Homilía para el 3er domingo ordinario 2016

La misericordia es nuestra misión

Ord3 C 16

Ante sus paisanos, en el día dedicado al Señor y en la asamblea principal de su comunidad, Jesús presentó la misión que realizaría a lo largo de su ministerio. Era una asamblea semejante a la que estamos viviendo en este domingo. Ellos agradecían que los liberó de los egipcios; nosotros, damos gracias por la Resurrección de su Hijo. Estamos escuchando su Palabra, que nos prepara a la Comunión sacramental, para salir luego, alimentados por Ella, a realizar la misión.

La misericordia es nuestra misión

Textos: Neh 8, 2-4. 5-6. 8-10; 1 Cor 12, 12-30; Lc 1, 1-4; 4, 14-21.

Ord3 C 16

Ante sus paisanos, en el día dedicado al Señor y en la asamblea principal de su comunidad, Jesús presentó la misión que realizaría a lo largo de su ministerio. Era una asamblea semejante a la que estamos viviendo en este domingo. Ellos agradecían que los liberó de los egipcios; nosotros, damos gracias por la Resurrección de su Hijo. Estamos escuchando su Palabra, que nos prepara a la Comunión sacramental, para salir luego, alimentados por Ella, a realizar la misión.

Uno de los nombres que tiene esta celebración es del de Misa. Esta palabra viene del latín y significa enviada; es decir, la asamblea que se reúne a encontrarse con el Señor Jesús es enviada a realizar lo mismo que Él, asistida por la fuerza del Espíritu Santo y fortalecida con su Cuerpo y Sangre recibidos en la Comunión. Por eso Misa y misión se parecen. La misión que anunció y realizó Jesús durante su vida hasta morir en la Cruz, es la misma que nosotros tenemos hoy.

Lo que Jesús anunció en Nazaret lo tomó de un texto de Isaías. Al expresar que ese pasaje se cumplía ese mismo día, Él estaba diciendo que iba a dedicarse a llevar la buena nueva a los pobres. Y no sólo a llevarla sino a convertirse Él mismo en buena noticia para ellos. Lo anunció enseguida, al leer que iba a anunciar y realizar la liberación de los cautivos y oprimidos, a curar a los ciegos y a proclamar el año de gracia del Señor; es decir, viviría la misericordia con ellos.

En esta misión no estaría solo. La misión no la realizaría a su antojo, de acuerdo a sus conveniencias, sino obedeciendo a su Padre y dejándose conducir por el Espíritu Santo. Era ya la puesta en práctica de lo vivido en su bautismo. Recordemos que al salir del agua del Jordán, el Espíritu Santo descendió sobre Él y lo ungió. Enseguida el Padre lo reconoció como su Hijo predilecto en quien se complacería. En Nazaret confesaba que el Espíritu del Señor estaba sobre Él.

A partir del anuncio de su misión, los pobres, afligidos, oprimidos, excluidos, enfermos, pecadores, se convirtieron en el centro de su atención. Con su presencia, sus palabras y sus gestos, se convirtió en buena noticia para ellos. ¿A cuántos enfermos curó? ¿A cuántos endemoniados liberó? ¿A cuántas personas les perdonó sus pecados? No tenemos la cuenta, pero fueron muchísimos. Al final fue crucificado y derramó su sangre para el perdón de los pecados de todos.

Con la Eucaristía dominical agradecemos a Dios la entrega de su Hijo por los pobres. Pero también renovamos nuestro compromiso de vivir como Él, pues tenemos la misma misión. Nosotros recibimos el Bautismo y, junto con él, la misión de Jesús y el Espíritu del Señor; ahí fuimos reconocidos como hijos predilectos de Dios en quién Él quiere complacerse. En la Confirmación reafirmamos nuestro compromiso bautismal y con la Comunión nos alimentamos para realizarlo.

De ahí que nuestra tarea consista en ser, personal y comunitariamente, buena nueva para los pobres. Si seguimos la comparación que hace Pablo de la Iglesia con un cuerpo, ellos son los miembros más débiles y merecen una atención especial. Deben ser el centro de atención, como cuando nos afectamos de las vías respiratorias, nos cortamos o nos duele una parte de nuestro cuerpo; ahí se centra toda la atención, incluso por días, semanas o meses, hasta quedar sanos.

Así es que por la participación en esta Misa dominical somos enviados a vivir la misericordia. Esa es nuestra misión. Dejémonos conducir por el Espíritu Santo, como Jesús. Volvamos nuestra atención a los pobres de la comunidad, seamos buena nueva para ellos, atendamos a los ancianitos solos, confortemos a quienes sufren, compartamos de lo que tenemos para que nadie pase necesidad, perdonemos a las personas que nos han ofendido. Participemos de la Comunión.

24 de enero de 2016

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