Homilía para el segundo domingo de Cuaresma 2020

Acompañar a Jesús en la transfiguración
La Cuaresma es tiempo de conversión, de cambio de vida, personal, comunitaria, social y ecológica. Es tiempo de darle otra figura a nuestra vida. Por eso, en este segundo domingo de Cuaresma, junto con Pedro, Santiago y Juan, acompañamos a Jesús en su experiencia de transfiguración y en su camino hacia la cruz. El signo de que aceptamos continuar con Él en la misión es la recepción de su Cuerpo y Sangre, en el momento principal de esta celebración: la Comunión.

Acompañar a Jesús en la transfiguración

Textos: Gn 12, 1-4; 2 Tim 1, 8-10; Mt 17, 1-9

La Cuaresma es tiempo de conversión, de cambio de vida, personal, comunitaria, social y ecológica. Es tiempo de darle otra figura a nuestra vida. Por eso, en este segundo domingo de Cuaresma, junto con Pedro, Santiago y Juan, acompañamos a Jesús en su experiencia de transfiguración y en su camino hacia la cruz. El signo de que aceptamos continuar con Él en la misión es la recepción de su Cuerpo y Sangre, en el momento principal de esta celebración: la Comunión.

Dice san Mateo que Jesús se transfiguró en presencia de sus discípulos. Era un anticipo, al menos en la visión, de su Resurrección, el acontecimiento que nos convoca cada ocho días y que le da sentido y plenitud a nuestra experiencia de seguimiento a Jesús.

A Pedro y a los demás –pero él fue el vocero– se les hizo bonito ese momento, al grado que ya no quería seguir en la misión junto con Jesús. Quería quedarse allí, contemplándolo transfigurado, platicando con Moisés y Elías. Cuando san Lucas narra este mismo acontecimiento, aclara que estaban platicando sobre la muerte que le esperaba en Jerusalén. A muchos bautizados nos pasa lo mismo, sobre todo en experiencias que son agradables y tocan el sentimiento, como los retiros espirituales, la oración, la adoración al Santísimo, el rezo de las novenas… Son bonitas y nos queremos quedar allí, sin asumir el compromiso bautismal de salir a la misión. No digo que esos momentos de oración y reflexión sean malos, sino que generalmente no nos impulsan a la misión.

Desde la nube, Dios les habló a los discípulos y les pidió que escucharan a Jesús. A Jesús no sólo hay que contemplarlo, transfigurado o no, sino que hay que escucharlo y hacer caso a sus palabras. Eso es lo que nos pide su Padre y es lo que los bautizados generalmente no queremos. Sí queremos y nos gusta estar con Jesús –y ciertamente tenemos derecho a encontrarnos con Él en la oración, la reflexión, la escucha de su Palabra, la recepción de los sacramentos–, pero nos cuesta trabajo seguirlo en la misión y acompañarlo en el servicio y la entrega de la vida hasta la cruz.

Esto fue lo primero que les mandó a Pedro, Santiago y Juan: que no dijeran a nadie de esta experiencia de la transfiguración hasta que resucitara de entre los muertos, es decir, que guardaran el secreto y lo siguieran hasta pasar por la experiencia de la cruz. Ahí está lo difícil de asumir.

En el camino cuaresmal hacia la Pascua, Jesús espera que actualicemos, como cuerpo suyo, la transfiguración. O sea, que le demos un rostro nuevo a nuestro mundo. Que pasemos de la minusvaloración, desprecio y abuso en contra de las mujeres, a la valoración, cuidado y respeto; de las tranzas e injusticias, a la justicia; de la indiferencia ante las situaciones de sufrimiento, marginación, enfermedad, migración, a la solidaridad y la compasión; del maltrato y la contaminación de la naturaleza, al cuidado del agua, la tierra y el aire; de la fabricación, venta y consumo de droga, a una vida sana; de la violencia intrafamiliar, a la armonía; de una Iglesia encerrada y esperando que la gente venga, a una Iglesia en salida, a la búsqueda de los alejados; de una comunidad apática, a una comunidad organizada y participativa; de cristianos de sacramentos, a cristianos misioneros.

Esto supone escuchar a Jesús, como nos pide su Padre Dios, y seguirlo en su camino hacia la Resurrección, que pasa necesariamente por la entrega de la vida en la cruz. No caigamos en la tentación de Pedro, de quedarnos con los momentos bonitos de oración, reflexión y celebración, necesarios para nuestra vida como bautizados. Pidamos a Dios que la contemplación de su Hijo y la recepción de su Cuerpo y Sangre de este domingo nos impulsen a salir comprometidos a la misión.

8 de marzo de 2020

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