El Puente

Diócesis de Ciudad Guzmán, Jalisco, México

Homilía para el 6º domingo ordinario 2018

Curar las lepras

Textos: Lv 13, 1-2. 44-46; 1 Cor 10, 31-11, 1; Mc 1, 40-45

Ordinario6 B 18

Hoy vivimos la Jornada Mundial de los Enfermos, que se celebra cada año el 11 de febrero, fiesta de Nuestra Señora de Lourdes. Los textos bíblicos que acabamos de escuchar nos ayudan a prepararnos para recibir a Jesús en la Comunión. Nos presentan la situación de los leprosos en la vida de Israel y nos invitan a asumir las lepras de hoy, para atenderlas como Jesús y junto con Él.

A Jesús se le acercó un leproso. Él cargaba una situación muy dura, porque ya de por sí cualquier enfermedad es pesada; pero, estarse viendo despedazado porque la piel se le iba pudriendo y cayendo a pedacitos y, junto con la piel, se le iba yendo la vida, le hacía la situación más desgastante. Además, saberse impuro y gritar su situación cuando alguien se acercaba a donde se encontraba, para el leproso aumentaba su sufrimiento. ¿Cómo la pasan hoy las personas que viven con VIH-Sida o que están invadidas de cáncer o están siendo destrozadas por la diabetes?

También la familia del leproso vivía en el sufrimiento. La persona enferma tenía que dejar su casa y su pueblo e irse a vivir en los cerros, retirada de los caminos y evitando el contacto con la gente. Imagínense lo que significaba para la familia tener que desprenderse de su enfermo, fuera su hijo o hija, su hermano o hermano, su papá o su mamá, y no tener posibilidades de que regresara a su casa, a menos que se curara, como dice el Levítico. ¿Quién abandona hoy a su enfermo (hijo, hermano, papá, mamá) y se queda tranquilo como si nada?

Al ver al leproso y escuchar su súplica, Jesús experimentó la compasión; se le removieron las entrañas, como a la mamá que ve a su hijo enfermo. Inmediatamente reaccionó, no importando que se le pasara la impureza por tocar a una persona impura. Extendió su mano, lo tocó y le dijo que sí quería curarlo y que sanara. El enfermo quedó limpio de su piel, rehecho en su dignidad y en condiciones de volver a casa, con su familia y a su vida ordinaria, mientras que el sano –Jesús – quedó contaminado, impuro, por haberlo tocado. No le importó. Lo importante para Jesús era la salud, la dignidad, la vida, de aquella persona. Lo que decía la ley en relación a Él era lo de menos, aunque sí mandó a aquel hombre a cumplir con lo que pedía la ley para ser declarado puro.

Cómo nos hace falta experimentar la compasión, escuchar, tender la mano, expresar nuestra decisión de colaborar para que haya una vida nueva ante las lepras que nos rodean. Las víctimas de la violencia, las familias fracturadas, los jóvenes sin sentido de la vida, los borrachitos, los enfermos desahuciados, los migrantes, los indígenas, los despedazados por la droga, los encarcelados, las madres solteras y abandonadas, los ancianos solos, la madre tierra destrozada, nos están gritando, como aquel leproso que le dijo a Jesús que podía curarlo si quería. Vemos las situaciones, pero en general no nos compadecemos, ni personalmente ni como comunidad.

Además de experimentar que se nos remueven las entrañas, nos falta decidirnos y dar el paso a curar esas lepras, a decir de palabra y manifestar con los hechos que sí queremos que se quiten. A esto nos invita hoy la Palabra de Dios y a esto nos compromete la Comunión sacramental. Si comulgamos es para vivir como Jesús, es para luchar contra el mal como Él, es para trabajar por el Reino de Dios junto con Él. Pablo nos pide no buscar el propio interés sino el de los demás.

Necesitamos entrar en proceso de conversión personal y comunitaria, pastoral y social. La Cuaresma, que iniciaremos el próximo miércoles con la imposición de la ceniza, es el tiempo propicio para revisar nuestra vida y asumir el proceso de conversión, como camino a la Pascua.

11 de febrero de 2018

Esta entrada fue publicada el 10 de febrero de 2018 a las 8:59 pm en la categoría El Puente, Página Diocesana. Puedes seguir los comentarios a través del feed RSS 2.0

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