Homilía para el 6º domingo de Pascua 2019

Dos encargos de Jesús
Las palabras que acabamos de escuchar, las dijo Jesús durante la Última Cena con sus discípulos. Son palabras de despedida, pero también son encargos que nos ha hecho, encargos de los que tenemos que dar cuenta. Este domingo podemos prepararnos a recibir la Comunión, revisando nuestra vida para ver si estamos realizando las encomiendas del Resucitado.

Dos encargos de Jesús

Textos: Hch 15, 1-2. 22-29; Ap 21, 10-14. 22-23; Jn 14, 23-29

Las palabras que acabamos de escuchar, las dijo Jesús durante la Última Cena con sus discípulos. Son palabras de despedida, pero también son encargos que nos ha hecho, encargos de los que tenemos que dar cuenta. Este domingo podemos prepararnos a recibir la Comunión, revisando nuestra vida para ver si estamos realizando las encomiendas del Resucitado.

Jesús nos encargó poner en práctica sus palabras como signo de que lo amamos. El centro de su vida, sus enseñanzas y su misión, estuvo en el amor. Y nos pidió amarnos unos a otros como Él nos amó, o sea, hasta entregar su vida en la cruz. A ese grado llegó el amor de Jesús por la humanidad. Nos pide, por tanto, entregarnos hasta dar la vida por los demás. De esta manera expresamos si somos sus discípulos y si realmente lo amamos. De la vivencia del amor a los demás depende que seamos templos en los que Dios habita, como dice Jesús: si cumplimos su palabra, es decir, si nos amamos mutuamente y si amamos a los pobres, entonces el Padre y Jesús harán su morada en nosotros, en cada quien y en la comunidad.

Para que no se nos olvide este mandamiento del amor, Jesús prometió enviar al Espíritu Santo. Él nos estará recordando las palabras de Jesús, nuestros compromisos, nuestra misión. Pero tenemos que estar siempre abiertos a su acción. Él nos conducirá, como hizo con Jesús, en la realización de la misión. Jesús no hizo las cosas por su cuenta ni a su antojo, sino obedeciendo a su Padre y dejándose conducir por el Espíritu. Nosotros lo recibimos el día de nuestro Bautismo y su presencia se confirmó en el momento de ser confirmados. ¿Qué tan atentos estamos a la voz y la acción del Espíritu Santo? ¿Le estamos haciendo caso o lo ignoramos? Tengamos presente que el Espíritu Santo no es un milagrero que va a realizar lo que le exijamos o a hacer cosas extrañas, sino el que nos va a estar recordando las enseñanzas de Jesús y conduciéndonos en la realización de la misión, de acuerdo a las palabras del mismo Jesús.

Otro encargo que nos hizo Jesús fue la paz. Él nos comunicó su paz. ¿De qué paz se trata? Porque Jesús estaba en una situación de angustia ante la cercanía de su muerte –recordemos que estaba en la Última Cena–. ¿Cómo puede estar en paz, y además comunicarla, alguien que está por morir… y de una manera violenta? Es la paz que viene como consecuencia de la fidelidad al proyecto de Dios. “La paz es fruto de la justicia”, decía el Papa Paulo VI. Jesús estaba cumpliendo totalmente la voluntad del Padre, que lo había enviado al mundo para que nos trajera la vida en plenitud. Por eso dice que no da la paz como la da el mundo.

La paz del mundo está basada en el tener, en el poder, en la fama; precisamente en las tentaciones fundamentales de la humanidad. Esto se alimenta con el afán de la ganancia, del mercado, del consumismo, que llevan a las desigualdades y a la injusticia, a la destrucción de vidas humanas y de nuestra Madre Tierra. ¿Qué paz pueden experimentar quienes acumulan dinero y bienes materiales, quienes operan la violencia, quienes maltratan y destruyen los bosques, el agua, la tierra?

Nuestro compromiso es vivir amándonos unos a otros como Jesús nos amó; esta es la síntesis de las palabras de Jesús, palabras que espera que cumplamos. Otro compromiso es trabajar por la justicia, tanto entre personas, especialmente hacia los pobres, como con la Casa común; de esto depende experimentar la paz que Jesús nos dejó. Pidamos al Señor que nos mantengamos abiertos a la acción de su Espíritu, que hoy nos recuerda estos dos encargos que Jesús nos hizo.

26 de mayo de 2019

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