Homilía para el domingo de Ramos 2015

Acompañar a Jesús

Nos hemos reunido para vivir nuestro encuentro dominical con el Resucitado. Hoy nos encontramos con Jesús en su entrada a Jerusalén y en su Pasión, muerte y sepultura. Él fue recibido y aclamado por mucha gente como Mesías y Rey, como acabamos de escuchar en el texto del Evangelio. Jesús entró en la ciudad montado en un burro. No perdió la humildad, a pesar de que la gente lo recibió como rey y lo bendijo como el enviado por el Señor.

Acompañar a Jesús

Textos: Mc 1, 1-11 (Procesión); Is 50, 4-7; Flp 2, 6-11; Mc 14, 1-15, 47.

Domingo de Ramos B 15

PROCESIÓN: Nos hemos reunido para vivir nuestro encuentro dominical con el Resucitado. Hoy nos encontramos con Jesús en su entrada a Jerusalén y en su Pasión, muerte y sepultura. Él fue recibido y aclamado por mucha gente como Mesías y Rey, como acabamos de escuchar en el texto del Evangelio. Jesús entró en la ciudad montado en un burro. No perdió la humildad, a pesar de que la gente lo recibió como rey y lo bendijo como el enviado por el Señor.

Los mantos se les tendían a los reyes a su paso. Los “benditos” y hosannas que se escucharon eran para el Mesías. Esto no llenó de soberbia a Jesús, quien ya venía montado en un burro como rey humilde. Él había servido toda su vida, pues era un rey servidor. Ahora entraba a Jerusalén para entregar totalmente la vida en la cruz, como había anunciado a sus discípulos. Iba a dar el mayor testimonio de humildad en la humillación de la cruz y la entrega de su vida.

A nosotros que fuimos consagrados reyes en el Bautismo, el testimonio de Jesús nos cuestiona. En general no nos gusta servir, somos orgullosos, nos molesta que nos pidan un favor, nos cuesta trabajo vivir para los demás; más bien buscamos la comodidad y queremos que nos sirvan. Hoy que nos encontraremos con Jesús, primero en la narración de la Pasión y luego en la Comunión, renovemos nuestro compromiso de vivir como reyes sirviendo a los demás.

PASIÓN: Ahora, después de haber acompañado a Jesús en su entrada triunfal a Jerusalén, lo estamos acompañando en su Pasión, muerte y sepultura, y celebramos su Resurrección. Una experiencia dolorosa –por eso es Pasión, porque se padece, se sufre–, no sólo por el sufrimiento físico, sino por sentir en lo más profundo de su corazón el abandono de todos, incluso de Dios, como sucede con muchísimas personas, familias y grupos de trabajadores entre nosotros.

Como acabamos de escuchar en la narración de san Marcos, Jesús fue negociado, entregado, apresado, abandonado, afrentado, acusado con falsos, negado, condenado a muerte, abofeteado, escupido, homologado a un delincuente, azotado, coronado de espinas, injuriado, golpeado, cargado con la cruz, crucificado, insultado, matado. ¡Una verdadera tortura! Saber y sentir esto le hizo experimentar la tristeza, el terror, la angustia, el abandono, el fracaso de su proyecto.

A pesar de todo, en esa situación vivió la obediencia y fidelidad, la confianza y el abandono a su Padre; se mantuvo esperando su respuesta. Dios, que parecía impasible y permanecía “callado”, le respondió a Él y a sus asesinos con la Resurrección, la que Jesús mismo anunció al salir hacia el monte de los Olivos. Este Jesús nos acompaña hoy en la Comunión sacramental. No lo abandonemos ni lo neguemos en los que padecen; más bien sigámoslo acompañando en ellos.

29 de marzo de 2015

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