El Puente

Diócesis de Ciudad Guzmán, Jalisco, México

Homilía para la fiesta del Bautismo del Señor 2019

Bautismo y misión

Textos: Is 40, 1-5. 9-11; Ti 2, 11-14; 3; 4-7; Lc 3, 15-16. 21-22

Con la fiesta de hoy, la del Bautismo del Señor, se cierra el tiempo de Navidad. En estos días hemos estado celebrando el nacimiento del Hijo de Dios y su manifestación al mundo en un Niño pequeño, dos acontecimientos que nos revelan el misterio de Dios que quiere salvarnos. Desde la periferia y la fragilidad nos ofrece su vida para enriquecernos. Hoy nos fortalece con el Cuerpo y la Sangre de su Hijo, para que, como Él, nos mantengamos en la misión animados por su Espíritu.

Jesús cumplió las promesas de Dios de enviar a un Mesías. La gente lo estaba esperando y, por su predicación y estilo de vida, muchos pensaban que Juan el Bautista era el Mesías. Pero él les aclaró varias veces que no lo era, sino que vino solamente a prepararle el camino. En el texto del Evangelio escuchamos una de estas aclaraciones. Dijo que ya venía otro más poderoso que él, quien los bautizaría no con agua sino con el Espíritu Santo y su fuego. Juan bautizaba con agua, como signo de arrepentimiento y cambio de vida de parte de quienes recibían el bautismo, como muestra de que estaban en la disposición de recibir al Mesías.

San Lucas nos dice que Jesús se metió entre la gente que estaba siendo bautizada. No tenía necesidad de hacerlo, porque Él era el Mesías esperado y anunciado. No tenía necesidad, porque no tenía pecados ni de qué arrepentirse y cambiar de vida. Pero se solidarizó con el pueblo necesitado de conversión. De todos modos, sí se estaba preparando para comenzar su misión. El bautismo de Juan y la oración, como poco después la experiencia del desierto, le sirvieron de preparación.

Una vez que fue bautizado, el cielo se abrió y descendió sobre Él el Espíritu Santo, así como había descendido y fecundado a su Madre, la Virgen María. El cielo abierto y la voz que salió de allá, nos hablan de que esto era un asunto de Dios, porque se estaba realizando su proyecto de salvación. Y Jesús era quien lo iba a llevar a plenitud con sus palabras, sus hechos y, sobre todo, con su muerte y resurrección. Por eso, Dios le dijo que Él era su Hijo y que en Él se complacía, es decir, que en Jesús estaba haciendo realidad sus promesas de enviar al Mesías y de salvar a la humanidad.

Jesús recibió el Espíritu Santo para realizar con fidelidad su misión salvadora. Aquello que asumió en la sinagoga de Nazaret, al hacer propio un texto de Isaías, como escucharemos dentro de quince días: que el Espíritu lo ungió para anunciar la buena nueva a los pobres, para liberar a los cautivos y oprimidos, curar a los ciegos, y proclamar el año de gracia del Señor. En el caso de Jesús, el Espíritu y la misión iban unidos. Toda su vida, desde que fue bautizado y hasta la cruz, se dejó conducir por el Espíritu del Señor.

Nosotros recibimos ese mismo Espíritu el día de nuestro Bautismo. Ahí quedamos bautizados con el Espíritu Santo y su fuego. Hoy es un día especial para agradecer a Dios el don de su Espíritu, que se renovó de modo especial en la Confirmación; pero también es un día oportuno para repensar nuestra vida, para preguntarnos si nos estamos dejando conducir en nuestra vida por el Él y si estamos realizando como Jesús la misión para la que fuimos ungidos por su Espíritu. Nuestra misión es exactamente la misma de Jesús: anunciar el Evangelio a los pobres, curar, confortar, liberar, dar vida nueva, perdonar. ¿Estamos viviendo con fidelidad esta misión?

La Comunión sacramental nos alimenta y fortalece para mantenernos en la misión. Dejémonos conducir por el Espíritu Santo para realizarla en la vida de la comunidad y la sociedad.

13 de enero de 2019

Esta entrada fue publicada el 12 de enero de 2019 a las 8:36 pm en la categoría El Puente, Página Diocesana. Puedes seguir los comentarios a través del feed RSS 2.0

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *