Homilía para el Domingo Mundial de las Misiones 2019

Orar insistentemente, como la viuda
Hoy celebramos el Domingo Mundial de las Misiones. Es un día dedicado a renovar la conciencia de que somos pueblo de Dios misionero y el compromiso personal y comunitario de realizar la misión que recibimos el día en que fuimos bautizados, a orar intensamente por las misiones y los misioneros, y a dar nuestra aportación económica para las experiencias lejanas de misión. Con la Palabra de Dios y la Comunión sacramental nos alimentamos para seguir comprometidos en el anuncio del Evangelio y en la construcción del Reino de Dios en nuestra comunidad.

Orar insistentemente, como la viuda

Textos: Ex 17, 8-13; Rm 10, 9-18; Lc 18, 1-8

Hoy celebramos el Domingo Mundial de las Misiones. Es un día dedicado a renovar la conciencia de que somos pueblo de Dios misionero y el compromiso personal y comunitario de realizar la misión que recibimos el día en que fuimos bautizados, a orar intensamente por las misiones y los misioneros, y a dar nuestra aportación económica para las experiencias lejanas de misión. Con la Palabra de Dios y la Comunión sacramental nos alimentamos para seguir comprometidos en el anuncio del Evangelio y en la construcción del Reino de Dios en nuestra comunidad.

Sabemos que Dios está siempre atento a las súplicas de su pueblo, especialmente en las situaciones de sufrimiento. Él escucha y atiende, aunque parezca que no o sintamos que se hace sordo a las oraciones. Y lo que nos encontramos en los textos de hoy es que la oración, nuestra oración, tiene que ser constante, insistente, confiada, nunca exigente.

En la primera lectura se nos narra la batalla del pueblo de Israel en contra de los amalecitas. El autor del Éxodo resalta que Moisés se mantuvo en oración a Dios con las manos en alto. Si mantenía las manos levantadas, Israel dominaba; si las bajaba, era dominado. Hizo el esfuerzo y con la ayuda de Aarón y Jur, pudo mantenerse orando con las manos en alto hasta que los israelitas vencieron. Lo que hay que aprender de Moisés es la constancia en la oración y la confianza en Dios.

Jesús remarcó esta dimensión con la parábola de la viuda y el juez. Ella le insistió tanto al juez que le hiciera justicia contra su adversario, que el juez le hizo caso, no tanto para defenderla de una injusticia, sino para que no lo siguiera molestando. El juez era una “ficha” –como él mismo lo reconocía sin que le diera vergüenza– y fue capaz de escuchar la súplica insistente de la viuda. Era la única posibilidad que le quedaba a aquella señora ante la injusticia que le estaba cometiendo un varón. “Una mujer sola, ¿qué puede hacer?”, me comentaba ayer una señora, platicando precisamente de las dificultades de una mujer que quedó viuda con sus hijos pequeños. Sin embargo, la viuda pudo hacer mucho con su súplica tenaz: recibir la justicia que en derecho le correspondía.

Jesús hizo la reflexión sobre lo que logró la viuda de parte de aquel juez injusto y abusivo e hizo la relación con Dios, que es misericordioso, justo y se pone de parte del débil. Dios no hace esperar a sus elegidos, que con insistencia le suplican que les haga justicia. Dios escucha, atiende, ayuda, hace justicia, de manera inmediata. De esto hay que estar seguros y orar a Él con toda confianza.

Nuestra oración no tiene que ser sólo por las situaciones y necesidades personales o familiares, sino por todas las del mundo. En estas semanas se nos ha pedido orar por el Sínodo sobre la Amazonia, que se está realizando en Roma para tratar sobre el cuidado del Planeta y asumir nuestras responsabilidades como Iglesia en la custodia de la Creación. Este domingo se nos invita a hacer nuestra oración por las misiones, para que sea una realidad lo que dice san Pablo: que haya enviados a anunciar el Evangelio hasta los últimos rincones de la tierra, que el anuncio del Evangelio sea escuchado y aceptado, que la predicación del Reino haga despertar y crecer la fe en quienes la escuchen, que todos los pueblos crean en Dios y lo invoquen. Pero, tengamos en cuenta que esta oración es también por nosotros y no sólo por las personas que ya están en la experiencia de la misión, puesto que en el Bautismo fuimos llamados, consagrados y enviados como misioneros.

Pidamos a Dios con la insistencia de la viuda, que quienes recibimos el Bautismo y nos alimentamos de la Eucaristía, seamos misioneros comprometidos en nuestra comunidad y en la sociedad.

20 de octubre de 2019

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