Homilía para el domingo de la Presentación del Señor 2020

La Presentación del Señor
En el texto del Evangelio, san Lucas nos ofrece la narración del acontecimiento que celebramos hoy: la presentación del Niño Jesús, a los cuarenta días de nacido. José y María fueron al templo de Jerusalén para consagrarlo a Dios y para que ella hiciera el rito de la purificación, pues había quedado impura por haber derramado sangre en el parto; las dos cosas estaban mandadas en la ley de Moisés y ellos, como buenos judíos, iban a cumplirlas.

Luz y signo de contradicción

Textos: Mal 3, 1-4; Hb 2, 14-18; Lc 2, 22-40

En el texto del Evangelio, san Lucas nos ofrece la narración del acontecimiento que celebramos hoy: la presentación del Niño Jesús, a los cuarenta días de nacido. José y María fueron al templo de Jerusalén para consagrarlo a Dios y para que ella hiciera el rito de la purificación, pues había quedado impura por haber derramado sangre en el parto; las dos cosas estaban mandadas en la ley de Moisés y ellos, como buenos judíos, iban a cumplirlas.

Ahí en el templo sucedieron varias cosas que, al reflexionarlas y agradecerlas a Dios, nos ayudan a hacer nuestra preparación para recibir sacramentalmente a Jesús en la Comunión y para salir de esta celebración dominical animados y fortalecidos a vivir la misión.

Dos personas ancianas que esperaban la llegada del Mesías, Simeón y Ana, estaban en el templo, movidos por el Espíritu Santo. Ellos eran de los pobres de Yahvé que mantuvieron la esperanza de que se cumpliera la promesa de Dios de enviar al Mesías Salvador. Así como ellos, nosotros tenemos que dejar que el Espíritu Santo nos conduzca y actúe en nuestra vida. Él nos facilita el encuentro con Jesús, no sólo en la Misa, sino en su Palabra, en las reuniones comunitarias, en los pobres, en los enfermos. Hay que aprender a buscar y encontrar a Jesús en esos espacios para ser sus testigos.

Simeón dio gracias a Dios porque le permitió ver, descubrir y abrazar al Salvador. Era su esperanza en la vida. Por eso le dijo a Dios que ya podía morir en paz. El encuentro con el Niño hizo plena su vida. ¿Qué tanto sabemos agradecer a Dios las veces que nos encontramos con su Hijo y experimentamos que crece y se fortalece el sentido de nuestra vida y de lo que hacemos para realizar la misión que recibimos en el Bautismo? Pero Simeón no sólo dio gracias, sino que también proclamó a Jesús a los que estaban en el templo. Lo reconoció y confesó como la luz de las naciones y la gloria de Israel. ¿Qué tanto damos testimonio de Jesús y lo proclamamos como nuestra luz?

La proclamación de Jesús como luz no es sólo de palabra. Mucho menos se reduce a tener una vela bendecida y encendida, como la que hemos portado hoy. La proclamación debe ser con la vida, de modo que todo lo que digamos y todo lo que hagamos, personalmente y como comunidad, sea de acuerdo a las enseñanzas y el testimonio de Jesús. El domingo próximo, en el Evangelio vamos a recordar el deseo de Jesús de que sus discípulos seamos luz del mundo y de que Dios sea glorificado por nuestras obras. Este es el modo de proclamarlo como luz.

Otra cosa que resaltó Simeón del Niño es que sería signo de contradicción. En su ministerio unos lo iban a aceptar y otros lo iban a rechazar, como de hecho sucedió. Hubo quienes lo siguieron hasta dar la vida por la causa del Reino y quienes lo rechazaron, le hicieron mala fama, lo agredieron, hasta llevarlo a la muerte de cruz. Ese anuncio de Simeón a María es también para nosotros. Como discípulos tenemos que ser conscientes de que, si lo seguimos con fidelidad y damos buen testimonio de Él, seguramente vamos a ser signos de contradicción. ¿Cuántas personas han sido agredidas, amenazadas, torturadas por anunciar el Evangelio, por denunciar las injusticias y las desigualdades sociales, por defender los derechos humanos y los derechos de la naturaleza?

Que este encuentro semanal con Jesús nos reanime en la misión. Que al igual que Simeón y Ana, alimentados en el sentido de nuestra condición de discípulos y discípulas, nos convirtamos en buenos testigos de Jesús. Que lo tengamos siempre como luz para nuestra vida personal y comunitaria. Salgamos sin miedo a la misión, sabiendo que podemos experimentar conflictos y contradicciones.

2 de febrero de 2020

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