Homilía para el Domingo de Pascua 2020

Alimentar la esperanza
La noticia de hoy es que a Jesús de Nazaret, el que fue crucificado, Dios lo resucitó al tercer día. Era el primer día de la semana por la madrugada, cuando las mujeres fueron al sepulcro a llorar su muerte y a embalsamar su cuerpo, y se encontraron con que el sepulcro estaba abierto y con la noticia de que había resucitado. El primer día de la semana Jesús venció a la muerte. Por eso, a este día se le llamó domingo, Día del Señor. Esa noticia fue corriendo de boca en boca hasta llegarnos a nosotros. Primero la dieron los ángeles, enseguida las mujeres, luego los apóstoles, después otros discípulos y discípulas, como los de Emaús. Hoy nos toca darla a nosotros y sostenerla en tiempo de epidemia y de todo lo que ésta conlleva: temores, miedo, angustia, dudas, sinsentido… El encuentro dominical con Jesús, prolongación de los primeros que tuvo con sus discípulos ese primer día de la semana, nos vuelve a la esperanza y la vida, y nos impulsa a la misión y a la solidaridad.

Alimentar la esperanza

Textos: Hch 10, 34. 37-43; Col 3, 1-4; Lc 24, 13-35

La noticia de hoy es que a Jesús de Nazaret, el que fue crucificado, Dios lo resucitó al tercer día. Era el primer día de la semana por la madrugada, cuando las mujeres fueron al sepulcro a llorar su muerte y a embalsamar su cuerpo, y se encontraron con que el sepulcro estaba abierto y con la noticia de que había resucitado. El primer día de la semana Jesús venció a la muerte. Por eso, a este día se le llamó domingo, Día del Señor. Esa noticia fue corriendo de boca en boca hasta llegarnos a nosotros. Primero la dieron los ángeles, enseguida las mujeres, luego los apóstoles, después otros discípulos y discípulas, como los de Emaús. Hoy nos toca darla a nosotros y sostenerla en tiempo de epidemia y de todo lo que ésta conlleva: temores, miedo, angustia, dudas, sinsentido… El encuentro dominical con Jesús, prolongación de los primeros que tuvo con sus discípulos ese primer día de la semana, nos vuelve a la esperanza y la vida, y nos impulsa a la misión y a la solidaridad.

A los discípulos de Emaús, al igual que a los Apóstoles, les costó trabajo aceptar que el Nazareno, sacrificado en la cruz y sepultado, había resucitado. Así nos sucede hoy también a muchos de nosotros. Fue necesario que se fueran encontrando personalmente con Él para convencerse. Es más, Jesús era quien les iba saliendo al encuentro. Él fue a buscarlos: primero a las mujeres, luego a Simón, después a los de Emaús y, finalmente, a toda la comunidad. Al verlo, escucharlo, tocarlo, se convencieron de que sí era cierta su Resurrección. Y su vida cambió totalmente.

Al unirse al caminar de los discípulos de Emaús, que era ya un caminar de derrota y frustración, Jesús les preguntó el motivo de su tristeza. Los dejó hablar. Ellos sacaron todo su pesar y desánimo, su desilusión por haber seguido a Jesús el nazareno, en quien habían puesto toda su confianza y esperanza, al igual que muchos discípulos y discípulas. Era algo parecido a lo que se está viviendo entre nosotros, debido a la pandemia del Covid-19, aunque no la hemos experimentado con toda su fuerza: gente descansada en su trabajo y sin salario, alza del precio de productos de primera necesidad, abuso de muchos comerciantes, falta de atención médica y de medicamentos, escasez de productos sanitarios, disminución del transporte público, temor ante la cercanía de casos positivos de contagio. En esta situación es necesario escuchar la Palabra del Resucitado.

Al abrirse al caminante desconocido e “ignorante” de lo que había sucedido en Jerusalén, los discípulos de Emaús se dispusieron a la vida nueva que trae el Resucitado. Al escucharlo, comenzó a arder en ellos el corazón, volvió a removerse el sentido del seguimiento al nazareno, se fue reanimando la esperanza, se dispusieron a hospedar al compañero de camino. Fue una vida nueva para ellos, como lo reconocieron en la comunidad, a donde regresaron para compartir su experiencia.

A partir de aquellos encuentros, las discípulas y discípulos de Jesús se convirtieron en testigos suyos, sin miedo, sin angustias, sin temores, sin dudas. Más bien, con alegría, con seguridad, con convencimiento. El culmen de estos encuentros lo vivieron los discípulos de Emaús y después toda la comunidad, en la fracción del pan. En el gesto de tomar el pan, dar gracias, partirlo y compartirlo, descubrieron al Resucitado y se convirtieron en misioneros. Fueron a llevar la noticia a los demás. Volvieron para compartir su experiencia de encuentro con Jesús de Nazaret. Llegaron con su esperanza reanimada y fortalecidos en el sentido de ser discípulos del nazareno.

Esto mismo nos toca hacer hoy a nosotros, ante la contingencia por el Coronavirus. Dar testimonio de Jesús, después de encontrarnos con Él en esta Eucaristía. Y en esto no hay caminos hechos. Reanimados en nuestra fe en el Resucitado, alimentemos la esperanza de una vida nueva.

12 de abril de 2020

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