Homilía para el Domingo de Pascua 2019

Ver y creer
Jesús de Nazaret, el que murió crucificado, resucitó. Este es el mensaje central del Evangelio y, por tanto, de nuestra fe. Este es el acontecimiento que celebramos hoy con toda solemnidad, aunque lo hacemos cada domingo de manera especial y cada vez que celebramos la Eucaristía. Los textos de la Palabra de Dios nos ofrecen varios testimonios de su Resurrección y nos impulsan a convertirnos en testigos suyos con nuestra vida. La Comunión que recibiremos, que es el Cuerpo y la Sangre del Resucitado, nos da la fuerza necesaria para sostenernos en el testimonio.

Ver y creer

Textos: Hch 10, 34. 37-43; Col 3, 1-4; Jn 20, 1-9; Lc 24, 1-12; Lc 24, 13-35

Jesús de Nazaret, el que murió crucificado, resucitó. Este es el mensaje central del Evangelio y, por tanto, de nuestra fe. Este es el acontecimiento que celebramos hoy con toda solemnidad, aunque lo hacemos cada domingo de manera especial y cada vez que celebramos la Eucaristía. Los textos de la Palabra de Dios nos ofrecen varios testimonios de su Resurrección y nos impulsan a convertirnos en testigos suyos con nuestra vida. La Comunión que recibiremos, que es el Cuerpo y la Sangre del Resucitado, nos da la fuerza necesaria para sostenernos en el testimonio.

A Jesús nadie lo vio resucitar ni salir vivo del sepulcro. Sus discípulas y discípulos lo fueron viendo y, aunque les costó trabajo, se fueron convenciendo de su Resurrección. Nadie lo buscó vivo sino muerto. Las mujeres iban al sepulcro a embalsamar su cuerpo, María Magdalena fue a buscar al difunto; con la noticia de María, Pedro y Juan fueron a ver el sepulcro abierto. La comunidad sólo recibía noticias de que el sepulcro estaba abierto y el Señor no estaba allí.

Para Juan, el discípulo amado, fue suficiente con ver para creer. Pero ¿qué vio para creer, si dice el Evangelio que miró en el suelo los lienzos con que Jesús había sido envuelto y sepultado? Lo que vio fue el sepulcro abierto y vacío. Ver que no estaba el cuerpo del Señor le hizo recordar el anuncio del mismo Jesús de que iba a resucitar de entre los muertos. En relación a Jesús no se ocuparía verlo para creer en Él y su Resurrección; solamente con escuchar el testimonio de otra persona o con ver los signos de su Resurrección sería suficiente. Pero siempre cuesta trabajo.

Los discípulos de Emaús regresaban a su pueblo. Iban tristes y desconsolados, frustrados y desesperanzados, porque Jesús el nazareno, en quien habían puesto todas sus esperanzas de liberación de Israel, había muerto y su cuerpo estaba sepultado. Cuando le platicaron esto al mismo Jesús, que se les unió en su camino de regreso, ya tenían el testimonio de las mujeres y de otros discípulos que habían ido al sepulcro a ver si era cierto que no estaba el cadáver. A ellos no les sirvió ver la alegría de las discípulas y ni escuchar su testimonio para convencerse de la Resurrección. Tuvieron que ver al propio Jesús en persona, aunque no lo reconocieron durante el camino ni al recibirlo en su casa para que pasara la noche. Ciertamente, los comentarios de Jesús sobre lo que estaba anunciado en las Escrituras sobre su muerte y Resurrección, les hizo arder el corazón y los fue preparando para el momento cumbre de la Fracción del Pan. Para reconocerlo y luego convencerse, tuvieron que verlo tomando el pan, dando gracias, partiéndolo y dándoselo. Esto bastó para convertirse en misioneros, pues inmediatamente regresaron a Jerusalén para compartir su testimonio.

Cómo nos hace falta a nosotros estar convencidos de la Resurrección de Jesús para vivir como testigos suyos. Sí sabemos que Jesús de Nazaret, el que murió crucificado, resucitó. Lo rezamos en el Credo cada ocho días, pero la mayoría de los bautizados no estamos convencidos de su Resurrección. Esto lo podemos descubrir preguntándonos qué hacemos para ser misioneros en la comunidad. Porque quien está convencido de algo, lo dice, lo proclama, lo sostiene, lo vive, aunque los demás no le crean. Necesitamos aprender a ver los signos de la Vida nueva que Jesús nos ofrece diariamente en la vida ordinaria. Necesitamos creerles a quienes nos anuncian al Resucitado y nos invitan a vivir como comunidad en el barrio, aunque no veamos muchos frutos.

Que la participación en esta Eucaristía, la profesión de nuestra fe y la recepción de la Comunión, nos impulsen a salir y dar testimonio de la Resurrección del Señor con toda nuestra vida.

21 de abril de 2019

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