Homilía para el domingo del Bautismo del Señor 2015

Ser hijos de Dios

BautSr B 15

Este domingo celebramos la fiesta del Bautismo del Señor. En el texto del Evangelio escuchamos el relato que nos ofrece san Marcos de ese acontecimiento. Es el testimonio no sólo de que Jesús fue bautizado por Juan en el Río Jordán sino de que el Espíritu Santo descendió sobre Él y de que el Padre lo reconoció como su Hijo amado. Reflexionar en la condición de Jesús como Hijo de Dios y de nuestro ser hijos e hijas de Dios nos preparará a recibirlo en la Comunión.

Ser hijos de Dios

Textos: Is 42, 1-4. 6-7; Hch 10, 34-38; Mc 1, 7-11.

BautSr B 15

Este domingo celebramos la fiesta del Bautismo del Señor. En el texto del Evangelio escuchamos el relato que nos ofrece san Marcos de ese acontecimiento. Es el testimonio no sólo de que Jesús fue bautizado por Juan en el Río Jordán sino de que el Espíritu Santo descendió sobre Él y de que el Padre lo reconoció como su Hijo amado. Reflexionar en la condición de Jesús como Hijo de Dios y de nuestro ser hijos e hijas de Dios nos preparará a recibirlo en la Comunión.

Jesús escuchó de su Padre que era su Hijo amado. Esto fue importante para el Señor porque le ayudó a fortalecer su dependencia del Padre, su deber de obedecerlo, su compromiso de conducirse en la vida como Hijo de Dios. Para sostenerse en esta condición hasta el final, es decir, hasta la cruz, el Espíritu Santo descendió sobre Jesús y lo llenó de su fuerza, de su dinámica, de su sabiduría. Hoy le agradecemos a Dios que nos haya regalado a su Hijo.

Para Jesús no fue fácil ser Hijo de Dios, como no lo es para nosotros. Su Padre tenía que complacerse en Él, o sea, tenía que estar satisfecho, contento, realizado, con lo que Jesús decía y hacía. Confió totalmente en su Hijo. Y Jesús no lo decepcionó. El signo más claro de la complacencia del Padre por lo que hizo su Hijo fue la Resurrección, la cual sucedió un día como hoy. Además, la complacencia significa que Dios nos comunicó en Jesús su proyecto de salvación.

¿Qué hizo Jesús para que su Padre quedara complacido? Lo que dicen las dos primeras lecturas que se proclamaron: sirvió e hizo el bien. El texto de Isaías habla del siervo de Dios. Es el primero de los cánticos del Siervo sufriente. Lo que dice de éste, Jesús lo realizó a plenitud: hizo brillar la justicia, promovió con firmeza la justicia, estableció el derecho sobre la tierra, transmitió sus enseñanzas, abrió los ojos de los ciegos y los sacó de las tinieblas, liberó a los cautivos.

Aunque esto le costó la cruz. Sirvió durante toda su vida y terminó crucificado. Es más, su muerte en la cruz fue el mayor servicio, porque por medio de ella nos liberó de nuestros pecados. Vivió la experiencia de la crucifixión sin gritar, sin clamar, sin titubear y sin doblegarse; aquello que dice Isaías del Siervo de Dios. Y continúa sirviendo. Se nos sigue dando en la Comunión sacramental; su entrega es en silencio, sin gritar, sin clamar. Hoy lo podemos recibir.

En la catequesis que hizo en la casa de Cornelio, como escuchamos en la segunda lectura, Pedro dio testimonio de que Jesús pasó haciendo el bien. A esto dedicó su ministerio. Si hacemos memoria, nos recordaremos de lo que hizo a favor de los demás: curó enfermos, resucitó muertos, consoló viudas, dio de comer a las multitudes, perdonó pecados, liberó a los endemoniados. A todos les hizo el bien, los liberó, los rehízo, los reintegró a su familia y comunidad.

Por el Bautismo somos hijos e hijas de Dios. Esto significa que nuestra vida tiene que ser lo más parecido posible a la de Jesús. Al ser bautizados recibimos al Espíritu Santo y también Dios nos reconoció como hijos amados en quienes se quiere complacer. Tenemos, por tanto, el compromiso de vivir el servicio y pasar haciendo el bien hasta la cruz. ¿Cómo anda nuestra vida? ¿Vivimos el servicio libre y gustosamente? ¿Hacemos el bien o procuramos el mal a los demás?

Con esta Eucaristía dominical agradecemos a Dios el regalo y el testimonio de su Hijo, que sirvió y se dedicó a hacer el bien; le damos gracias porque no sólo nos llamó a la condición de hijos suyos, sino porque también nos comunicó su Espíritu que nos fortalece para vivir como Jesús. Le pedimos que seamos hijos e hijas en quienes Él se complace, porque servimos y nos entregamos para el bien de los demás. Dispongámonos a recibir sacramentalmente a Jesús.

11 de enero de 2015

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