IMG_6286

Anoche contemplábamos el Misterio del Dios hecho carne y pobre. Es el motivo de la alegría que vivimos de modo especial en este día. Hoy celebramos y agradecemos a Dios que nos hable a través de su Hijo, como escuchamos en los textos bíblicos que se han proclamado. Jesús, el recién nacido, se nos presenta como la más grande Palabra de Dios para la humanidad. En Él, en su presencia empobrecida, en sus enseñanzas y obras, Dios nos comunica su proyecto.

El trozo del Evangelio de san Juan es un elogio a esta Palabra de Dios, es decir, a su Hijo Jesús. Él es quien realizó todos los anuncios del Antiguo Testamento, como el de Isaías que se proclamó en la primera lectura. Jesús es el mensajero que trajo buenas nuevas por los montes, los caminos, el lago, las periferias del Imperio Romano. Jesús es quien pregona la salvación de Dios. Él es quien, con su muerte en la cruz, rescató no sólo a Israel sino a toda la humanidad.

Por eso Jesús es proclamado como la Palabra que da vida, Palabra que es la luz de los humanos. Dios quiere que esta Palabra suya sea escuchada, aceptada, asimilada y proclamada. El evangelista hace una reflexión en relación a lo que sucedió con la persona y mensaje de Jesús. Dice que vino a los suyos –es decir, a los judíos– y no lo recibieron, que estaba en el mundo y el mundo no lo reconoció. En ese ambiente no fue aceptado como vida ni se convirtió en luz.

Dios espera que su Palabra sea escuchada por toda la humanidad. Quien habla a otra u otras personas, espera que le escuchen; no se diga cuando Dios es quien habla. Dios no ha sido siempre escuchado. Su Palabra no ha llegado a todos los humanos. A unos no les ha llegado porque no ha habido quiénes se lo anuncien; a otros porque, incluso habiendo recibido el Bautismo, no han sido evangelizados; a otros, porque simplemente no les ha interesado.

Nuestra responsabilidad como miembros de la Iglesia es acercarnos a la Palabra de Dios, escucharla, ponerla en práctica y comunicarla a los demás. No hay que confiarnos en que estamos bautizados y que tenemos todos los sacramentos, o que asistimos a la Misa dominical, o que participamos en algún servicio de evangelización en la comunidad. La escucha de la Palabra es mucho más que eso: tiene que ser luz en nuestra vida y reflejarse en nuestro modo de vivir.

En nuestros días, gran parte de los bautizados no escucha la Palabra de Dios. Se escucha más la palabra del mercado, de la violencia, de los medios masivos de comunicación; y aquí podemos decir que sí se escucha, porque se le hace más caso, se interioriza, se lleva a la práctica y se proclama. Éstos nos invitan y convencen de comprar, estar a la moda, tener todo aunque no lo necesitemos; de desquitarnos, de mantenernos en la venganza, el rencor, el odio…

Hoy podemos preguntarnos en relación a nuestra apertura a la Palabra de Dios, es decir, a Jesús. ¿Qué tanto leemos y meditamos el Evangelio, personal o comunitariamente? Eso que leemos y meditamos, ¿nos convence, lo llevamos a la práctica y lo damos a conocer a los demás? ¿O somos de los nos quedamos en tinieblas respecto a la Palabra, de los suyos que no la ha recibido o de la parte del mundo que no la ha conocido, a pesar de estar bautizados?

Con esta Eucaristía agradecemos a Dios el don de su Hijo, Palabra encarnada que ilumina y vivifica. Le pedimos que seamos de los que la reciben, la escuchan, la aceptan, la llevan a la práctica y la transmiten a los demás. Nos renovamos en nuestra relación con Dios, que nos alimenta con el Cuerpo y la Sangre de Jesús, para ser como Él mensajeros que llevan la Buena Nueva por los barrios y ranchos, y para dar luz y esperanza ante la violencia en que vivimos.

25 de diciembre de 2014

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *