Homilía para el 3er domingo de Pascua 2019

Reconocer y confesar a Jesús
San Juan nos ofrece hoy la tercera aparición de Jesús resucitado a sus discípulos. Las dos primeras las escuchamos y reflexionamos el domingo pasado: la primera fue el día de la Resurrección por la noche, cuando Tomás no estaba con la comunidad; la segunda fue a los ocho días, en la que Tomás lo reconoció y confesó como su Señor y su Dios. La tercera vez que el Resucitado se encontró con sus amigos, fue también una experiencia de reconocimiento y confesión. Esto sintetiza lo que tiene que ser nuestra dinámica personal y comunitaria como discípulos misioneros de Jesús.

Reconocer y confesar a Jesús

Textos: Hch 5, 27-32. 40-41; Ap 5, 11-14; Jn 21, 1-19

San Juan nos ofrece hoy la tercera aparición de Jesús resucitado a sus discípulos. Las dos primeras las escuchamos y reflexionamos el domingo pasado: la primera fue el día de la Resurrección por la noche, cuando Tomás no estaba con la comunidad; la segunda fue a los ocho días, en la que Tomás lo reconoció y confesó como su Señor y su Dios. La tercera vez que el Resucitado se encontró con sus amigos, fue también una experiencia de reconocimiento y confesión. Esto sintetiza lo que tiene que ser nuestra dinámica personal y comunitaria como discípulos misioneros de Jesús.

Los discípulos andaban en su trabajo ordinario. Se habían ido a pescar y, a pesar del trabajo realizado durante toda la noche, nada lograron pescar –como seguramente les sucedió muchas veces–. Jesús ya los estaba esperando con pan dorado y pescado asado a las brasas. Lo vieron como alguien que ahí estaba, pero no lo reconocieron como el Señor. Esto es un proceso que lleva su tiempo, como había sucedido con los discípulos de Emaús la tarde de la Resurrección.

Jesús siempre está donde hay dolor, sufrimiento, angustia, fracaso. También está donde hay esperanza, alegría, proyectos, utopías. Pero casi nadie lo sabemos reconocer, como les sucedió a los apóstoles cuando comenzaba a amanecer. Ahí, en la incertidumbre, en la confusión, en la penumbra, Jesús tiene una palabra para sus discípulos. A los siete que menciona el evangelista, les dijo que echaran la red a la derecha de la barca para que encontraran peces. Así lo hicieron, todavía sin reconocerlo, y sacaron 153. El signo provocó que Juan lo reconociera y dijera a los demás que era el Señor. A nosotros nos falta aprender a reconocer los signos de la presencia del Resucitado.

Después de compartir los pescados y los panes, fruto del trabajo, y de hacerlos Eucaristía, vino la confesión de Simón Pedro. Juan ya lo había confesado como el Señor. Ahora Pedro fue interrogado por Jesús tres veces. Le preguntó si lo amaba más que los demás, si lo amaba y si lo quería. Las tres veces le respondió que sí. Las preguntas se las hizo junto a las brasas, así como junto al fuego lo había negado tres veces durante la noche de la pasión. Se entristeció a la tercera, como se había entristecido aquella noche, cuando cayó en la cuenta de que ya tres veces había dicho que no era de sus discípulos y que ni siquiera lo conocía.

Ante la triple confesión de que lo quería, Simón Pedro recibió el encargo de pastorear al resto de los discípulos y discípulas de Jesús, a quienes Jesús llamó ovejas y corderos. Además, le anunció el modo máximo de ser su testigo: con la entrega de la vida. De hecho, Pedro murió crucificado como Jesús, aunque pidió que lo crucificaran con la cabeza para abajo porque se sentía indigno de morir como el Maestro. Después de reconocerlo junto con los demás compañeros de pesca, de ir a su encuentro, le confesó a Jesús que lo amaba, recibió de Él la misión de pastorear, escuchó el anuncio de su muerte y, finalmente, fue llamado a seguirlo en su camino. Ser pastor y cabeza en la comunidad no lo eximía de vivir el seguimiento; al contrario, era la condición para ser buen pastor.

Nosotros tenemos el desafío de reconocer a Jesús en la vida ordinaria, en los pobres, en las situaciones difíciles, en los sinsabores de la vida. Y no sólo reconocerlo, sino confesarlo. Esta confesión no debe ser sólo con los labios, sino con toda nuestra vida, como hicieron Pedro, Juan y los demás apóstoles. En la primera lectura tenemos un testimonio de esa confesión de Jesús, a pesar de la prohibición de enseñar en su nombre. Que esta Eucaristía dominical nos reanime para buscar a Jesús o para dejarnos encontrar por Él, a reconocerlo y confesarlo con nuestro testimonio.

5 de mayo de 2019

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