Homilía para el 4º domingo ordinario 2015

Misión realizada con autoridad

Ord4 B 15

San Marcos nos ofrece en este texto las primeras acciones de Jesús, después de la invitación a la conversión y de haber llamado a sus primeros discípulos. Jesús enseñaba en la sinagoga y ahí mismo liberó a una persona del demonio; de estas dos acciones, dice san Marcos que la gente estaba sorprendida porque las hacía con autoridad. La misión la realizaba Jesús con autoridad. Esto nos sirve para revisar nuestra vida y para disponernos a recibir a Jesús en la Comunión.

Misión realizada con autoridad

Textos: Dt 18, 15-20; 1 Cor 7, 32-35; Mc 1, 21-28.

Ord4 B 15

San Marcos nos ofrece en este texto las primeras acciones de Jesús, después de la invitación a la conversión y de haber llamado a sus primeros discípulos. Jesús enseñaba en la sinagoga y ahí mismo liberó a una persona del demonio; de estas dos acciones, dice san Marcos que la gente estaba sorprendida porque las hacía con autoridad. La misión la realizaba Jesús con autoridad. Esto nos sirve para revisar nuestra vida y para disponernos a recibir a Jesús en la Comunión.

El Reino de Dios llegó con Jesús. Lo que Él predicaba y los signos que hacía, sobre todo en bien de los demás, anunciaban y hacían presente el reinado de Dios en medio del mundo. Para eso vino. Predicaba el Reino en las sinagogas y en el campo, a la orilla del lago y en los cerros, como iremos escuchando a lo largo de este año; lo hacía presente en las sinagogas y por todos lados curando enfermos, expulsando demonios, resucitando, perdonando, consolando…

La admiración de la gente, y esto nos sirve de revisión en relación a nuestra vida, era por la autoridad con que lo hacía. No era una autoridad de dominio, con actitud de mandamás, con abuso sobre los otros; era una autoridad de servicio, de liberación, de obediencia a la voluntad de Dios. Ciertamente, después de haber recibido el bautismo de Juan, Jesús había sido reconocido por Dios como su Hijo. Pero esto no lo llenaba de orgullo, soberbia o prepotencia.

La conciencia de ser el Hijo de Dios lo llevaba a vivir el servicio desinteresado a los demás. Jesús vivió con sencillez y humildad su servicio al Reino. Estaba convencido de que había venido al mundo para servir y dar su vida. Esto lo llevó a hacerse servidor de todos, especialmente de los pobres y excluidos, de los desechados por la sociedad, de los despreciados por los fieles practicantes judíos. Así lo estaba manifestando en la sinagoga en aquella ocasión.

Su misión la realizó con la autoridad de su testimonio. Quien obedece a Dios, sirve a sus hermanos que sufren, da la vida por todos, se gana la autoridad moral ante los demás; quien no obedece a Dios, desprecia a sus hermanos que sufren, se burla de ellos, busca servirse de los demás, golpea a los débiles, trata de sacar ventajas, pierde la autoridad moral ante quienes lo rodean. Jesús con sus palabras, sus hechos, su compromiso, su entrega, se ganó la autoridad.

Lo que predicaba sobre el Reino de Dios, lo realizaba con sus hechos de servicio; lo que vivía en la entrega para el bien de los demás, era lo que predicaba. Había una coherencia en la vida de Jesús y de ahí su autoridad. Por eso, el demonio que lo había reconocido públicamente como el Santo de Dios, hizo lo que Jesús le ordenó: que se callara y saliera del hombre en el que se había metido. Ante la coherencia de vida de Jesús, al demonio no le quedaba otra salida.

Nosotros recibimos la misma misión de Jesús. En el Bautismo fuimos enviados a anunciar y hacer presente el Reino de Dios en el mundo. Hay que preguntarnos en primer lugar si la estamos realizando. Pero también si nuestra vida está siendo la de hijos de Dios obedientes, si servimos a los demás, especialmente a los que sufren; si estamos dando nuestra vida para el bien de todos, si vivimos coherentemente haciendo lo que predicamos y predicando lo que hacemos.

¿Cómo está nuestra autoridad moral ante los demás: en la familia, con los vecinos, con los compañeros de estudio o trabajo? Hoy domingo, estamos invitados a alimentarnos de la Comunión. Con este encuentro sacramental nos unimos de nuevo con Jesús para mantenernos unidos a Él en la misión de anunciar y hacer presente el Reino de Dios y para permanecer en el estilo de realizar esa misión, es decir, con autoridad. Preparémonos, pues, para recibirlo.

1º de febrero de 2015

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