Homilía para el domingo de Pentecostés 2015

Una misión espiritual

Pentecostés B 15

Hace 50 días celebramos solemnemente la Resurrección de Jesús. Hoy vivimos la Solemnidad de Pentecostés, es decir, del inicio de la vida de la Iglesia. La Iglesia nació cuando se comenzó a predicar el Evangelio y esto sucedió el día en que vino el Espíritu Santo sobre los discípulos y discípulas de Jesús, reunidos en Jerusalén. El Espíritu Santo descendió sobre ellos con fuerza y comenzaron a dar su testimonio de Jesús, a predicar su mensaje, su muerte y su Resurrección.

Una misión espiritual

Textos: Hch 2, 1-11; 1 Cor 12, 3-7. 12-13; Jn 20, 19-23.

Pentecostés B 15

Hace 50 días celebramos solemnemente la Resurrección de Jesús. Hoy vivimos la Solemnidad de Pentecostés, es decir, del inicio de la vida de la Iglesia. La Iglesia nació cuando se comenzó a predicar el Evangelio y esto sucedió el día en que vino el Espíritu Santo sobre los discípulos y discípulas de Jesús, reunidos en Jerusalén. El Espíritu Santo descendió sobre ellos con fuerza y comenzaron a dar su testimonio de Jesús, a predicar su mensaje, su muerte y su Resurrección.

El Espíritu Santo es un don de Jesús a sus discípulos; durante la última cena se lo prometió, la tarde del día de la Resurrección se lo dio, al mismo tiempo que soplaba sobre ellos; y antes de subir al cielo, como escuchamos el domingo pasado, les anunció que serían bautizados con Él. Este regalo de Jesús es para salir a la misión. No es tener al Espíritu por tenerlo sino para anunciar el Evangelio, para dar testimonio de Jesús, para hacer una vida comunitaria.

Nosotros personalmente quedamos llenos del Espíritu Santo en el momento de recibir el baño bautismal y su presencia se hizo plena en el sacramento de la Confirmación. Por esto somos corresponsables de la misión de la Iglesia; somos misioneros por el Bautismo y la Confirmación. En este domingo le agradecemos a Dios este don, que nos hizo espirituales puesto que nos llenó con su Espíritu; y renovamos el compromiso de colaborar en la misión de la Iglesia.

La misión de la Iglesia es espiritual, porque el Espíritu Santo es quien la anima. Él llega con mucha fuerza, como sucedió en Pentecostés; esta fuerza está expresada en el ruido grande, el fuerte viento y las lenguas de fuego. Su fuerza se prolonga en la predicación de los discípulos. A partir de que descendió sobre ellos el Espíritu del Resucitado, ya nada los detuvo en la predicación. Ellos lo anunciaron con seguridad y sin miedo, a quienes los escuchaban.

El Espíritu es quien conduce la misión de la Iglesia, es quien guía y sostiene a los misioneros, es quien hace que en las comunidades aparezcan ministerios. Lo que los bautizados debemos hacer, personal y comunitariamente, es dejarnos conducir por Él, aclarar qué tenemos que hacer y discernir cómo lo debemos realizar. Nuestra responsabilidad es vivir con fidelidad la misión en los espacios eclesiales y sociales en donde nos movamos ordinariamente.

En la misión nos asiste el Espíritu Santo; al realizarla colaboramos con Él. La misión es hacia dentro y hacia fuera de la comunidad. Para eso son los diferentes servicios y actividades de los que habla san Pablo. Hacia dentro hay que vivir continuamente el encuentro con Jesús, hacer que su mensaje llegue a todos los bautizados y lograr una vida de comunidad, como un cuerpo. Hacia fuera hay que trabajar por el bien común, de manera que todos vivamos con dignidad.

Como signos de la acción del Espíritu Santo en nuestra vida, a lo interno de la comunidad y en la sociedad, tienen que hacerse visibles el perdón, la paz, la alegría. Para eso es necesario invocar continuamente al Espíritu de Dios, no ponerle trabas, no ahogar su acción, y dejarlo actuar en nuestras personas y comunidades. Tenemos un ejemplo claro de docilidad al Espíritu Santo en Monseñor Óscar Arnulfo Romero, asesinado en 1980 y beatificado ayer en El Salvador.

A la Comunión se le reconoce como el alimento espiritual por la santificación del Espíritu Santo. Este alimento espiritual nos fortalece para que colaboremos activamente en la actividad espiritual de la Iglesia. Preparémonos a recibirlo para seguir en el anuncio del Evangelio, tengamos o no un ministerio específico, y que por nuestra colaboración en la misión logremos la unidad en nuestra familia y comunidad, el perdón entre hermanos y la paz y el bien común en la sociedad.

24 de mayo de 2015

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