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Homilía para el Jueves Santo 2018

Rebajarnos

Textos: Ex 12, 1-8. 11-14; 1 Cor 11, 23-26; Jn 13, 1-15

Lavatorio

Con la Eucaristía de esta tarde entramos de lleno en los misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús. Comenzamos el Triduo Pascual con la celebración de la Institución de la Eucaristía, dentro de la cual se revive el lavatorio de los pies que Jesús hizo a sus discípulos. Toda la celebración nos habla de entrega: Jesús se muestra servidor, se da en el Pan y el Vino, habla de su entrega para nuestra salvación. Y nos pide hacer lo mismo que Él.

Jesús estaba comiendo la cena de Pascua junto con sus discípulos, la cena con que los israelitas agradecían a Dios año con año la liberación de la esclavitud en Egipto. El modo de realizar esta cena lo describe el texto del Éxodo que escuchamos. Con Jesús, esta cena tomó un nuevo sentido, porque ya no se sacrificaría un cordero sino el mismo Jesús que se ofreció en sacrificio. Así se lo dijo a sus amigos, al partir el pan y al pasarles el cáliz: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes”, “Este cáliz es la nueva alianza que se sella con mi sangre”. Hoy agradecemos a Dios esta entrega de Jesús como alimento y como camino para sus discípulos, pues nos pide que hagamos lo mismo, es decir, que nos ofrezcamos y demos nuestra vida por los demás.

Mientras estaban en la cena de Pascua, Jesús realizó con sus discípulos otro signo de entrega: se puso a lavarles los pies. A ellos les causó conflicto aceptar que su Señor y Maestro se “rebajara” a lavarles sus pies, pues era algo que ordinariamente hacían los esclavos o las mujeres. De ahí la resistencia de Pedro. Jesús integró este signo en la celebración de la Pascua y le dio otro sentido: no se puede celebrar la Pascua sin vivir el servicio, sin “rebajarse” a servir a los demás, sin vivir la caridad. En esto también pidió que sus discípulos hagamos lo mismo, es decir, que nos lavemos los pies unos a otros como expresión del discipulado.

Nosotros tenemos el riesgo de quedarnos solamente con los signos rituales y con las celebraciones y desligarlas de la vida ordinaria. Jesús nos enseñó que lo que se celebra es para llevarlo a la práctica. Los encuentros de comunidad, y más el de la Eucaristía, impulsan a la entrega, a darnos a los demás, a ofrecer la propia vida por el bien de la comunidad. Por eso Jesús nos dijo que hiciéramos lo mismo que Él en memoria suya. Comer el Pan y beber el Cáliz nos compromete a entregar la vida, a ser para los demás, a convertirnos en ofrenda. De otro modo, la celebración de la Misa queda incompleta, hueca, vacía. Se comulga pero no se hace memoria de Jesús.

La celebración de la Eucaristía tiene que ir acompañada del servicio, vivido personalmente y como comunidad. La Misa no está desligada del servicio. Al contrario, si no se vive el servicio no se puede celebrar la Eucaristía. Sería una celebración vacía. Si se participa en la Misa se renueva el compromiso de servir a los demás, de lavarles los pies, de hacernos esclavos de todos. Jesús nos dio ejemplo para que nosotros hagamos lo mismo que Él. La Eucaristía se proyecta en el servicio. Si no lo hacemos, podemos estar en la celebración Eucarística, incluso domingo a domingo, pero en realidad no seremos discípulos de Jesús.

La celebración de esta tarde nos compromete a todos, sacerdotes, religiosas y laicos, a seguirnos formando como parroquia para ser una comunidad de servidores, una comunidad ministerial, una comunidad que hace memoria del Señor. Dispongámonos a renovar el compromiso de ser comunidad de discípulos de Jesús que saben “rebajarse” para servir a los demás, especialmente a los pobres, tanto con el rito del lavatorio de los pies como con la recepción de la Eucaristía.

29 de marzo de 2018

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