Homilía para el 3er domingo de Pascua 2013

Comer con Jesús para seguirlo

Textos: Hch 5, 27-32. 40-41; Ap 5, 11-14; Jn 21, 1-19.

DomPascua3 C

En este domingo vivimos lo mismo que sucedió a la orilla del lago de Tiberíades, la tercera vez que Jesús se apareció a sus discípulos después de su Resurrección, según la narración de san Juan. Jesús resucitado ha venido a nuestro encuentro hoy para invitarnos a comer con Él. Al igual que en aquella ocasión, se hace presente en nuestra vida, se deja ver, nos habla, nos prepara la comida, nos pregunta si lo amamos, nos confía una misión, nos invita a seguirlo.

Comer con Jesús para seguirlo

Textos: Hch 5, 27-32. 40-41; Ap 5, 11-14; Jn 21, 1-19.

 DomPascua3 C

En este domingo vivimos lo mismo que sucedió a la orilla del lago de Tiberíades, la tercera vez que Jesús se apareció a sus discípulos después de su Resurrección, según la narración de san Juan. Jesús resucitado ha venido a nuestro encuentro hoy para invitarnos a comer con Él. Al igual que en aquella ocasión, se hace presente en nuestra vida, se deja ver, nos habla, nos prepara la comida, nos pregunta si lo amamos, nos confía una misión, nos invita a seguirlo.

Los discípulos habían vuelto a su vida ordinaria. Estaban pasando una noche de trabajo sin resultado, pues no lograban pescar nada. Al amanecer, Jesús llegó hasta la orilla del lago. Ahí les dio las indicaciones para que pudieran conseguir pescados. Ellos lo escucharon, hicieron lo que les pidió y sacaron una cantidad impresionante de pescados: 153. Es necesario escuchar siempre a Jesús y seguir las indicaciones que nos da para vivir como discípulos suyos.

Hoy nos habla en el Evangelio. A Él lo escuchamos. Nuestra vida tiene que estar llena del Evangelio. No podemos ser buenos discípulos y discípulas de Jesús si no leemos y meditamos el Evangelio, sea personalmente, sea como pareja quienes son esposos, como familia en el hogar, como comunidad en el barrio o colonia. Pero no basta con leerlo y meditarlo, también hay que reconocer a Jesús en él, escucharlo y buscar la manera de ponerlo en práctica.

La escucha de la Palabra nos prepara para la Comunión. Cuando Jesús les habló a sus discípulos, ya estaba preparándoles la comida; ya tenía el pescado y el pan sobre las brasas. Para ese momento del almuerzo les pidió que también llevaran algunos pescados recién sacados. La Eucaristía es un acontecimiento que tiene como centro el compartir el fruto del trabajo. Jesús puso en común sus panes y su pescado; los discípulos pusieron sus pescados. Se hizo la fiesta.

¡Cuánto nos hace falta aprender a compartir nuestros panes y pescados! Poco tenemos conciencia de que a la Misa hay que traer el fruto del trabajo, los esfuerzos por cumplir la misión, la lucha por vivir como comunidad. De hecho, cuando se ponen sobre el altar el pan y el vino para la Eucaristía, se hace una oración a Dios para agradecérselos, porque son frutos de la tierra y del trabajo humano, y para pedirle que los transforme en el Cuerpo y la Sangre de su Hijo.

El momento central de la Misa, como sucedió en el encuentro a la orilla del lago, es el de la Comunión. Comer el mismo Pan, beber el mismo Cáliz, nos une con Jesús, nos mete en la comunión con Él y su proyecto del Reino. Pero este encuentro sacramental nos lleva al compromiso. Después de almorzar, Jesús le hizo una pregunta a Pedro. Tres veces le preguntó si lo amaba, como tres veces lo había negado la noche de su pasión. Pedro le respondió que sí.

Cuando Jesús escuchó de Pedro su triple confesión de amor –porque sí lo amaba–, le hizo un encargo especial: pastorear a sus discípulos y discípulas. Si a nosotros nos preguntara Jesús que si lo amamos y lo hiciera en relación al número de veces que lo hemos negado, seguramente serían muchas, puesto que lo negamos cuando no somos hermanos, cuando no queremos perdonar, cuando hacemos tranzas o injusticias, cuando pasamos de largo frente al pobre.

Enseguida vamos a profesar nuestra fe. Que sea nuestra triple confesión de amor a Jesús. Él nos quiere confiar nuevamente la tarea de ir por todo el mundo a la misión. Este encuentro sacramental con Jesús nos compromete a seguirlo en su camino. Eso fue lo que le pidió al final a Pedro. Seguirlo para dar testimonio de Él, como lo hicieron Pedro, Juan y los demás discípulos, según escuchamos en las dos primeras lecturas. Dispongámonos pues a la Comunión.

14 de abril de 2013

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