Homilía para el domingo de Jesucristo, Rey del Universo 2016

Misericordia hasta el extremo

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Hoy, domingo de Cristo Rey del Universo, se cierra la última Puerta Santa de la Misericordia en Roma. Con nuestra Eucaristía agradecemos a Dios la oportunidad de profundizar, a lo largo de doce meses, en la misericordia y las obras que la manifiestan. El texto del Evangelio nos ofrece uno de los momentos más grandes en la misión de Jesús, poco antes de morir, en el que manifestó la misericordia de Dios, al perdonar al buen ladrón –San Dimas, según la tradición–.

Misericordia hasta el extremo

Textos: 2 Sam 5, 1-3; Col 1, 12-20; Lc 23,35-43.

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Hoy, domingo de Cristo Rey del Universo, se cierra la última Puerta Santa de la Misericordia en Roma. Con nuestra Eucaristía agradecemos a Dios la oportunidad de profundizar, a lo largo de doce meses, en la misericordia y las obras que la manifiestan. El texto del Evangelio nos ofrece uno de los momentos más grandes en la misión de Jesús, poco antes de morir, en el que manifestó la misericordia de Dios, al perdonar al buen ladrón –San Dimas, según la tradición–.

Jesús se encontraba clavado en la cruz como rey de los judíos, según lo expresaba el letrero que estaba sobre la cruz y señalaba la causa de su condena a muerte. Era una condena injusta, mañosamente tramada desde hacía tiempo por las autoridades religiosas de los judíos. Ahí estaba culminando su viaje a Jerusalén, su vida, su misión sobre la tierra, antes de emprender su éxodo de este mundo al Padre. Así, crucificado, vivió los dos últimos signos de su misericordia.

Tanto las autoridades como los soldados y uno de los malhechores, lo estaban insultando. Le pedían que si era el Mesías, el rey de los judíos, se salvara y salvara a los dos ladrones crucificados junto a Él. Le estaban pidiendo que mostrara su poder real, su poder de Hijo de Dios, su poder de Mesías, para bajarse de la cruz. Pero lo hacían como burla, no como petición. Jesús estaba en silencio viviendo sus últimos momentos, manteniéndose como Hijo de Dios obediente.

En eso, uno de los ladrones le suplicó que se acordara de él en su Reino. No le pidió que se bajara de cruz, como los demás, sino que tuviera misericordia de él, consciente de que justamente estaba crucificado por lo que había hecho. Se abrió a la misericordia de Dios que Jesús mostraba por dondequiera y recibió el perdón al final de su vida. Jesús le dijo que ese mismo día estaría con Él en el paraíso. Experimentó la misericordia de Dios al ser perdonado.

Este fue el penúltimo gesto misericordioso de Jesús. Poco antes había pedido a Dios que perdonara a los que lo estaban crucificando y estaba a punto de mostrar el último y más grande signo de la misericordia de Dios para con la humanidad. Damos gracias a Dios por el perdón dado al “buen ladrón” y le pedimos que nos sepamos abrir, como él, a su acción misericordiosa. Pero también necesitamos reconocer nuestra condición pecadora y la necesidad de su perdón.

El último signo de misericordia fue su muerte. Con ella culminó lo que venía haciendo día a día a lo largo de su vida: perdonar, curar, devolver la vida, multiplicar el pan, consolar, predicar el Reino de Dios. Por su sangre derramada en la cruz, como dice san Pablo, recibimos el perdón de los pecados y Dios reconcilió consigo todas las cosas, las del cielo y las de la tierra. Esa fue la misericordia de un Rey por su pueblo –en este caso la humanidad– llevada hasta el extremo.

Por eso dice Pablo que Cristo es la imagen de Dios invisible. A Dios no lo vemos, pero vemos a su Hijo; lo misericordioso de Dios lo descubrimos en las actitudes y obras de Jesús. El reinado de Dios se hizo visible en la persona, vida y misión de Jesús. Para esto, Él tuvo que derramar su sangre en la cruz, como lo anunció en la Última Cena, al pasar el cáliz entre sus amigos; les dijo que era el cáliz de la nueva alianza, sellada con su sangre, que sería derramada por ellos.

El verdadero modo de reinar no es por el poder, el éxito, la fama, el dominio; aquello que el demonio le ofreció a Jesús antes de comenzar su misión –tentaciones en las que caen gran parte de los gobernantes y reyes–; sino sirviendo, perdonando, viviendo la misericordia hasta el extremo de derramar la propia sangre y entregar totalmente la vida por los suyos. Agradezcamos a Dios el reinado de su Hijo y mantengamos abierto nuestro corazón a su misericordia.

20 de noviembre de 2016

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