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Homilía para el domingo de La Sagrada Familia 2018

La obediencia al Padre

Textos: 1 Sam 1, 2-22. 24-28; 1 Jn 3, 1-2. 21-24; Lc 2, 41-52

Estamos viviendo el acontecimiento de la Navidad, el hecho de que Dios se hizo humano como nosotros para salvarnos y de que nació en la periferia para enriquecernos con la vida de Dios. Acabamos de escuchar en el texto del Evangelio un momento central en la vida de Jesús, María y José, a quienes celebramos hoy como La Sagrada Familia. Este texto nos ayuda a valorar algunas cosas de la vida de nuestras propias familias y a prepararnos para recibir sacramentalmente, en la Comunión, a Jesús que se hace Pan y Vino para nosotros.

José y María lo llevaron por primera vez a Jerusalén para la Fiesta de la Pascua. La costumbre era que a los doce años se llevaba a los hijos para iniciarlos en el acontecimiento central de los judíos: la Pascua. Allí se les quedó y ellos no se dieron cuenta sino hasta después de un día de camino, cuando regresaban a Nazaret para seguir su vida ordinaria. Comenzó la angustia y el sufrimiento para José y María hasta que dieron con Él, en el templo, sentado en medio de los doctores. Al encontrarlo, su madre le reclamó por el modo en que se había portado con ellos. En la respuesta de Jesús aparece claro el trabajo de sus papás con Él y la conciencia que tenía de su responsabilidad.

Les preguntó que si no sabían que debía ocuparse de las cosas de su Padre. No hizo referencia a José, sino a Dios. Dios era su Padre y a Él lo tenía que obedecer. Eso era lo que ellos le habían enseñado a lo largo de los años en Nazaret. Al hablar de las cosas de su Padre, aunque estaban en el templo, no se refería a pasársela todo el tiempo en el templo, rezando, ofreciendo incienso y sacrificios, sino a cumplir su voluntad. Un buen judío debía cumplir los mandamientos que Dios les dio en el Sinaí, debía vivir en la hermandad, debía preocuparse por el pobre. Con la Fiesta de la Pascua renovaban año con año ese compromiso y a eso habían ido a Jerusalén.

Jesús tenía clara conciencia de que debía obedecer en todo a Dios, cumplir sus mandamientos, hacer una vida agradable a Él. Al platicar con los doctores de la Ley, se estaba alimentando de la Escritura para ponerla después en práctica; podemos decir que para obedecer a su Padre. De hecho, así realizó su vida. San Pablo, en la Carta a los Filipenses, dice que se hizo obediente hasta la muerte y una muerte de cruz; la Carta a los Hebreos afirma que siendo el Hijo aprendió a obedecer padeciendo. La muerte en la cruz fue el signo más claro de la obediencia total de Jesús a su Padre.

Esto tiene mucho que decirnos para la vida de nuestras familias y comunidades. Una de las responsabilidades de las familias es la educación en la fe de los hijos. Es un compromiso que los papás adquirieron al presentarlos para el Bautismo; y la comunidad, al recibirlos como miembros suyos, también se comprometió a darles buen testimonio para que crecieran en la fe vivida como Iglesia. La responsabilidad es enseñarles a vivir el seguimiento a Jesús, que fue fielmente obediente a su Padre hasta entregar su vida en la cruz. La responsabilidad no fue asegurarles la Primera Comunión y la Confirmación, sino enseñarles a vivir como Jesús. ¿Qué decimos? ¿Cómo andamos? ¿Estamos logrando que los hijos sean obedientes a Dios, como Jesús? ¿Los estamos acompañando en su vida de fe, al grado que cuando se confirman digan por sí mismos, bien convencidos, que quieren vivir como Jesús, que quieren ayudar en su comunidad, que desean estar en las cosas de Dios? ¿O simplemente se van, pensando que con la Confirmación ya terminó todo?

Que el testimonio de la Sagrada Familia nos reanime en nuestro compromiso de educarnos en la obediencia a Dios y de educar en la fe a quienes han sido bautizados en nuestra comunidad.

30 de diciembre de 2018

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